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Maria Grazia Chiuri: “La ropa es algo que te habla y no sabes por qué, hay algo muy fuerte a nivel subconsciente”

Tras un baile de sillas sin precedentes entre los directores creativos de las grandes casas de moda, las mujeres prácticamente han desaparecido del puesto. Chiuri es una brillante anomalía y, tras cuadruplicar ventas en Dior, regresa a Fendi, la casa en la que empezó hace casi 40 años. Ella reivindica el trabajo colectivo y el poder de una prenda bien hecha más allá del relato.

La diseñadora Maria Grazia Chiuri, directora creativa de Fendi, retratada en Roma unas semanas después de presentar su primera colección para la marca.Laura Sciacovelli

Atendiendo a los mensajes en redes sociales, podría parecer que el desfile fuera el fin último para la moda de lujo. La realidad es bastante más compleja para una industria en la que se debate cómo volver a emocionar, mientras el escroleo se agota en su propia viralidad. Por eso, cuando se apagaron los focos sobre la pasarela de Fendi en febrero, la diseñadora Maria Grazia Chiuri (Roma, 62 años) no fue a celebrar, sino que siguió trabajando. Era una cita importante, la presentación de su primera colección como directora creativa de la marca en la que empezó su carrera y a la que volvía el pasado otoño. “El desfile es el aspecto más visible, el que se comparte con el público a través de los nuevos medios, pero para mí el showroom es igual de importante”, dice aludiendo al encuentro que las marcas agendan en los días sucesivos con compradores y prensa, “porque se pueden ver de cerca las prendas y tocar”. La escena casi prosaica de Chiuri preparando la cita con clientes mientras aún resuenan los aplausos desmonta la ilusión contemporánea de la moda como espectáculo, a la vez que apunta al desfase entre lo que se ve y lo que se compra.

Tres semanas después nos citamos con ella en Roma, invitados por la marca. “Yo no soy una diseñadora para entretener”, defiende, “no está en mi ADN y no es mi papel en Fendi ahora mismo. Pretender medir todo en diez minutos de entretenimiento es otro juego, uno que no me interesa”. Como su moda, la diseñadora italiana gana en las distancias cortas. Es cercana y sagaz; al terminar cada respuesta mira a los ojos y asiente, reafirmando casi desafiante su visión del sistema. Son reflexiones con mucho que contar.

Llegó a Fendi en 1989, antes de que la marca fuera adquirida por el grupo LVMH, donde contribuyó entre otros a la creación del bolso Baguette. Saltó a Valentino, diseñó accesorios y fue nombrada directora creativa junto a Pierpaolo Piccioli. En 2016 se convirtió en la primera mujer en liderar Dior, donde reconfiguró los códigos incorporando un discurso explícitamente feminista. Utilizó la pasarela como espacio de diálogo interdisciplinar, pero sin olvidarse nunca de las prendas. Seguramente por ello cuadruplicó las ventas de la enseña, según estimaciones de HSBC, hasta que salió hace un año. Podía haberse retirado, pero decidió aceptar el desafío de Fendi: “Lo pensé mucho antes de decir que sí, porque quería entender si podía aportar un punto de vista. Me fue útil pensar en la visión general del proyecto y en cómo articularla, comunicarla, materializarla. Hubo una reflexión profunda sobre ciertos aspectos como las pieles, el tipo de hombre o el tipo de mujer, los valores de la compañía, su identidad. Como decía, hoy no basta con hacer una colección o un desfile, aunque con frecuencia nuestro trabajo se valore por un desfile. Los tiempos complejos que vivimos requieren un enfoque más amplio”.

Con el lema Meno io, più noi (menos yo, más nosotros), su primera colección para Fendi reivindica la autoría compartida. No es habitual en un sector tan marcado por los egos. ¿Se debe a que durante años trabajó como parte de un dúo con Piccioli?

Creo que es más bien una actitud femenina, con lo que no quiero decir que sea algo exclusivo de las mujeres. Al igual que hay deportes más orientados al equipo o al individuo, la moda es un trabajo de equipo. A menos que tengas un taller muy pequeño, es difícil que hagas todo sola. Ha sido así también en la historia del arte. Aunque no se dijera explícitamente, Miguel Ángel no creó la Capilla Sixtina él solo. Siempre han existido los talleres donde los artistas tenían colaboradores. Es una verdad que a menudo se pasa por alto, por eso era necesario mencionarla.

En 2016 colocó el feminismo en el centro de una marca de lujo. Ahora habla de comunidad, en un mundo que tiende más que nunca al individualismo. ¿Cómo hace para leer tan bien la sociedad?

