Alessandro Gualtieri, el hombre que ha revolucionado la perfumería con notas de orina y excremento de caballo
Sus creaciones tienen casi tantos detractores como fans fatales. Uno de sus superventas es un concentrado del hachís que se consume en Ámsterdam. Otra de sus fragancias evoca la atracción química entre el óvulo y el esperma. “No uso mi cerebro cuando trabajo. Lo mío es más de tripas”, dice.

Hay perfumes que, como los medicamentos, deberían estar sujetos a advertencia. Antes de usar Risvelium, por ejemplo, habría que avisar: puede provocar estados alterados de conciencia, estimulación mental y sobrecarga sensorial. Inspirada en la purificadora agua de Florida, esa versión americana del agua de colonia europea que escupen los chamanes de Bolivia y Perú en sus rituales de limpieza energética, la última fragancia de Orto Parisi está desde luego contraindicada en pieles sensibles a la incorrección política. Por si quedara alguna duda, consultemos al perfumero. “Sí, volvámonos locos, experimentemos. Tenemos que deshacernos de los miedos y abrirnos a nuevas experiencias”, responde a propósito de los efectos de su más reciente creación, con la que vuelve a demostrar que no hay fórmula mala o ingrediente inaceptable, solo codicia y adocenamiento. “He probado el perfume que acaba de lanzar Prada en el duty free del aeropuerto y no entiendo nada. Han gastado millones en lanzar un producto indistinguible de los miles que ya hay en el mercado. Tienen dinero para hacer cualquier cosa, pero, cazzo, van y se tiran a lo más aburrido y comercial”, lamenta. Porque según el instinto olfativo de Alessandro Gualtieri, todo es posible. Aunque huela raro.
Si Frank Sinatra era The Voice, Alessandro Gualtieri es The Nose. La Nariz en mayúsculas, título autoconcedido que defiende en las procelosas aguas de la alta perfumería desde hace casi tres décadas. Y lo hace, claro, a su manera. “No es que quiera marcar diferencia alguna. Lo que hago lo hago por mí. Es la única forma en que puedo ser sociable, que me permite sacar la energía para compartir mi corazón y relacionarme porque, por lo general, odio a la gente. Con los perfumes he descubierto cómo estar conectado con los demás, si no, sería un yonqui tirado en la calle o un ermitaño, fuera de lugar y sin espacio”, admite el italiano, hijo de padre carnicero con negocio familiar en Milán, más cerca ya de los 60 que de los 50 años, un poco alquimista, un tanto científico loco, un mucho showman y, sobre todo, agente provocador. “No, soy solo un hacedor. Hago mis mierdas y me empeño en ello hasta que ni yo mismo me aguanto. Pero tengo un gran sentido de la calidad y soy muy crítico con mi trabajo, lo que a veces me lleva a ciertos niveles de desesperación, o de sufrimiento o de emoción. La verdad es que no sé lo que hago, solo lo hago. No podría escribir un libro o cantar. Quise ser carnicero y fracasé. Trabajé en un restaurante, pero no era mi mundo. Probé muchas cosas hasta que una funcionó”, explica.

Formado para la industria olfativa en Alemania, curtido al servicio de los principales proveedores de fragancias europeos, he aquí un rebelde con causa perfumera alimentada por años de desencuentros profesionales, también con los grandes de la moda que se agarran a los perfumes como tabla de salvación financiera. “Un día te presentan a Donatella [omite el Versace, pero hace un gesto significativo con la nariz], luego conoces al tipo que representa a Armani y después al de Dolce & Gabbana, al de Krizia, al de Ferré e incluso al de Yamamoto, aunque tenía contrato con Patou, y te prostituyes por todos. Así eran los noventa… Lo que sigo sin entender es por qué las firmas de lujo siempre eligen a idiotas como intermediarios entre sus directores creativos y nosotros, los perfumistas”, cuenta.
Recolocado en Ámsterdam tras salir de Diesel, el buque insignia del Grupo OTB de Renzo Rosso para el que ejerció de perfumero residente hasta que se hartó de una política empresarial que priorizaba los costes sobre la expresión creativa, fue en 2005 cuando por fin saltó a la acción con el lanzamiento de la revolucionaria Nasomatto (literalmente, nariz loca en italiano), la línea de fragancias experimentales, antiperfumes si se prefiere, que dinamitó las reglas del juego mientras se pasaba los tópicos de esa mercadotecnia aspiracional asociada a la perfumería por el arco del triunfo.
“Hay demasiada poesía, mucho relato envuelto en marketing, cuando todo resulta más sencillo. Es mezclar y presentar, punto. Por eso no me gusta explicar mis perfumes, porque las cosas deben hablar por sí solas. O enumerar los ingredientes, que no se me ocurre nada más aburrido, porque a quién carajo le va a importar si lleva esto o aquello: tú te pones la fragancia, sales a la calle, alguien te dice qué bien hueles y ¡bang! Ya estaría. El perfume es invisible, y eso es lo que lo hace tan interesante”, arguye.

