“Aquí vive gente”: ni la catástrofe nuclear ni la invasión rusa han conseguido acabar con Chernóbil
40 años después del accidente, algunos vecinos siguen negándose a abandonar el lugar, incluso tras la ocupación de la zona por parte del Ejército de Putin en 2022. Visitamos el área de exclusión y escuchamos el relato de quienes allí resisten
En Chernóbil la tragedia se toma la molestia de avisar. Lo hace por teléfono y a las cuatro de la madrugada.
A esa hora sonó el de la casa de Olexander Zelentsov el 26 de abril de 1986. Su turno en la central nuclear no comenzaba hasta cuatro horas después, a las ocho de la mañana, pero había un incendio en uno de los reactores. Nada grave, le dijeron. Un coche ya está en camino para recogerte.
A Serguéi Kirikiev fue el móvil el que le despertó. El 24 de febrero de 2022, a la misma hora, le dijeron que había tropas rusas cruzando la frontera desde Bielorrusia. “Es imposible”, respondió.
No lo era.
Un convoy formado por 80 militares penetró en la zona de exclusión de Chernóbil. “Llegaron disparando. Al aire o contra fachadas de casas. Disparos aleatorios”. Días después, en una de esas fachadas, apareció una pintada en ruso que sintetiza, probablemente sin querer, una de las razones de esta guerra: “¿Quién os ha dado permiso para vivir mejor que nosotros?”.
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Serguéi Kirikiev rememora aquella llamada acariciando su bigote, del mismo color plateado que su pelo. Dirige Ecocentre, la institución encargada de monitorizar la contaminación radiactiva del área de exclusión. Tras la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil hace ahora 40 años, Ucrania, entonces parte de la URSS, evacuó un radio de 30 kilómetros que permanece aislado desde aquel día. Solo los trabajadores encargados del mantenimiento de la central y del control ambiental tienen autorización para acceder. Y pueden hacerlo en turnos de un máximo de 15 días. Transcurrido ese tiempo, están obligados a regresar a casa por el mismo número de jornadas.
“Esto es un pequeño mundo aparte, abandonado, aislado, sin vida normal, en el que los trabajadores intentamos formar una comunidad”, dice Kirikiev desde el despacho del que salió disparado aquel 24 de febrero para conseguir llegar a Kiev. “Nadie se lo creía. ¿Cómo Rusia iba a invadirnos? ¿Cómo iban a entrar precisamente por aquí, una zona restringida y llena de radiación?”.
La mayoría de los trabajadores, como Kirikiev, consiguieron escapar, pero unos 180 no fueron avisados a tiempo. Liybov Zaradenko, técnica de laboratorio en Ecocentre, fue una de ellas. Llamó a Serguéi por teléfono, a escondidas, pero era tarde. “Nos quedamos encerrados, como en un gueto”.
La entrada de los militares rusos tenía como objetivo Kiev, pero montaron un centro logístico en Chernóbil mientras la capital resistía. No encontraron oposición porque el Ejército ucranio, según explicaría el Gobierno posteriormente, no quiso entrar en combate en una zona tan delicada. Así que los rusos ocuparon el área y permanecieron 36 días.
Iván es el nombre ficticio de uno de los trabajadores que se quedaron. Elige el anonimato porque lideró la red de resistencia durante la ocupación. “Mis abuelos me hablaban siempre de la ocupación nazi. Yo los escuchaba, pero nunca los comprendí hasta que me tocó vivir esto”, dice. “Los soldados rusos no nos permitían salir de las casas. Si lo hacíamos, teníamos que llevar un pañuelo blanco atado al brazo”. A Iván lo encañonaron en siete ocasiones, tumbado en el suelo con una bota militar en la espalda. “¿Quién eres? ¿Qué haces fuera de casa? Me preguntaban siempre lo mismo. Y siempre me hacía el tonto. Literalmente. Fingía ser tonto”. Iván caminaba cojeando y balbuceaba frases simples cuando los rusos le acosaban. Detrás del personaje, y junto a otros seis trabajadores, Iván estableció una red para hacer acopio de comida y distribuirla entre los retenidos en sus casas. También de información militar, aunque rehúye hablar de eso. “A escondidas hacíamos pan y cocinábamos”, explica. En una de esas ocasiones los soldados rusos les sorprendieron. “¿Quién ha autorizado a hacer esto?”, preguntó uno. “¿Quién lo ha prohibido?”, respondió Iván.
