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TECNOLOGÍA

Megan Jones Bell: “Es más fácil ayudar a un adolescente a adquirir hábitos alimentarios saludables que a un adulto”

Google tiene un departamento llamado Consumo y Salud Mental. Su directora explica las misiones que el gigante tecnológico le encomendó cuando la nombró

La doctora Megan Jones Bell recibe en una de las varias sedes que Google tiene en el centro de Londres. La conversación tiene lugar en una sala de trabajo luminosa y pulcra, pero fría. Un responsable de comunicación de la firma presencia el diálogo, para evitar cualquier terreno pantanoso. No será necesario. Jones Bell es muy consciente de que la relación entre las empresas tecnológicas y la salud mental es materia delicada, y evitará en todo momento entrar en polémicas.

Es una especialista en psiquiatría y ciencias del comportamiento, que trabajó durante años en la Universidad de Stanford, antes de lanzar una de las primeras start-ups centradas en la salud mental, Lantern. Posteriormente se puso al frente de Headspace, que pasó de ser una aplicación centrada en la meditación y el mindfulness a una plataforma global que produjo decenas de estudios sobre la salud mental.

En la actualidad, esta científica de ojos claros y mirada inteligente, cuidadosa de sus palabras y sus silencios, es directora del Departamento de Consumo y Salud Mental de Google.

¿Para qué necesita Google a una especialista como usted en salud mental?

Yo estoy al frente del equipo clínico de Google, que está compuesto por psicólogos, médicos y otros especialistas como pediatras, internistas, cardiólogos, neurólogos, epidemiólogos, nutricionistas y personal de urgencias. Nuestro equipo forma parte del Departamento de Productos de Consumo. Realizamos trabajo de investigación para YouTube, Fitbit o Google Pixel y Android, así como para la aplicación Gemini. Hay diferentes áreas de especialización, y la salud mental es una de ellas.

Usted ha sido pionera en una materia, la salud mental, que hoy forma parte de cualquier programa sanitario público.

Al principio de mi carrera me preguntaba a mí misma si sería capaz de convencer a la gente de que debía tomarse en serio la salud mental. Desgraciadamente, la pandemia de la covid-19 exacerbó problemas de salud mental que ya existían previamente, especialmente entre la gente joven. Aquel momento fue una llamada de atención para la sociedad en general. Era necesario prestar atención a este asunto, con las particularidades propias de cada grupo de edad. En el caso de los jóvenes, se combinaba el hecho en sí de que estaban todavía en una fase de desarrollo con la falta de conexión social que provocó el confinamiento.

Hay una creencia extendida en la sociedad de que las nuevas tecnologías, los contenidos derivados de un teléfono móvil, tienen mucho que ver con todos estos nuevos problemas.

En los últimos años ha cambiado el nivel de conocimiento y de toma de conciencia de la sociedad respecto a los problemas de salud mental, y respecto a cómo su aumento, que se explica por diferentes factores, interactúa con el modo en que los productos tecnológicos han sido diseñados. Sobre todo en el caso de los adolescentes. Fue entonces cuando Google decidió realizar una inversión importante para entender y mitigar estos problemas.

¿Cómo puede ayudar quien para muchos es parte del problema?

Se trata de entender esa oportunidad única, ese momento preciso en el que las personas están buscando información o apoyo. Podemos guiarlos hacia información más contrastada, basada en evidencias y fuentes confiables. Ese es el trabajo de mi equipo, del Centro para la Excelencia de la Salud Mental. Ya había colaborado antes como asesora externa para la compañía, y no se trata del primer esfuerzo por abordar estos asuntos. Los paneles de crisis para ayudar a las personas en riesgo de suicidio existen desde hace más de una década.

¿Nos estamos tomando en serio el modo en que la tecnología está alterando nuestras vidas?

Claro que nos lo tomamos en serio. En Google tenemos la responsabilidad de proteger la salud mental y el bienestar de nuestros usuarios. La principal tarea de mi equipo es precisamente entender cuáles son los mayores riesgos y diseñar los productos para que precisamente reduzcan esos riesgos, eviten los daños y promuevan la seguridad. Uno de los asuntos que siempre se ponen sobre la mesa en la discusión pública son las recomendaciones de los algoritmos. ¿Qué criterios se emplean para recomendar determinados contenidos? Cuando estaba en el mundo académico, mi investigación principal se centró en entender los factores de riesgo que provocaban y hacían progresar los desórdenes en la salud mental. Por ejemplo, cuándo sabemos si un adolescente está en riesgo de padecer desórdenes alimentarios. Se trata de ver cómo podemos identificar a esa persona, y de constatar cómo el riesgo se agrava o disminuye teniendo en cuenta sus interactuaciones con el entorno digital. Hemos sido capaces de desarrollar métodos diferentes para mitigar ese riesgo.

¿Puede darme ejemplos de esas soluciones?

En YouTube, por ejemplo, hemos seleccionado seis áreas diferentes en las que las recomendaciones se reducen al mínimo. Si hay un determinado vídeo que promueve métodos de dieta o fitness, no realizamos recomendaciones repetitivas para que los adolescentes vean una y otra vez ese vídeo. No lo retiramos de la plataforma, porque verlo una vez no es nocivo. Queremos que el ecosistema informativo siga siendo abierto. Pero vamos a evitar que un grupo determinado lo acabe viendo 50 veces, porque de ese modo puede incurrirse en un riesgo real de configurar una imagen corporal errónea, o métodos de dieta poco saludables. Y la misma técnica empleamos al tratar episodios de agresión social.

¿Y no sería más sencillo suprimir de un plumazo esos contenidos?

