Ir al contenido
_
_
_
_

La crisis existencial de los diseñadores de moda: entre la dictadura del ‘scroll’ y la codicia de los fondos de inversión

Así se juega su alma un negocio que solo entiende de volumen y satisfacción inmediata

De arriba abajo y de izquierda a derecha, Haider Ackermann, Maria Grazia Chiuri, Sarah Burton, Glenn Martens, Alessandro Michele, Louise Trotter, Jonathan Anderson, Demna Gvasalia, Matthieu Blazy y Pieter Mulier.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que los directores creativos eran solo diseñadores. Profesionales sensibles con una extraña capacidad para traducir en indumentaria lo que ocurría a su alrededor —aquello de respirar el aire de su tiempo y exhalarlo en forma de ropa— sin que el ejecutivo de turno o el departamento de mercadotecnia coartaran sus acciones y decisiones. Desde la clausura de sus estudios y talleres, dictaban el canon que, al menos durante seis meses, iba a regir la moda con autoridad de oráculo. Hoy, ese oráculo gasta ojeras, acude a terapia, consulta el algoritmo como si no hubiera un mañana antes de elegir hasta un pantone y vive con la maleta hecha, no para buscar inspiración en algún lugar exótico, sino para cumplir con una agenda de trabajo demencial (o por si le dan puerta de repente, que también). Esclava de las cuentas de resultados más que nunca, rendida a la codicia galopante de unos pocos (pero poderosos) y devenida maquinaria de contenido que amenaza con devorar sus propios cimientos, la industria del vestir no solo está en crisis, sino que acusa, sobre todo, una metamorfosis traumática. Tanto que los desafíos que afrontan sus creadores ahora mismo, de los tótems que pilotan transatlánticos de lujo a los independientes que hacen encaje de bolillos para sobrevivir en un mercado dominado por grandes conglomerados, han dejado de ser estéticos para volverse existenciales.

Para los directores creativos de las grandes firmas, el reto ya no es el patrón perfecto, sino el frame viral. La tiranía del scroll infinito ha convertido la pasarela en un set donde la ropa es mero atrezo de un meme. Desde su atalaya en el digital The Cut, la veterana crítica de moda estadounidense Cathy Horyn sintetizaba la situación sin ahorrar crudeza hace ya tres años: “Hemos pasado de la moda como expresión cultural a la moda como gestión de dopamina”. Normal que las direcciones creativas duren lo que un contrato de alquiler, o menos (véase el caso de Dario Vitale, fulminado de Versace a finales de 2025, apenas ochos meses después de suceder a Donatella). Tamaña presión es la última responsable de ese baile de sillas casi obsceno al que hemos asistido en las dos últimas temporadas. “El sistema quema el talento a velocidad de crucero. Amén de diseñar, se les pide que sean gestores de redes, expertos en sostenibilidad y embajadores de sus propios amos. Es humanamente imposible mantener la relevancia sin que la identidad del creativo se desmorone”, constata por su parte la consultora británica Alice Black, la que fuera codirectora del Design Museum londinense. “Hemos pasado de vender un sueño a satisfacer una demanda de euforia y gratificación efímeras constante. Ya no creas una colección, sino una serie de momentos para Instagram que justifiquen el precio de un bolso. Si la imagen no funciona en una pantalla, tu trabajo no existe para el departamento de marketing”, reflexiona el exdirector creativo de una enseña del grupo LVMH que, por supuesto, prefiere mantener el anonimato. “El problema es que el margen para el error se ha reducido a cero. Si una colección no genera un trending topic positivo y ventas inmediatas en la primera semana, el proyecto entero se tambalea”, confesaba sottovoce otro tras su desfile en París el pasado febrero.