“Por las noches no nos dejaban encender las calefacciones, así que abríamos los hornos para entrar en calor”, cuenta Liybov. “No les importaba si teníamos víveres. Hubo gente que tuvo que ir al río a por agua. Este río tiene contaminación nuclear, pero no nos quedó más remedio”. Liybov recuerda a tres unidades diferenciadas étnicamente. Una de rusos eslavos, otra de chechenos y otra de buriatos, un pueblo mongol de Siberia. “Los eslavos nos dijeron: ‘Nosotros no os vamos a hacer nada, pero si no sois leales, no respondemos por los chechenos”.
El doctor Volodimer Vdovichenko fue otro de los líderes de la resistencia del gueto de Chernóbil. Lleva 30 de sus 62 años ejerciendo como médico de cabecera en la zona de exclusión. También él entra y sale por turnos para no superar la dosis de radiación. “Saquearon todo. Entraron en el Ecocentre, en las casas de los trabajadores y se llevaron todo, desde ordenadores hasta tostadoras”, recuerda en su despacho, lleno de papeles, libros y recetas. “Iban mal uniformados, con algunas prendas de chándal. Uno de ellos me llegó a decir que no sabía por qué estaban aquí, que estaban haciendo maniobras en Bielorrusia y les ordenaron entrar”. En su despacho también se ve una medalla de honor del Gobierno de Ucrania. No quiere contarlo, pero se la concedieron por esconder centenares de documentos que acreditaban el pasado militar o policial de algunos de los trabajadores atrapados. En vez de hacer una lista, escondió una lista. Y al hacerlo, se jugó la vida. Si los rusos los hubieran descubierto es probable que los hubieran ejecutado.
“Decían todo el tiempo que estaban buscando nazis. Nos llamaban nazis”, cuenta Liybov. “Un día estaba usando el móvil a escondidas y me pilló un soldado, así que tiré el teléfono a unos arbustos. Me preguntó que qué estaba haciendo. Yo me puse a llorar y me dijo: ‘Da igual, si total en tres días nos vamos”.
El 31 de marzo las tropas se retiraron de Chernóbil ante la imposibilidad del Ejército ruso de tomar Kiev. Al día siguiente Ucrania envió a sus unidades. Cuatro años después siguen ahí.
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Tal y como le habían avisado, un coche recogió en su casa a Olexander Zelentsov, el hombre que recibió la llamada alertando sobre un incendio “nada grave”.
“Todos los días, cuando atravesaba el bosque en coche para ir a la central, aparecía en el horizonte, entre los árboles, el reactor. Aquella noche no lo vi. No había reactor. El precioso reactor no estaba”. Hay casi nostalgia en su tono. Mucha más en la mirada.
Zelentsov habla en la sede de la Asociación de Liquidadores, en Kiev, una agrupación que reúne a los supervivientes de las labores de limpieza y descontaminación que tuvieron lugar durante tres años después del estallido del reactor. Tiene 75 años y, que él sepa, ningún problema de salud. Algo inaudito: Zelentsov fue una de las tres primeras personas que entraron en la central tras la explosión. “Lo hicimos a través de las tuberías. Dos compañeros y yo nos pusimos unos trajes, unas máscaras antigás y entramos con el agua por la cintura”. En aquel momento el núcleo del reactor estaba expuesto, el agua contaminada y se producían constantes descargas eléctricas. “Había que cortar manualmente la conexión con el reactor 3. Si no lo hacíamos, explotaba”. Lo consiguió Zelentsov junto a dos compañeros, que morirían después por la radiación. Evitaron una detonación que hubiera elevado la tragedia a niveles inconcebibles. “Es posible que si explotaba el 3 se produjese una reacción en cadena que hubiese llevado a la explosión del 1 y del 2. Eso hubiera obligado a evacuar Europa. Sería inhabitable todavía hoy”, dice como quien explica una anécdota. A su lado, Eugene Yonushkievich, de 79 años y entonces operador jefe de la sala de control, resume aquel acto de Olexander Zelentsov. “Salvó Europa. Este tío que tienes aquí sentado salvó Europa”.
Vasili Davidenko era el jefe de bomberos y llegó a la central a la misma hora que Eugene y Olexander, con quien comparte mesa y conversación. “Subí al techo para asomarme al reactor y ver cuál era la situación. Enseguida nos dimos cuenta de que no había reactor. Si te asomabas, morías”. Davidenko recuerda ver trozos de grafito que formaban parte del interior del reactor en el techo de la central. Emitía tanta radiación que brillaba. “Un compañero tocó un trozo y a los pocos minutos tenía la mano deshecha, se le caía a trozos”, recuerda. “La sensación era la de estar en una sauna con un olor muy fuerte a asfalto”.