Este último es un aspecto que se ha acentuado en los últimos 15 años. Los nuevos medios se han centrado en un pensamiento narcisista y de alguna manera también lo han cultivado. Al final estás frente a una pantalla, te sacas fotos, las publicas… Eran medios que parecían ponernos en contacto, pero que al final han alimentado al individuo. Probablemente porque yo no pertenezco a esa generación digital, lo veo críticamente. Pero un trabajo creativo significa tener una visión de los otros, era fundamental volver a poner en el centro ese aspecto de comunidad, que además es mi manera de entender la moda. Lo más bonito de este trabajo es el enriquecimiento mutuo.

¿En qué momento se dio cuenta de que, más allá de la belleza, la moda podía ser un instrumento político?

Si soy sincera, no lo entendí completamente hasta que llegué a París, a Dior. Quizá porque hay ciertos aspectos que comprendes mejor al viajar a un país que no es el tuyo. La moda en Italia está más conectada con la artesanía, con la manufactura. Está unida a la creatividad, pero más desvinculada de su aspecto cultural y social. En cambio en Francia, donde surge con el Rey Sol, fue adoptada desde el principio como una herramienta cultural para comunicar el país. Ya desde el siglo XVIII. Así que allí me di cuenta de la gran diferencia. En Italia, la conciencia de moda es mucho más reciente, nació con el prêt-à-porter en los setenta. Tuvimos a personajes como Rosa Genoni a finales del XIX, la Exposición Universal…, pero no había una conciencia nacional. Yo soy más consciente ahora que de joven.

Ha demostrado entender bien qué quieren las mujeres. ¿Qué debe tener una prenda para que decidan gastarse su dinero?

Creo que cualquier relación con los objetos es personal. A cada uno le resuena algo diferente. Hay gente que se verá influenciada por el logo o por lo que simboliza, pero la ropa es muy personal y está en sintonía con el cuerpo. Es algo que te habla y no sabes por qué. Es como cuando ves una pintura y te impacta, aunque ni conozcas al artista. Hay algo muy fuerte a nivel subconsciente.

Ahora que la moda está tan centrada en la narrativa, ¿cree que se olvida del objeto?

Desde mi punto de vista, sí. La relación se establece cuando entras en la tienda y ves el objeto. Antes de eso puede que hayas seguido información en Instagram, que hayas visto o no el desfile, pero en última instancia la relación se da entre tú y ese objeto. Creo que es fundamental darle un fuerte sentido de autenticidad, porque el que se encuentre con ello para comprarlo no será necesariamente alguien que haya seguido toda la conversación que lo rodea. Hoy en día, a los directores creativos se les suele pedir que expliquen su trabajo, pero a menudo es instinto, es lo que sientes y capturas del momento, aunque ni sepas lo que necesitas decir. Hay un aspecto de necesidad a menudo inconsciente. Solo a posteriori entiendes por qué lo hiciste.

¿Qué parte de sus colecciones es intuitiva y cuál de observar más analíticamente?

Yo no puedo llegar a la mesa con una colección ya decidida. Es un proceso y hasta que no termina el desfile no tienes la visión completa del proyecto. Tienes tu idea de la marca, las sensaciones del momento, pero la construcción va tomando forma a diario y solo al final se alcanza la visión definitiva. No es tan científico como muchos creen. Hay un aspecto artesanal, de investigación de técnicas e hilos de los que empiezas a tirar porque te van fascinando según los descubres.

No rehúye ningún debate y con su primera colección quiso hacer frente al gran dilema de Fendi, una casa peletera que busca evolucionar en un contexto social en el que las pieles están en desuso por presión ética y cultural: “Hay que afrontar los problemas y no podemos negar que nuestra sensibilidad actual ha cambiado. La pregunta era cómo podíamos encontrar un equilibrio entre la percepción que se tiene hoy de ciertos materiales como el pelo, pero al mismo tiempo conservar el conocimiento artesanal que se tiene aquí”. Su solución aboga por reutilizar los materiales que ya existen tanto en sus diseños —en la primera colección todos fueron confeccionados con pieles de los archivos— como en un nuevo atelier que transformará las piezas de sus clientes aplicando el saber hacer de sus trabajadores. Al proyecto le ha puesto un nombre poético, Echo of Love (eco de amor), para reivindicar un mayor ciclo de vida para las prendas. “Sentí que era el tema central que debía abordar en Fendi, no podía obviar un aspecto tan crucial y no preocuparme por encontrar soluciones”.

