El piano como herramienta contra la soledad en el Sándwich bar de Hernán Siseles
El periodista y realizador audiovisual gira por España y Argentina con un espectáculo participativo, mezcla de concierto y recital

Lo primero que aclara el periodista y realizador audiovisual argentino Hernán Siseles, de 44 años, es que lo suyo no fue una idea sino una acción. No lo podría explicar como un plan ni como un negocio. Fue un movimiento, metafórico y físico, casi intuitivo, de un piano, un piano vertical (o de pared) Otto Meister que después de 20 años de permanecer en el salón de su casa en el barrio porteño de Chacarita fue trasladado a 300 metros de allí, a un bar donde una amiga había empezado a hacer actividades culturales. Movimiento inicial, entonces, y luego: expectativa, observación. ¿Qué pasaba con eso? ¿Qué decía la gente?
Siseles había ido varias veces al Toni 2, en Madrid. Y a otros sitios similares. Y cada vez había sentido una cierta hostilidad hacia los pianistas. Sentados de espaldas al público, recibiendo demandas de personas que pedían la canción de su vida y creían, estaban convencidas, de que era ese —y no otro— el tema ideal para la noche. Pensó, entonces, en otra lógica. En una donde el pianista no cumpliera deseos cruzados, sino que presentara una propuesta.
Fue, primero, el movimiento. Y, luego, la observación. Algunos encuentros con dinámica de piano abierto. Lo llamó Sándwich piano bar. Quien tenía ganas, podía sentarse y tocar. Eso le sirvió a Siseles para descubrir la intensidad de la energía que se generaba entre todas esas personas, alrededor de ese mueble. Lo pensó como un evento musical: una combinación de piano bar, recital y concierto. Con músicos, algunos desconocidos, otros con trayectoria, que tienen su estilo, pero que allí hacen otra cosa: juegan, se divierten. Como pasó en Casa Brava cuando irrumpió Fito Páez. Estaba por ahí, tenía ganas de tocar y, frente a la euforia del público, a pocos metros, se sentó: la voz, los dedos sobre las teclas.

Siseles aprendió piano de forma autodidacta, buscando el sonido. “Soy la demostración de que la música popular es tan generosa que permite que alguien con ganas e insistencia pueda emocionarte con un tema”, dice. Y hace la diferencia entre tocar para que la gente se sume al espectáculo y tocar para lucirse: el modo debe ser “convocante”.
La noche comienza con él, presentándose, aclarando que eso no es un recital. Que las canciones no son de algunos sino de todos. Que la idea es que todos puedan cantar. Suena Costumbres argentinas, de Andrés Calamaro, y todos cantan. Siseles dirá después que los temas varían entre el rock argentino, el tango y el folclore, aunque también se incluyen algunos de Queen o de The Beatles. La cantante Julia Varela tiene el micrófono y lo acerca a quienes están por cenar. El percusionista Santiago Benítez toca el cajón peruano. Algunos aplauden. Otros filman con el celular. Y, de a poco, el volumen empieza a subir.
Siseles y sus compañeros observan y, en función de cómo reacciona la gente, toman decisiones: piden silencio antes de que empiece un tema, arengan para que el público cante o aplauda. “Tengo la noche un poco armada: sé lo que va a pasar, pero también dejo que muchas cosas vayan surgiendo. Siempre hay un artista invitado que anunciamos y algún otro que, si aparece, puede sorprender”.
El 26 de marzo hicieron la primera fecha. Transcurrieron algunas semanas tranquilas hasta que alguien los filmó y el vídeo se viralizó en las redes. Se hicieron conocidos. Una noche la gente era tanta que, además de colmar el restaurante, abarrotaba la vereda. A partir de ese día, empezaron a funcionar con reserva de mesa. Sin embargo, aclara Siseles, el sistema varía de acuerdo con el arreglo que hagan con el dueño del bar: en otros sitios cobran entrada. En España, tocaron en Casa Brava (Madrid), en Casa Astor y en Sala Or (Barcelona).

A pesar del éxito, confiesa, le cuesta pensar el proyecto como un emprendimiento. “Hay una idea de trabajo, aunque también mantenemos cierto amateurismo”, dice.
Periodista y guionista, durante muchos años Siseles trabajó en la industria audiovisual: en canales, productoras, transmitiendo recitales, shows en vivo. Reconoce: todas sus experiencias laborales tuvieron que ver con la música.
En 2022 estrenó la primera temporada de un podcast que tituló Euforia. Ahora está armando la segunda. Con entrevistas a actores y actrices para los cuales la música es importante: fueron a recitales que los marcaron o les sirvieron para socializar. “Comparten ese espacio de pertenencia que para otros puede ser el fútbol, ir a la cancha o a bailar. Yo, personalmente, lo único que hice en mi vida fue ir a recitales. Y me descubrí en un tipo de charla muy habitual, conversando sobre cuál era el primer recital al que había ido, con quién y de qué me acordaba de ese día. Datos que a algunos nos sirven para narrar nuestras vidas”.
En 2023 hizo el largometraje Llamen a Joe, un documental sobre Albino Stefanolo, conocido en Argentina como el abogado de los rockeros. Pero, acostumbrado al periodismo gráfico o a estar detrás de la cámara, Siseles mantenía un perfil más escondido que empezó a descubrir en las entrevistas del podcast y que ahora aparece en cada apertura del piano bar: una, dos o tres veces por semana.
Lo que más le impacta, cuenta, son los comentarios al final del espectáculo. “Hay personas que me dicen que fue la mejor noche de su vida, porque estuvieron cantando con un montón de desconocidos. Viene mucha gente sola. No necesitás a alguien que te acompañe”.
Hace algunos días, una pareja de colombianos le dijo que, después de ver el show en las redes, habían aprovechado su viaje a Buenos Aires para participar en la experiencia. “Y ahí es cuando yo pienso en lo potente y simple de juntar gente alrededor de un piano. También hay una tendencia. Como si hubiera una moda”.
—Quizás lo que esté de moda sea la soledad…
—Bueno… Sacar el piano de mi casa y llevarlo al bar tiene que ver con eso. Yo no me autopercibía músico. Y no estaba haciendo música para que la gente escuchara mis canciones.
Dice que, por la edad, por las obligaciones laborales, las reuniones con sus amigos alrededor del piano habían empezado a hacerse menos frecuentes. Y de repente, ese movimiento, metafórico y físico, casi intuitivo, lo llevó a tocar todas las semanas, rodeado de un montón de personas. “Obviamente me cambió la vida”, reconoce. Piensa en el motivo por el que el proyecto vaya tan bien. Y aunque no se anima a hacer ningún análisis sociológico, cree que tal vez sea ver a un montón de personas divertidas cantando canciones lo que le hace pensar a alguien: “Yo también quiero estar ahí”.
—Es abrirse al mundo. Romper un poco con el aislamiento, con las pantallas, con la vida tan mediatizada que llevamos, para decir: “Estamos acá cantando, tocando. ¡Vengan!”. Es eso. No hay mucho más.
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