Unos 80 trabajadores entraron esa noche en la central. La mayoría buscaba a Valeri Jodemchuk, ingeniero nuclear y primera víctima de la catástrofe. Estaba junto al reactor cuando estalló.
Era el mejor amigo de Zelentsov.
“Entré cuatro veces”. Antes de la última se cruzó con Yonushkievich. “Lo vi muy mal, con la cara muy roja”, recuerda. “Pero me suplicó que le dejara entrar una vez más”. De aquella última incursión, en la que Zelentsov llegó a estar al otro lado de una pared que le separaba del núcleo del reactor, salió vomitando y se desmayó. Yonushkievich lo sacó a hombros. Lo trasladaron a un hospital de Moscú, adonde empezaron a llegar la mayoría de los trabajadores que habían entrado esa noche en la central. “Se me cayó todo el pelo, trozos de piel. Hubo un compañero al que se le cayó el culo. Literalmente”, recuerda Zelentsov. “Pero sobreviví”.
La mayoría de los 80 que aquella noche de hace 40 años entraron para salvar Europa no lo lograron. Los datos oficiales de la época soviética hablan de 31 víctimas. Las estimaciones más fiables del Comité Científico de Naciones Unidas sobre los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) contemplan 4.000 muertes en los siguientes años.
El cuerpo de Valeri Jodemchuk nunca apareció. Su viuda, Natalia Jodemchuk, falleció en noviembre del año pasado después de que un dron ruso impactara contra su casa en el piso 16º de un bloque de viviendas en Kiev. Sufrió quemaduras en el 45% de su cuerpo y acabó muriendo en el hospital. Olexander Zelentsov la acompañó hasta el último momento.
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“Yo estoy orgullosa de ser chernobilka. Y siempre lo estaré”. Los abuelos de Galina Voloshina nacieron en el pueblo de Chernóbil, un enclave histórico que data de 1193 y donde compartían vida cristianos y judíos. “También los padres de mis abuelos eran de aquí”. Y, en realidad, todos sus familiares hasta donde ella conoce.
“Jamás me fui. Cuando evacuaron en 1986 me escondí con mi familia y a los pocos días nos pusimos a trabajar como liquidadores. Mi marido murió, pero yo aquí sigo”. Galina Voloshina tiene 77 años, es alta, pelo corto rubio platino. Es lo que en Ucrania se conoce como una samosely, algo así como una colona, vecinos de la creada zona de exclusión que rechazaron marcharse y ser reubicados en apartamentos de Kiev o Moscú. Oficialmente está prohibido vivir en el área restringida, pero el Gobierno ucranio mira para otro lado en las excepcionalidades, siempre que no sean menores de edad.
Apenas quedan samoselys. Ni siquiera hay una cifra oficial. Unas 12 mujeres, según las estimaciones de quienes conocen el lugar. Que se sepa, todas viudas.
Galina Voloshina vive a las afueras de Chernóbil. Una recta que un día fue una calle y hoy es un camino de tierra escoltado por casas semiderruidas y devoradas por los árboles. Al final aparece, deslumbrante, una vivienda arreglada y cuidada, emitiendo vida y con una pintada en su entrada: “Aquí vive gente”.
Antes de la catástrofe, Galina era la directora de la guardería de Chernóbil. “Este era un pueblo de vacaciones, venía la gente a pasar unos días, a bañarse al río, a pescar. Era un pueblo muy agradable”, cuenta en el salón de su coqueta casa, como un pequeño milagro de dignidad rodeado de abandono y olvido. “Me da mucha pena que mi ciudad ahora sea conocida en todo el mundo por esto. Que se haya convertido en esto…”. En la pared de su salón lucen varias fotografías. En una de ellas se ve a una joven Galina haciendo un pícnic con su marido y unos amigos, sobre un prado verde, el río de fondo y un cielo azul y limpio que convierte en irreal el recuerdo de lo que un día, verdaderamente no hace tanto, fue Chernóbil.
Desde la invasión rusa, al abandono de la zona de exclusión se ha unido la militarización. Sin contar los frentes de batalla, el área de Chernóbil es el territorio con más presencia de tropas de Ucrania. Por todas partes hay controles, fortificaciones, torretas, alambradas… El efecto es intimidante sobre todo por las noches, cuando las sirenas de las alertas antiaéreas atraviesan el aislamiento oscuro y silencioso.