YouTube tiene un comité asesor de expertos en asuntos de familia y juventud, concentrados en asuntos como el desarrollo psicológico de los menores. Llevan años trabajando con nosotros. Nos ayudan a entender qué tipo de palanca debemos pulsar en cada momento. En algunas áreas, por ejemplo, debemos eliminar por completo el contenido. No queremos que haya adolescentes contemplando vídeos en los que se idealiza el suicidio, o en los que se glorifican los desórdenes alimentarios. Pero existe una zona gris, donde el objetivo debe centrarse más en reducir la exposición que en eliminar el riesgo. Y aquí es necesaria esa otra estrategia. Una estrategia en la que, después de constatar que el asunto les interesa, es posible conducirlos hacia un tipo de información que sea más útil. Por ejemplo, contenidos que promuevan una visión más positiva de sus propios cuerpos.

Déjeme hacer de abogado del diablo. Sus argumentos me recuerdan en parte a esas industrias tabaqueras que se presentan a sí mismas como promotores de la salud de los menores.

Si nos dedicáramos a realizar una tarea filantrópica paralela para promover la salud mental, pero dejáramos intacto nuestro producto principal, admitiría esa analogía. Pero lo cierto es que nosotros cambiamos el diseño de nuestro producto. Algunos de los problemas que hemos discutido los hemos anticipado antes de que surgiera el producto. En otros casos, hay que admitir que la tecnología está cambiando muy rápidamente, sin investigación previa. Por eso es necesario un equipo interno como el nuestro, porque el trabajo nunca acaba. Lo estamos viendo ahora con la inteligencia artificial (IA). Debemos trabajar a toda velocidad, internamente y con asesores externos, para entender en qué va a consistir el futuro y tener un planteamiento dinámico de respuesta.

Vemos por todos lados a las personas con el teléfono inteligente como parte de su cuerpo. ¿Ha cambiado la tecnología incluso el modo en que funciona nuestro cerebro?

Creo que nuestro modo de vida está evolucionando, y está surgiendo un debate público muy saludable sobre cómo debemos recalibrar todo esto. Mi formación académica es de científica especializada en la conducta del comportamiento. Al centrarte en los individuos concretos entiendes que los seres humanos tienen una tendencia a recalibrar siempre las cosas. Ocurre también con la tecnología. ¿Estamos usándola de un modo útil o abusando de ella excesivamente? Un descubrimiento reciente muy interesante, fruto de uno de nuestros estudios, basado en la relación entre adolescentes e IA por toda Europa, demostró que los chavales quieren que haya un equilibrio en esa relación. Desean usar esa tecnología para su educación, para encontrar respuestas, para poder ser más creativos en su expresividad, pero a la vez no quieren pasar mucho tiempo en las redes ni que la tecnología los aleje de sus conexiones sociales, sus relaciones u otras cosas que consideran importantes.

¿Qué le parecen entonces propuestas más radicales, llevadas a cabo en algunos países, como la prohibición de las redes sociales para menores de 16 años, o del uso del teléfono móvil para los niños?

Yo soy madre, y he pensado mucho en esto. Del mismo modo que he hablado sobre el asunto con expertos en la infancia que también tienen hijos. En nuestro caso, por nuestra línea de trabajo, somos capaces de presenciar los peores escenarios posibles. Y la conclusión a la que he llegado es que necesitamos preparar a nuestros chavales en un ambiente apropiado de desarrollo para que se conviertan en ciudadanos digitales. Esas soluciones drásticas, en blanco y negro, pierden la oportunidad de ayudarlos a adquirir las habilidades digitales que luego necesitarán durante el resto de sus vidas. Es más fácil ayudar a un adolescente a adquirir hábitos alimentarios saludables que intentar lograrlo cuando ya eres un adulto.

Su tarea entonces no es la de eliminar contenidos o funciones…

Nuestra tarea como compañía es crear las herramientas para que los padres puedan construir el andamiaje necesario para sus hijos, y que poco a poco sean ellos los que gradualmente levanten las restricciones, para que los chavales reciban esa confianza y tengan el suficiente espacio para explorar y aprender.

¿Nos encaminamos hacia un mundo en el que el especialista que nos trate sea un sistema de IA?

Uno de los problemas que plantea la salud mental es que no disponemos de un número suficiente de profesionales expertos. Google puede identificar a las personas que están buscando ayuda y guiarlos hacia la fuente de respuesta. ¿Pero qué ocurre si no hay nadie al otro lado de la línea telefónica para tratar tu depresión? Por eso yo soy optimista frente a las posibilidades de la IA como una herramienta útil. Hemos lanzado una página web llamada Tasksharing.ai, en colaboración con Unicef, la Organización Mundial de la Salud y decenas de organizaciones filantrópicas y académicas, que básicamente es un manual de instrucciones para utilizar y entender de modo seguro esta tecnología en un contexto de crisis global de la salud mental. No se trata de desarrollar un profesional virtual. No busca reemplazar a los seres humanos. Son simuladores de conversación impulsados por la IA para poder ayudar a la formación de más profesionales. Es un modo de usar esta tecnología para desplegar unas capacidades que no existían antes.

Usted fue una de las pioneras en impulsar el mindfulness y la meditación en línea…

La meditación y el mindfulness resultaron ser modos muy seguros para que la sociedad comenzara a comprometerse con la salud mental sin entrar en un debate serio, porque en ese momento era una cuestión todavía muy estigmatizada. Desde un punto de vista de mercadotecnia resultó muy interesante, porque creamos un contexto cultural donde el mindfulness se convirtió en la puerta de entrada para un viaje hacia la salud mental. A pesar del escepticismo de muchos críticos, millones de personas se engancharon a la aplicación, y nos sirvió para llevar a cabo toneladas de estudios. Obtuvimos una base de datos muy interesante y útil para desarrollos posteriores. 

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