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La Chola Poblete, la artista anticolonial que conquistó a la reina Letizia: “Siempre sentí más discriminación por ser ‘marrona’ que por trans”

La creadora argentina irrumpió en el mundo del arte con acuarelas de motivos religiosos, históricos, políticos y de la cultura popular. Madrid la recibe este año con exposiciones en La Casa Encendida y Travesía Cuatro.

Cuando a La Chola le dijeron que iba a conocer a la reina Letizia, no durmió muy bien. “Nos avisaron de Casa Real que ella iba a venir a nuestro stand de Arco, y me pasé la noche pensando qué le podía decir sin parecer un cliché de artista política latinoamericana. Ya sabés, pensé que debía ser más fina. Me dije: muy bien, vos sos la reina, pero en este stand la reina soy yo. Y entonces vi que justo se cumplía el 530º aniversario del llamado descubrimiento de América”. En efecto, a la mañana siguiente allí se acercó la reina Letizia, y entre sus acuarelas figurativas con mensajes anticolonialistas, en lugar de hacer la reverencia que le habían sugerido, La Chola le dirigió el siguiente saludo: “Letizia, nos encontramos 530 años después”.

“Ella se me quedó mirando y entendió todo”, recuerda ahora La Chola Poblete (Guaymallén, Argentina, 36 años). “Entonces me preguntó que cuáles eran mis pronombres y yo le dije que prefería que me trataran en femenino, y seguí hablando de cuerpo, identidad, género, de genocidio… Me tocó y fue muy cercana”. La improbable escena, que La Chola compartió en sus redes sociales, acabó convirtiéndose en uno de los hits de aquel Arco 2022. Y en un antes y un después en su carrera: “Se hizo muy viral, acá en Argentina la gente se volvió loca. Para mí fue un momento donde me sentí muy empoderada, que realmente sirvió para algo”. ¿Para qué exactamente? “Fue un gesto mínimo, pero que puso un poco de atención a las discusiones sobre lo marrón y lo racial. Porque yo no estaba en la calle con un cartel. Aquello sucedió en una feria de arte en España, con la reina, con todo lo que eso implicaba”.

Habla para El País Semanal en su estudio de Buenos Aires, resfriada y exhausta después de que haya coincidido su cumpleaños con la inauguración de su última exposición en Barro, una de las galerías de arte más relevantes de Argentina. Desde el 17 de enero formará parte de una muestra colectiva dedicada a Gisèle Pelicot, la mujer francesa que fue drogada y violada durante años, junto a otras mujeres artistas de distintas generaciones y orígenes (Louise Bourgeois, Maya Pita-Romero y Armineh Negahdari) en la galería que la representa en Madrid, Travesía Cuatro. Un anticipo de lo que vendrá en otoño, cuando tendrá sendas exposiciones individuales madrileñas en La Casa Encendida y, de nuevo, en Travesía Cuatro. Lo que supone su gran carta de presentación profesional española. Eso, después de haber estado presente —mención honorífica incluida— en la última Bienal de Arte de Venecia, una cita a la que artistas del todo el mundo matarían por ser convocados. “De repente estoy en lugares a los que una chica trans y nada hegemónica como yo no estaría normalmente”, apunta. “Se me han abierto muchas puertas, y eso es interesante”.

Nació en Guaymallén, en la provincia argentina de Mendoza, en lo que define como “un barrio de calles de tierra”, en una familia trabajadora de origen boliviano compuesta por su madre, su abuela y sus cinco tías. El padre, ausente. “Éramos muy humildes, pero no es que me faltara un plato de comida ni el amor de la familia. Yo tenía una sensación de abandono, por mi papá, que me acompañó desde siempre y se ha manifestado hasta en mis relaciones, no solo sexoafectivas, sino también en mis vínculos de amistad. Esa cosa de que me pueden abandonar en cualquier momento. Tenía esa fantasía muy Disney de que ser artista me sacaría adelante y acabaría en una mansión. Le rezaba a Dios y esperaba que cuando fuera grande aparecería en todos los carteles de la ciudad, y que así mi papá me encontraría al fin. En realidad, por el mito de Maradona, la mayoría de los artistas argentinos tienen muy presente ese tipo de historia donde lo marginal puede mutar hacia el estrellato”.

Empezó a estudiar en la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza: “Al principio pensaba que me dedicaría a la moda, pero esa carrera era muy cara, así que me metí a Artes Visuales. No sabía cómo era el camino para llegar a un museo, ni entendía sobre las galerías. Aprendí todas esas cosas por el camino, más por mis compañeros que por la universidad”.