“Antes de la invasión rusa venían muchos turistas. Hacían tours. Sinceramente, no puedo entender cómo alguien prefiere venir aquí antes que ir al Museo del Prado”, dice Volodimir Verbitskiy, guía oficial de la zona, extrabajador de la central nuclear y voluntario en una unidad de combate destinada a evitar que el Ejército ruso vuelva a aparecer por el área. “Hoy no viene nadie. De hecho, sois los primeros en entrar aquí desde que comenzó la guerra”. Un autobús destartalado en una cuneta, con un rótulo que reza Chernobyl Tours, simboliza con éxito la explicación de Verbitskiy.
Al área de exclusión —situada al norte del país, a dos horas en coche de Kiev— se accede tras superar un check point que separa la vida del vacío. Es como atravesar un espejo que conduce a otra realidad: del tráfico, las casas y los vecinos, se pasa al destierro y al silencio.
Tras superar el control se avanza por una carretera flanqueada por casas abandonadas y que desemboca en el pueblo de Chernóbil. La imagen de la localidad es fantasmal, metálica, plomiza. La secuencia de una distopía, un escenario industrial estancado en el tiempo. La mayoría de las casas, grises y tristes, están en ruinas y la vegetación las engulle. Las que permanecen se presentan como bloques de pisos espectrales donde viven los trabajadores que completan sus turnos de 15 días. Hay ventanas sucias y ropa colgada. Por dentro, los muebles, camas, cortinas y sábanas de los apartamentos parecen configurar un pequeño museo de la nostalgia soviética. Las tuberías de todo el pueblo están a la vista: no se puede remover la tierra contaminada. Muchas de ellas están rodeadas de aislante de aluminio. Hay dos pequeñas tiendas de alimentación, manadas de perros callejeros que patrullan las calles y un parque de bomberos desahuciado y roto. Por la noche todo está oscuro. Profundamente oscuro.
Desde ahí, Volodimir Verbitskiy, el guía, nos orienta a través de una carretera que cruza el Bosque Rojo hacia la central nuclear, ese bosque que Olexander Zelentsov, el liquidador, atravesaba cada día para ver el reactor aparecerse entre los árboles. Este tramo —llamado así porque las partículas de cesio y plutonio tiñeron los pinos de ese color— acumula las mayores cantidades de contaminación radiactiva fuera de la central. El dosímetro enloquece con pitidos y la pantalla del pequeño aparato indica 22 microsieverts por hora, una radiación unas 200 veces superior a la normal, aunque todavía inferior a la que una persona recibe en un vuelo largo o al hacerse una radiografía. “El problema está en la tierra y en los metales, donde se acumulan partículas radiactivas que hay que evitar tocar o inhalar”, explica Volodimir Verbitskiy. Por eso nadie en Ucrania entiende por qué los soldados rusos cavaron trincheras en este bosque durante la ocupación. “Les auguro un futuro duro a esos chicos”, dice Verbitskiy.
En lugar del “precioso reactor” que Olexander vislumbraba cada mañana, los árboles se apartan hoy para dejar ver una colosal cúpula metálica y brillante. Se trata del nuevo sarcófago, una imponente estructura de acero en forma de arco que se eleva 108 metros y que cubre el malogrado reactor número 4. Fue instalado en 2016, costó 1.500 millones de euros que aportaron más de 40 países donantes y evita que la radiación se propague. “Ahí vamos a entrar”, dice Verbitskiy con tono de reto.
Una comitiva de cinco personas nos espera en la entrada de la central. Lleva inactiva desde el accidente, pero hasta que no se complete el plan de desmantelamiento —ahora interrumpido por la guerra— necesita labores de vigilancia y mantenimiento. “Lo más complejo será retirar y almacenar las más de 200 toneladas de combustible nuclear de los tres reactores restantes. Es uno de los grandes desafíos que tiene Europa”. Lo explica Oleksander Hrihorash, jefe de Protección Civil de la central y, desde este momento, nuestro guía a través de la planta.
Tras un escaneo en el cuerpo que nos mide el nivel de contaminación interna (para compararlo con nuestro nivel al final de la visita), accedemos a unos vestuarios donde debemos desnudarnos, vestirnos con un traje blanco, mascarilla, guantes y casco. Nos colocan un dosímetro en la solapa y nos conducen por un pasillo larguísimo propio de una película de suspense, con las paredes doradas, carteles y teléfonos congelados en el año 1986. “Por aquí corrían los operarios después de la explosión, para ver qué había ocurrido”, dice Oleksander Zelentsov.
