Cómo es la realidad de las personas trans que deciden interrumpir su hormonación
En un mundo sin requisitos médicos para cambiar el género de un DNI, algunos defienden que, lejos del arrepentimiento, es posible ser trans sin tratamiento

Eder Iturralde (Errezil, Gipuzkoa, 25 años) dejó de tomar testosterona hace tres años, tras cuatro de tratamiento. Hoy tiene el pelo muy rubio, ojos claros y barba, uno de los efectos que conserva de la hormonación anterior. Vive con su familia en Baiolei, un hotel rural que administra su madre en la localidad guipuzcoana de Azpeitia.
Durante su adolescencia, dos escenas despertaron su curiosidad por lo trans. La primera fue ver a un hombre embarazado en televisión. La segunda, a través de una búsqueda en YouTube. Se topó con un chico andaluz de 22 años con una experiencia muy cercana a la suya. En ese punto, a sus 17 años, pensó: “Esto es”.
Sitúa el inicio de su transición el día que se lo contó a su hermana. Pidió que lo llamaran Eder y usaran con él pronombres masculinos. A los 18 congeló sus óvulos, comenzó a tomar testosterona, cambió su DNI y se operó el pecho. Probó distintas formas de hormonación, desde un gel diario hasta Reandron, un medicamento inyectable que contiene testosterona y se aplica cada tres meses. Cuando ya lo reconocían como un hombre, empezó a cuestionarse aquello que durante años le había resultado efectivo y suficiente: “Si ya ha hecho su efecto deseado, si ya tengo barba y una voz más grave, ¿por qué me estoy metiendo testosterona? Ya está”.
Se puede ser trans de muchas maneras. Para la mayoría, se trata de operaciones, tratamientos. Tener barba o pechos. La expresión física de una identidad. Pero no es la única vía. Aunque son pocas, algunas personas deciden detener el tratamiento hormonal que les permite desarrollar rasgos asociados al hombre o la mujer. No por arrepentimiento, no por renuncia a su identidad queer, sino por la convicción de que esa identidad se puede explorar más allá de lo médico, más allá de los cánones que ha costado asentar. No atacan ni invalidan esos cánones: su experiencia es suya propia y enriquece lo que entendemos por transexualidad.
Los estudios estiman que quienes dejan la hormonación son hasta el 5% de la comunidad trans. Algunos continúan identificándose con el género elegido y mantienen sus nombres, pronombres y/o apariencia. Al primer proceso —cuando se abandona la identidad elegida—, la medicina lo llama detransición primaria; al segundo —cuando se mantiene la identidad trans pero sin hormonas—, detransición secundaria. Como esa palabra, detransición, se ha convertido en un fetiche tránsfobo, una herramienta para deslegitimar a la comunidad, algunos entrevistados se muestran reacios a usarla. En confianza, la acaban empleando, con su significado real.
Eder y otras tres personas trans nos cuentan cuál fue su camino hasta abandonar los tratamientos hormonales. Lo hicieron en solitario, sin apoyo médico o compartiéndolo apenas con un círculo íntimo. Dan varios motivos: los efectos secundarios, las barreras burocráticas, que la transición no tiene que ver con la apariencia o que tomaron hormonas porque la ley se lo exigía. Eder no ha experimentado los efectos secundarios que temía, como calvicie, daño en los cartílagos o desgaste de encías. Ha asimilado de nuevo la regla y se siente cómodo con su cuerpo. “Ya hemos entendido que puedes ser chico teniendo coño y teniendo la regla”, reflexiona.
Aitzole Araneta (43 años) trabaja en Vitoria, a unos 70 kilómetros de Baiolei, como técnica en el Gobierno vasco. Se desplaza hasta allí cada día desde San Sebastián. Se define mujer, tiene el cabello largo y suelto y usa un vestido azul claro. No se realizó operaciones y desde hace ocho meses no toma estrógenos ni antiandrógenos. “En mi caso era obvio”, explica. En la adolescencia no conocía a nadie que hubiese iniciado un tratamiento hormonal. Entonces, su vida sexual era inexistente. En el colegio la llamaban “mariquita”. La insultaban, le pegaban. Cuando pensaba en transicionar, su miedo, que además coincidía con la estadística, era acabar en las drogas o la prostitución.
Conjuró ese temor con una obsesión por su formación. Se licenció en Administración y Dirección de Empresas y cursó dos másteres. A los 21 años comenzó un tratamiento hormonal con estrógenos y antiandrógenos.