Las palabras han sido grandes protagonistas en las propuestas de Maria Grazia Chiuri. De las que estampó en su primera camiseta para Dior, We Should All Be Feminists (todos deberíamos ser feministas, por el ensayo de Chimamanda Ngozi Adichie), al lema comunitario de su primera colección para Fendi. Esta última estuvo plagada de mensajes a través de la alianza con la Fundación Mirella Bentivoglio y con la artista SAGG Napoli. “Me encantaba la idea de poder colaborar tanto con una artista contemporánea tan joven como con una de los setenta como Bentivoglio, a través de su fundación. Ambas usan el lenguaje para expresar su arte. La moda ofrece esta oportunidad que yo siempre intento aprovechar, ya por placer personal, de conocer a gente maravillosa. Poder debatir temas, crear una comunidad, obtener otras perspectivas”. Ese espíritu está presente en el Teatro della Cometa, donde nos ha citado, un espacio de reunión desde 1958 que la diseñadora adquirió hace ocho años. Situado junto al monumento a Víctor Manuel II, mientras fuera las escalinatas se van llenando de turistas, el recibidor de este teatro romano es todo sosiego. El espacio ahora acoge un pequeño café y está decorado con banderolas de la artista multidisciplinar Marinella Senatore, junto a bocetos del arquitecto original del edificio, Tomaso Buzzi. “Es un proyecto familiar que llevan mis hijos”, cuenta apasionada Chiuri, que si ya se ilumina hablando de moda, parece que estalla, feliz, al nombrar el teatro. “Queríamos que fuera un tributo a su fundadora, Mimì Pecci Blunt, y gestionarlo con el mismo espíritu, como un lugar de encuentro cultural e intercambio entre la música, el teatro, el arte”, dice mientras sorbe un espresso.

¿No pensó en retirarse tras Dior y dedicarse a su teatro?

Un día sí, un día no. Disfruto mucho de todos los ámbitos creativos, pero obviamente la moda es el territorio que mejor conozco. El que me permite explorar más aspectos. Está la parte del equipo, el lado artesanal…, disfruto probando nuevas técnicas. A la gente le suele sorprender que me guste ir a los talleres, a las fábricas, para mí es estimulante. Lo veo como un juego aunque sea un trabajo y eso es un gran privilegio. Con Dior, por ejemplo, hicimos un desfile en Sevilla y para prepararlo conocimos a las maravillosas bordadoras que hacen las vestimentas sagradas. Visitamos iglesias que tienen detrás el armario de la Virgen, con todos los mantos para cambiarla. A través del textil se puede tener una visión del mundo y de sus tradiciones, es fascinante.

Se ve que lo sigue disfrutando.

Sí, sigues descubriendo. Cuando hablamos de moda pensamos en marcas, pero en realidad moda son los tejidos, es Penélope, el telar, que fue el primer computador de la historia. Primero cazaron y luego tejieron, es el primer aspecto real de la humanidad, el aspecto creativo.

¿Cómo hace para gestionar las críticas?

Estoy acostumbrada a ellas desde que empecé a trabajar en moda. Forman parte del sistema y es normal no gustar a todos, aquí o en cualquier sector. Si las críticas son constructivas son interesantes, porque te hacen dudar y repensar las cosas. Ahora me viene a la mente [la periodista] Suzy Menkes, que siempre aporta un punto de vista sobre el que reflexionar. Lo que no me interesa, sinceramente, es lo que hacen algunos que parecen hinchas en el estadio, eso no tiene ningún sentido.

Hablando de su papel en el sistema, ¿cómo ha cambiado lo que se demanda de un director creativo?

Es totalmente diferente a cuando empecé. Entonces el diseñador era el dueño del negocio. Trabajé con las señoras Fendi, con los señores Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti. Tenías la oportunidad de conocer su visión creativa, pero también cómo querían construir su empresa. Hoy tu papel es mantener unidos los elementos del legado. En lo que a mí respecta, considero que tengo que poner en valor el ADN de la casa y comprender su pasado, pero al mismo tiempo darle una proyección, un punto de vista que la impulse hacia el futuro. Fendi es una empresa con 100 años de historia, fundada por una mujer junto a su marido y continuada por sus hijas, una de las compañías italianas más longevas.

Pero ¿quizá los códigos de Fendi son más relajados que los que encontró en Dior?

Tienen un ADN distinto. Fendi nació en 1925, en el periodo de entreguerras, cuando había cierto tipo de libertad y de emancipación femenina. La ropa tenía que ser funcional y práctica; aligeraron las pieles, que pasaron de ser un símbolo de estatus a un artículo de moda. Era algo extremadamente transgresor. Dior, sin embargo, nació en 1947, tras la Segunda Guerra Mundial, y quería devolver a las mujeres una idea de optimismo para el futuro.