El final del camino nos empuja a la sala de control del desaparecido reactor 4. Es como un decorado de una película antigua que quisiera simular el futuro: centenares de botones de colores, medidores de aguja que parecen de juguete, luces y palancas. Todo oxidado y envejecido por la radiación. Zelentsov nos señala con estremecedora precisión el botón AZ-5, usado para apagar el reactor y que el jefe de turno Alexander Akimov pulsó a la 1:23:40 de la madrugada del 26 de abril de 1986. Cuatro segundos después, el reactor voló.
Para explicar el hito fatídico, Zelentsov referencia la conocida serie Chernobyl, que recrea el suceso. “En realidad fue menos peliculero”, dice. “Estaban llevando a cabo un test de seguridad que ya se había hecho cuatro veces más en otras tantas centrales y lo completaron con éxito. Al acabar, pulsaron el botón para frenar el reactor y explotó. Entiendo que no sirve para hacer una escena emocionante, pero así fue. Los operarios nunca llegaron a ser conscientes de que había un problema inminente y, cuando ocurrió, no entendían qué había pasado”. Solo meses después se descubrió que la parada ordenada por el botón culminó una reacción previa provocada por la prueba y que había llevado al límite al reactor, debido a su diseño. Un diseño abandonado tras el accidente.
Dejamos la sala y, tras varios controles más de radiación en las manos y en las suelas del calzado, accedemos a la entrada del sarcófago. Se yergue imponente, parece sonar, vibrar, como si estuviera gestando algo titánico en su interior. “Vamos a estar muy pocos minutos dentro. No toquéis nada, si se os cae algo al suelo, dejadlo ahí”, advierte Zelentsov.
En las entrañas de lo que un día fue el reactor 4 aparece el antiguo sarcófago soviético, de cemento, construido meses después del accidente. Dentro, a pocos metros, solo separados por esa pared de hormigón, está la conocida como pata de elefante, una especie de lava nuclear latente y aislada con capacidad para irradiar toda Europa de contaminación radiactiva. El mismísimo núcleo. Un panel eléctrico señala la radiación: si en el Bosque Rojo había 22 microsieverts por hora, aquí dentro hay 685.000. Solo unas horas en este lugar supondrían un riesgo grave para la salud.
Diez días antes de la entrada del Ejército ruso, un dron, a priori destinado a la subestación eléctrica de la central, se desvió del rumbo e impactó contra el nuevo sarcófago. Fue el 14 de abril de 2022 y provocó un enorme agujero que hizo contener la respiración a Europa durante días. “Si llega a explotar dentro, tú y yo no estaríamos aquí hablando”, resume Zelentsov.
Cinco minutos después, salimos del sarcófago.
***
Prípiat es el símbolo incuestionable de la catástrofe, la huella más nítida del abandono. Antes del accidente era la ciudad más grande e importante de lo que ahora es el área de exclusión. Nació y creció con la central y se desarrolló hasta superar los 50.000 habitantes, casi todos ellos trabajadores de una planta que se divisa a simple vista desde cualquier ventana elevada de la localidad. En pocos días Prípiat pasó de ciudad a emblema.
Volodimir Verbitskiy, el guía, nos orienta por sus calles. Nació y creció aquí. Se casó, tuvo un hijo, desarrolló su carrera profesional en la central nuclear y, con 25 años, como el resto de los vecinos y amigos, fue evacuado en una caravana de autobuses. Aquel 28 de abril de 1986 Prípiat se convirtió en una fotografía, un escenario estático. Congelada como en un hechizo, la ciudad se quedó vacía en horas y solo permaneció en su lugar, inmóvil, el día a día sin vida: muebles, ropas colgadas, juguetes, señales de tráfico, una noria que estaba a punto de inaugurarse, una piscina llena de agua en calma. Cuarenta años después nadie ha vuelto a vivir en este sitio. La ciudad ha sido engullida por la naturaleza. Apenas se dibujan sus formas, diluidas entre árboles que crecen incluso en el interior de los edificios. Solo desde la planta 16ª de uno de sus bloques podemos ver que, efectivamente, ese bosque contiene una urbe, como si se tratase de una de esas ciudades perdidas hallada por un explorador que recorre la selva.