—¿Qué recuerdo feliz tiene de aquella etapa?
—Cuando me acosté por primera vez con alguien, a los 24, y no me trató en masculino. Si te estás acostando con alguien y te trata como mujer… Pues con eso ya está.
A los 31 años inició otro tratamiento distinto: decidió congelar su esperma. Antes tuvo que interrumpir los antiandrógenos y los estrógenos, que inhibían su fertilidad. En seis meses le salieron pelos, grasa en la cara, sintió más ganas de masturbarse y tuvo menos altibajos emocionales. Pero le gustó tener más energía. En octubre de 2025 realizó un segundo tratamiento de fertilidad, y esa vez no volvió a las hormonas. “Ya no me supone tanto tiempo poner en cuestión quién soy yo”. Cuenta que, desde entonces, le crece algo de vello en la cara. “Igual que soy una mujer con los pechos pequeños o con pene, soy una mujer peluda. El día que no me apetezca tener estos pelos, me los decoloraré o me los rasuraré. Y ya está”.
Aitzole tiene cis passing: es percibida socialmente como una mujer. “El cis passing es muy importante porque garantiza aceptación e inserción social. Pero a la vez es una condena, porque muestra en su máximo esplendor el régimen social binario, que las mujeres deben ser femeninas, y los hombres, masculinos”, reflexiona.
—Si en algún momento tienes un hijo, ¿te plantearías producir leche materna con un tratamiento médico?
Aitzole se ríe, mira para abajo, como con vergüenza.
—Nunca me lo he planteado… Pero sí, lo intentaría.
En ese sentido, la endocrina Patricia Cabrera, responsable del grupo de trabajo Gónadas, Identidad y Diferenciación Sexual de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, explica que la producción de leche en mujeres trans es una demanda baja o inexistente, aunque existen protocolos de estimulación de la lactancia. Los casos documentados son pocos y, cuando los hay, se combinan con otra fuente de alimentación.
En España, antes de la modificación de la Ley 3/2007, cambiar de sexo en el DNI exigía ser mayor de edad, un diagnóstico de un psiquiatra de disforia de género (este término tiene su origen en los viejos manuales de trastornos mentales) y tomar hormonas durante dos años con seguimiento médico. Desde 2023, estos requisitos se han eliminado y con la autopercepción es suficiente. El cambio supone también que la apariencia de los trans no está determinada por la ley: no están obligados a adoptar mediante hormonas cierto aspecto. Esta concepción se alinea con la definición de McKenzie Wark, ensayista, activista LGTBIQ+ y una de las voces más relevantes en estudios culturales. Responde vía telefónica:
—¿Qué hace a alguien ser trans?
—Decir “soy trans”.
Esta aseveración, como la ley, alude a que el género no tiene un correlato material, sino que parte de la afirmación. Se apoya en la teoría de la performatividad del género de Judith Butler de los años noventa.
Si el acceso a las hormonas y a las cirugías funcionan para la mayoría de las personas trans, también están quienes no quieren una apariencia categóricamente masculina o femenina. Wark sostiene que las únicas autoridades para hablar del tema son las propias personas trans, y no los endocrinos, que lo abordan desde un punto de vista limitado. No están preparados para comprender la experiencia social del género. Para ella, la idea de “detransición” utilizada en la endocrinología es confusa porque está basada en una noción de arrepentimiento y fracaso, que supone un porcentaje muy menor de experiencias dentro de la comunidad trans (y no se aborda en este reportaje). No es posible pensar la detransición sin hablar de transfobia: “Aunque los tránsfobos utilicen estos casos raros de detransición como un arma en nuestra contra, es un arma en contra de ellos, porque causan la detransición y provocan infelicidad”.
Para Wark, dejar las hormonas puede ser parte de un proceso de aprendizaje y cambio. Como alternativa conceptual, propone hablar de “retransición”. “Hay personas que transicionan de nuevo y se reconfiguran. Como los cuerpos de las personas cis [no trans], también cambian. No regularmente, pero en mi comunidad veo personas que evolucionan. Pueden cambiar su nombre, detener las hormonas o cambiar la combinación de hormonas que toman. La mayoría de las personas trans que conozco realizaron ajustes en sus tratamientos hormonales”.
Davie Rey (Toledo), estudiante de Historia, se identificó como varón trans durante cuatro años. Desde entonces usa pronombres masculinos o neutros. Lleva una trenza larga color naranja con algunos mechones verdes, ropa holgada y pendientes. En el lado interno de su muñeca derecha tiene tatuado un emoticono triste.