Esta dictadura del dato y la inmediatez ha provocado que el lujo, antaño bastión de la exclusividad y el tiempo lento, sufra de agorafobia creativa. Mientras los buques insignia del sector se refugua en el merchandising y la repetición de fórmulas validadas por el algoritmo, el espacio para la vanguardia se estrecha. La paradoja resulta perversa: nunca hemos tenido acceso a tanta ropa, pero la moda jamás ha sido tan homogénea. Ese referido margen de error inexistente no es, para el caso, una casualidad estética: se trata de una exigencia financiera. Detrás de los logotipos centenarios operan holdings y fondos de inversión cuya lógica no entiende de procesos de maduración creativa, sino de dividendos trimestrales. Al imponer un ritmo de producción industrial vertiginoso a expresiones creativas que, por definición, requerirían pausa, estos grupos inversionistas y de capital riesgo han inoculado en el negocio una toxicidad sistémica. En esta nueva jerarquía, además, el diseñador ya no rinde cuentas ante la historia de la moda, sino analistas de mercado y comités de expertos que auditan cada salida a pasarela bajo la fría métrica del retorno de inversión. La responsabilidad de estos gigantes —LVMH, Kering o el recién expandido Grupo Prada— ha mutado: han pasado de ser mecenas del talento a convertirse en gestores de activos multimillonarios.

He ahí la gran hipocresía del lujo contemporáneo: los informes anuales de sostenibilidad brillan en papel satinado mientras las direcciones creativas se trituran en los despachos al mínimo síntoma de estancamiento de ventas. Si el diseño es en la actualidad una gestión de dopamina, los grupos de inversión son los camellos de un sistema que necesita chutes de novedad cada vez más frecuentes para mantener alta una cotización bursátil que ya no permite la posibilidad del silencio o la introspección. Ante semejante escenario, el objeto —el vestido, la chaqueta, el zapato— se convierte en un daño colateral. Si la prenda no es capaz de sostener el peso de la narrativa digital o la expectativa de rentabilidad, simplemente se descarta. Ya no compramos moda, compramos la participación en un evento financiero que se disfraza de tendencia. O de ­aesthetic, en lenguaje zeta. Se entiende así que el consumidor le esté dando la espalda al lujo. La desaceleración en China no supone un bache temporal: es un cambio de paradigma. El fenómeno guochao (preferencia por marcas locales) y una nueva sobriedad ostentosa impuesta por el clima económico han hecho que el comprador asiático, otrora insaciable, empiece a ver los logos europeos como reliquias. En el otro mercado clave, el estadounidense, el panorama tampoco es mejor.

España ofrece una lectura propia, marcada por la sombra alargada de Inditex. Mientras el imperio de Arteixo reportaba al cierre del ejercicio de 2025 un beneficio neto récord de 6.200 millones de euros, el diseño de autor se debate en una lucha quijotesca. “España es un mercado de extremos: o eres un gigante logístico o un artesano de la resistencia”, exponía el diseñador Modesto Lomba, poco antes de abandonar la presidencia de la Asociación de Creadores de Moda de España (ACME), en noviembre de 2025. El desafío para la llamada moda lenta —el ecosistema de diseñadores y marcas medianas y pequeñas, verdaderos guardianes de la identidad estética nacional— no es solo creativo, sino también estructural: producir en un país que ha desmantelado gran parte de su tejido industrial textil para dar paso a la ropa de usar (poco) y tirar. Menuda paradoja: tenemos el mayor grupo de distribución del mundo, pero nuestros creadores independientes sufren para encontrar talleres de cercanía que no estén colapsados o al borde del cierre.

Así las cosas, la solución no vendrá de otra colaboración con una estrella del k-pop o el fichaje de la celebridad de turno como embajadora (el músico Guitarricadelafuente acaba de entrar en el panteón de Dior vía Jonathan Anderson). Pasa, en todo caso, por una reingeniería total que no perdone la transparencia, auditando la cadena de suministro hasta el último eslabón; la desaceleración de un modelo de crecimiento infinito, incompatible con un planeta agotado, produciendo menos, cobrando lo justo y reparando más; y la ponderación del valor sobre el volumen, recuperando la exclusividad real. Eso y dejar de tratar a los diseñadores como simples ejecutores de una estrategia de marca, intercambiables y sometidos a la eficiencia económica rendida al dato. Llegado a un punto de no retorno, si el negocio de la moda no recupera el respeto por quien cose y quien viste, acabará siendo un traje nuevo para un emperador que, por fin, todo el mundo verá desnudo.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_