Volodimir Verbitskiy nos muestra en la pantalla de su tableta una fotografía de un restaurante lleno de gente. Después baja el dispositivo y aparece el mismo escenario irreconocible por la maleza y el paso del tiempo. “Existe la idea de que Prípiat era una ciudad industrial y triste”, dice Verbitskiy. “No es así. Prípiat era un lugar lleno de vida. La media de edad era de 27 años, las calles estaban llenas de niños y nuestros salarios eran más elevados que la media de la URSS. Aquí había conciertos, restaurantes, polideportivos… Vivíamos muy bien”.
Nos dirigimos a la que fue su casa, donde creció con sus padres y después heredó para formar su propia familia. “Es el número 23 de la calle de Kurstchova”, dice señalando el cartel de la calle que sobrevive entre unas ramas. “Cuidado con las alcantarillas, no las piséis. Es donde más radiactividad hay”.
Verbitskiy accede por un portal ruinoso y se planta en mitad de lo que era el salón, ahora cubierto de escombros. “La recordaba más grande. Es la segunda o tercera vez que vengo. No me gusta”, confiesa mientras pierde la mirada por la ventana. “Por aquí me lancé un día que mis padres llegaron a casa y yo estaba con una chica. Salí disparado a medio vestir y un solo calcetín”, cuenta riendo. Es una risa apenada, como el entorno.
—¿Qué sientes al ser de una ciudad que ya no existe?
—Algunos amigos dicen que preferirían que la destruyesen. Duele ver el cadáver.
Un conejo del tamaño de un perro mediano se cruza mientras abandonamos la ciudad fantasma. A medida que nos adentramos en el bosque aparecen también caballos y ciervos. La zona de exclusión ha vaciado el territorio de presencia humana y la fauna ha proliferado, evidenciando que las personas penalizan más que la contaminación nuclear. Al menos para los animales.
Media hora de recorrido por bosques tupidos y carreteras congeladas nos hace desembocar en una aldea remota llamada Kupovate formada por una decena de casas envueltas en un silencio imponente. Solo una de ellas está habitada.
Marusia Zaiornaia es una de las últimas samosely que quedan fuera del pueblo de Chernóbil. Vive sin ningún vecino en decenas de kilómetros a la redonda, aislada en el medio de una moqueta interminable de árboles. Por si fuera poco, la mayoría de estos bosques están plagados de minas antitanques que el Ejército ruso enterró antes de su retirada.
Menuda, con mofletes marcados en una boca sin dientes, nos pide unos minutos para cambiarse el pañuelo que cubre su cabeza. Elige uno de flores y nos ofrece comida y vodka casero en su casita que parece de juguete, con los techos bajos y la puerta azul. “Tengo 85 años y este ha sido el invierno más duro que he pasado aquí. Es probable que haya sido el último”. Todos sus hijos y nietos, que residen en Kiev, insisten en que abandone la aldea. Nunca lo ha hecho. Fue evacuada en 1986 y regresó a los pocos días. “No me siento sola. Hablo con mis gatos, cuido el terreno, corto leña o voy a coger setas. Esta es mi casa, si me voy, me muero”.
Es una opinión instalada en el alma de todas las samoselys. Valentina Kuharenko tiene 86 años y vive en otra casa solitaria a pocos kilómetros de Chernóbil. Sentada en la mesa de su cocina atrapada en el tiempo, cuenta que la explosión del reactor le sorprendió aquel 26 de abril de 1986 pescando en el río. “Estaba con mi marido y vimos un resplandor a lo lejos. No sabíamos que ahí se había acabado todo”.
También ella insiste en ofrecer comida y bebida. Su tono es de melancolía, se suceden los suspiros. “Esto nunca volverá a ser lo que fue. Recuerdo que cuando anunciaron la construcción de la central nos pusimos muy contentos. Éramos muy felices gracias a ella y a lo que nos daba. Pero luego nos mató. Destruyó todo”. Valentina Kuharenko lo resume en una frase literalmente lapidaria: “Chernóbil nació en 1193 y murió en 1986”.
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La salida del gueto de Chernóbil es, en realidad, la entrada al gueto de Ucrania. El país sigue asfixiado y hostigado por Rusia, que envía casi cada día andanadas de drones sobre pueblos y ciudades. Cuatro años después, gran parte de Ucrania trata de normalizar lo insufrible. Cuando en Kiev suenan las alertas antiaéreas, apenas nadie mira al cielo, mucho menos corre a refugiarse. Los trabajadores de Chernóbil siguen yendo y viniendo, entrando cada 15 días en el área de exclusión. El área que, hace 40 años, se convirtió en un gueto y que, desde hace cuatro, tiene que soportar también la guerra.
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