—Me preocupaba mucho tener los documentos cambiados antes de hacer la selectividad para la universidad, porque te llaman en voz alta por tu nombre. Para mí era completamente pesadillesco que me llamaran por mi necrónimo [el nombre que tenía antes de su transición].
Esto, por cierto, pasó. Para evitarlo, Davie había tomado hormonas dos años, para cumplir con las normas de la antigua ley. Poco después de comenzar el tratamiento hormonal se realizó una mastectomía. En la universidad comenzó a acercarse a la androginia física (“y moral”, agrega). Tenía barba, se dejó el pelo largo y se definió como hombre trans no binario. El motivo que más pesó para dejar las hormonas lo relaciona con su sexualidad. Durante años sintió que era asexual. Había tenido experiencias afectivas y eróticas con mujeres y con personas no binarias, pero advirtió que solo le atraían las mujeres. Un hombre que siente atracción por las mujeres ¿no es heterosexual? La idea le resultaba extraña. Así, su identidad de “hombre trans” empezó a ponerse en duda. “En ese punto me redescubrí como lesbiana. Para mí, era incompatible con ser un hombre”.
Hoy, ya como butch (mujeres lesbianas con apariencia masculina), Davie tiene la sensación de que se adelantó en su transición médica: “En mi caso, si la culpa es de alguien, aparte de mía, es de un sistema que no me dejó corregir mis datos o expresarme socialmente de la manera que yo quería si no era pasando por esto”.
En Cataluña, Domènech Martín (Rubí, 23 años) tuvo una experiencia cercana. Florista, monitor escolar y productor e iluminador teatral, nació como Martina y más adelante, entre los 16 y los 18 años, fue hombre trans. No llegó a operarse. Hoy se define como queer, aquellos que no se identifican con el binarismo, las categorías tradicionales de género (hombre/mujer) y sexualidad (heterosexual/homosexual). Desde hace seis meses no toma testosterona. En su piso de Vilafranca del Penedès, cuenta: “La experiencia queer es el siguiente paso de ser trans. Se ha normalizado mucho la transición a hombre o a mujer, pero si se educara a la gente sin parámetros y limitaciones tan hardcore, no tendríamos necesidad de hacer una transición”. Le llevó años procesar esta idea.
—Antes de transicionar, ¿sentía lo que algunos médicos llaman disforia de género?
—No. Lo hice porque me parecía que era lo que había que hacer, me estoy dando cuenta ahora. Era alta y de espalda ancha. Mi cuerpo favoreció mucho mi transición.
La flexibilidad llegó con el tiempo. Algunos días se maquillaba, se vestía con prendas más femeninas. Las hormonas le incomodaban: “Llegué a la conclusión de que lo que me molesta son las tetas peludas. Me ha costado mucho curro entender que es lo que hay”. Al final, lo que le hizo dar el paso hacia lo queer, esa zona con menos definición y más cercana al no binarismo, fue estar con Lina. Hace poco más de un año, ella comenzó su transición a mujer. Empezaron a salir cuando Lina era todavía un hombre gay: “Los chicos gais me intimidaban. Yo la veía como un chico con mucha pluma, alguien que se salía de los patrones binarios”. Temió tener que tomar el rol de un hombre superfuerte y supervaliente, pero esos temores quedaron atrás y, hoy, no se espera que el hombre actúe “como un hombre” y la mujer “como una mujer”.
—Entonces, entendí que tenía una relación queer.
Lina ha terminado de congelar su esperma. El próximo paso le corresponde a Domènech, que afirma: “Gestar me parece lo más ético. Me había olvidado de que yo era un cuerpo gestante”. Si quisieran tener hijos podrían, al contar él con óvulos y ella con esperma, sin recurrir a vientres de alquiler. El libro Detransition, Baby, de Torrey Peters (Levanta Fuego, 2025), ilustra esta realidad a través de su protagonista, que, tras desistir de su transición por las dificultades sociales, descubre que puede concebir. Pese a todo, sabe que la experiencia trans no es algo de lo que se pueda huir. Eso mismo piensa Doménech.
Los cuatro protagonistas de este reportaje se hicieron en algún momento la pregunta de cómo seguir. Ninguno cree que exista una vuelta atrás. Suponen un modo de vida alternativo, con otro lenguaje, códigos éticos, y sus propios aliados y adversarios. Para seguir adelante, han apelado a su capacidad de imaginar una nueva forma de existencia.
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