Ese aprendizaje prosiguió en España. “Conocí Madrid antes que Buenos Aires. Cuando tenía unos cinco años, mirando un libro de láminas vi la imagen de un enano y el pregunté a mi mamá si eso era real, y me dijo que no, porque era una pintura. A los 19 años salí del clóset porque me enamoré de una persona y mi madre se enteró leyendo mi diario íntimo. Mis tías, que habían migrado a Madrid, me pagaron un pasaje para visitarlas. Lo que más me impactó de Madrid fue primero el barrio de Chueca, porque antes yo ni imaginaba que dos hombres pudieran ir juntos de la mano por la calle, y luego el Museo del Prado, porque allí me encontré con ese bufón de Diego Velázquez [la pintura El bufón el Primo] que había visto de niña. No me lo podía creer. Aquel encuentro cambió mi percepción de la práctica artística, porque no me sentía representada en la imagen del ser humano que había en el museo, así que decidí encontrar otros referentes que sí lo hicieran. Madrid me había abierto la pregunta de qué tipo de artista quería ser”.

De vuelta a Argentina, encontró esos referentes —cita a Pablo Lemebel, Regina José Galindo o Gabriel Chaile—, cumplió el trámite de encontrar a su padre vía Facebook y, terminada la carrera, se trasladó a Buenos Aires, donde pronto se incorporó a la escena underground con su práctica artística de performance, ya bajo el personaje de La Chola, un término de origen despectivo para referirse a las personas de rasgos indígenas en varios países latinoamericanos: “Elegí el nombre por eso, porque en mi vida escuché mucho cosas como: ‘Sos como una chola mugrienta’. Siempre sentí más discriminación por ser marrona que por gay o trans. Hay una cosa en Buenos Aires de la blanquitud, de que bajamos todos de los barcos que venían de Europa, de que somos el otro París. Pero luego vas a las provincias y ves que es distinto. Y quería poner en valor las raíces de mi familia. Ahora, hasta mi mamá y el resto de mi familia me llaman Chola”. Sin embargo, su pasaporte aún la designa como Mauricio, el nombre que le pusieron al nacer. “Todos mis viajes los hice con mi nombre de varón, sin que me supusiera un problema. Solo una vez me preguntaron a qué me dedicaba, y dije: ‘Googleame, soy La Chola Poblete’. Ahí vería que soy artista, y punto. Esa es la identidad con la que más me identifico. Artista”.

Después de haber convertido en sello de fábrica sus coloristas acuarelas cargadas de motivos religiosos, históricos y pop con mensajes políticos muy directos, ha vuelto a sus orígenes como performer en la exposición de Buenos Aires, para entusiasmo de sus galeristas españolas de Travesía Cuatro, que aspiran a algo similar en Madrid. “En Barro monté un falso set de televisión donde soy la presentadora del piloto del primer programa, y es como si mis trabajos en pintura hubieran cobrado vida y una tercera dimensión”. También toma como referente a Marta Minujín, veterana artista argentina cercana al pop de Warhol, con la que representa el asesinato del presidente John F. Kennedy en una foto en la que Minujín interpreta al presidente estadounidense y ella a Jackie Kennedy, con el Chanel rosa tuneado por obra y gracia del tejido tradicional andino. Una especie de paso de testigo entre ambas: “Marta Minujín es el pop argentino, y yo el pop andino. Hicimos un juego irónico, teniendo en cuenta la iconicidad de ambas”.

También recuerda que tras sus éxitos en Venecia y en las galerías más mainstream ha recibido críticas, por las sospechas de oportunismo que esto sugiere: “Muchas amigas trans que están contra el sistema del arte, las ferias y el mercado me criticaron mucho. Pero yo siento que soy buena artista, y justo ahora que se me mira, lo voy a aprovechar. Prefiero sentarme en la mesa de un rico y hacerme presente en ella como una travesti. Y ser la más divertida, pero en algún momento decir algo que se vuelva político y abrir una discusión, convertirme en una especie de virus”.

Desde su encuentro con la reina Letizia, vuelve a España al menos una vez al año. “Aquella vez conocí a muchas personas, y ahora me siento muy en casa. Tomé contacto con la escena under de Madrid, con lugares donde hacen performance y ballrooms, así que descubrí otra España. Porque las ferias de arte son como un McDonald’s, puedes estar en Corea o en Miami y es igual, encuentras lo mismo y a las mismas personas. Pero este 2026 tendré una muestra individual y eso es un vértigo, porque llego a una escena nueva y me pregunto qué pasará con mi obra en ese lugar. Y eso me gusta. Será como volver a empezar”.

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Sobre la firma

Ianko López
Es gestor, redactor y crítico especializado en cultura y artes visuales, y también ha trabajado en el ámbito de la consultoría. Colabora habitualmente en diversos medios de comunicación escribiendo sobre arte, diseño, arquitectura y cultura.
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