A Gualtieri hay que entenderlo para comprarlo, también es cierto: su memoria olfativa nunca ha sido de rosas y jazmines, sino de carne, sangre y vísceras. Su madre ni siquiera se perfumaba y su abuelo defecaba en cubos para luego abonar con sus heces el huerto que cultivaba. “El olfato es un sentido primordial. El problema es que en el mundo civilizado no nos permitimos oler lo que es real: nos duchamos a diario para que no digan que apestamos, nos blanqueamos el ano para que se nos vea bien por detrás… Pero ¿cuántas veces al día te rascas el escroto o los sobacos o el culo sin darte cuenta y te impregnas de sus hedores? Deberíamos apreciar el olor de la comida en la ropa, el sudor, y luego ya jugar con las fragancias, porque lo primero es ser conscientes de nuestros olores”, proclama.
En ese recurrir a lo primario, a lo crudo, como catalizador de percepciones sensoriales, el perfumista no encuentra límites. Black Afgano, el superventas de Nasomatto, es un concentrado del hachís que se consume en Ámsterdam. Narcotic V., una brutalidad floral, surgió después de probar distintas fórmulas en prostitutas del Barrio Rojo de la ciudad holandesa, que las testaron con sus clientes. Baraonda no solo huele a bourbon, también sabe (dicen que se puede beber, aunque no se aconseja). Sadonaso, todo cuero, látex y carne, es un viaje al bondage y la dominación sexual.
Por si todo eso fuera poco, en 2014 dio un paso más allá con Orto Parisi, segunda línea que homenajea el huerto del abuelo Vincenzo Parisi sin ambages: en Stercus hay pequeñas notas de orina y excrementos de caballo en versión molecular para mayor riqueza compositiva, mientras el almizclado Seminalis evoca la atracción química entre el óvulo y el esperma según el artículo de una revista científica. Presentado a mediados del pasado año, Risvelium (otra neopalabra de las suyas, derivada del italiano risveglio, despertar) es una rendición a la ayahuasca. “No uso mi cerebro cuando trabajo. Lo mío es más de tripas: si algo me mueve el estómago y me contrae el culo, entonces es interesante; si empiezo a pensarlo, me pierdo, no me lleva a ningún sitio”, dice sobre su proceso creativo. “Con la velocidad y el volumen de la producción actual, es muy fácil que te adelantan por la derecha, pero yo prefiero ir a mi ritmo, desarrollando un proyecto cada dos o tres años en lugar de lanzar cinco anuales de golpe como las grandes corporaciones, confiando en que les funcione uno. Que igual me la cargo, pero esa es mi aproximación al mercado y, de momento, seguimos siendo respetados”, continúa.

Por supuesto: ni Nasomatto ni Orto Parisi son perfumes para todo el mundo. De hecho, las creaciones de Gualtieri tienen casi tantos detractores como fans fatales, que las consideran meras boutades o ejercicios de onanismo insufribles. “Adónde vamos sin algo de ironía, sarcasmo y humor. Ese es mi trabajo, pero también la seriedad, y hasta un poco de política por el medio. La fragancia es solo una capa”, responde a sus críticos. Lo dice un tipo conocido por ir a las tiendas de sus clientes y espetarlos: “O la cambias o te lo cierro. Si solo estuviera en sitios que me gustan, del centenar de puntos de venta que tenemos me quedaría con 20”. El aroma de la misantropía era este.
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