Las mujeres salieron vestidas de formas antagónicas de cada una de las guerras.

Son dos prácticas que nacen de dos contextos. Yo vi cómo Paola [Fendi, una de las hijas del matrimonio fundador] aprovechaba cada retal y hacía una flor. Es un sentimiento muy femenino y una práctica doméstica, recuperar lo que llaman desperdicio. Mi abuela lo hacía con la comida. Es lo opuesto de la visión de Dior, que usaba kilómetros de tela para dar a las mujeres un nuevo aspecto físico, porque estaban muy delgadas tras la guerra.

Esa práctica, quizá por doméstica y femenina, nunca había sido muy celebrada.

Absolutamente. De hecho, el proyecto de Echo of Love es muy cercano a este tipo de cultura tan ligada a lo femenino. Parte de la costumbre que se tenía en todas las familias de heredar un abrigo o rehacer una falda. Es ver las prendas como algo duradero, que pueden ser reutilizadas de una forma creativa, que aporte e incluso las mejore.

Cuando entró en Fendi en 1989 dirigían la empresa las cinco hijas de los fundadores, ¿cómo era su liderazgo?

Muy abierto. Desde el primer día me llamó la atención que siempre hablasen en plural. En el departamento de diseño todos éramos diseñadores y ya, sin más títulos. Se trabajaba en la colección, se hacían las pruebas y todos estábamos implicados. Era un brainstorming continuo. Cuando tenías una idea siempre te decían que probases. Era bellísimo y estimulante, te daba responsabilidad. Cuando algo les encajaba te decían: “Esto es Fendi”, lo reconocían y no miraban ni quién ni cómo lo había hecho. Normalmente no es así y no creo que sea casualidad que de allí salieran tantos grandes diseñadores: Pierpaolo Piccioli, Frida Giannini, Alessandro Michele, Giambattista Valli, Marco De Vincenzo, Eric Wright…

En 2017 utilizó el título de un ensayo de Linda Nochlin, ¿Por qué no han existido grandes artistas mujeres? Trasladándolo a hoy, ¿por qué hay tan pocas mujeres diseñando?

Históricamente no ha sido así, las que revolucionaron fueron mujeres. Chanel, Lanvin, Vionnet… Hoy está Prada, que en mi opinión está en la cima, también Phoebe Philo o más jóvenes como Martine Rose. Hay diseñadoras, estilistas, directoras con mucho talento, pero no son celebradas, salvo excepciones muy brillantes. El sistema es así y pasa en todas partes, no hay muchas mujeres dirigiendo, al menos en Italia es un aspecto histórico. En ciertas prácticas, como en el arte, antes las mujeres ni tenían acceso, no podían dibujar desnudos. En moda, las diseñadoras fueron pioneras, aunque luego se volvió más complejo a lo largo de los años, con la llegada del prêt-à-porter. Pero es algo que pasa en todas las profesiones.

Pasa en otros sectores, pero en la moda las imágenes impactan.

Sí, y los números. Es más difícil dar espacio, yo honestamente me considero una excepción en el sistema.

Otra cosa que ha desaparecido del sector es el activismo.

La atención a los valores siempre ha sido muy fuerte para ciertas marcas, especialmente en el lujo. Aunque al hablar de moda metemos todo en un mismo saco, el compromiso de las empresas es muy alto, sobre todo de las grandes. Cualquier error causaría un daño enorme a su imagen. Luego está el factor humano. Aunque controles todo, algo se puede escapar y me da la sensación de que la conversación sobre estos temas en la web a veces se presenta de manera simplista, sin el análisis que requerirían situaciones tan complejas. Parece que se busca más el sensacionalismo y los clics que un compromiso o información real.

¿Cree que hoy sería posible un posicionamiento como el de la camiseta de su primera colección en Dior?

Creo que sí y así lo practico. Obviamente hoy puedes usar tu voz, pero hay contextos más o menos favorables y la moda sigue siendo favorable. En mi experiencia dentro del grupo nunca he tenido ningún condicionamiento para no tomar estas decisiones. Incluso cuando he colaborado con colectivos como Claire Fontaine, jamás me han frenado. Hoy necesitamos enviar mensajes claros, pero también acogedores, que lleven a pensar en cómo podemos evolucionar juntos. No que nos opongan. Necesitamos cultivar la capacidad de interactuar con los que piensan diferente, de hecho debemos hablar más con ellos, y en este sentido creo que la moda sigue siendo un territorio para dialogar extremadamente abierto. 

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