La palabra América
Afirmó algo que sospechábamos: que muchas veces contar las cosas te recompensa más que hacerlas


Mentimos: nos mentimos sin parar porque hace cinco siglos un señor mintió.
Mintieron dos, en realidad. Primero mintió uno; después otro le creyó y mintió en consecuencia. Años más tarde el segundo señor intentó desmentirse: dijo que el primero lo había engañado y que lo perdonaran y olvidaran lo que él había dicho. Lo olvidaron a él: lo que había dicho ya pasaba por verdad porque muchos lo habían repetido, y lo seguían repitiendo. Así fue como todo un continente recibió el nombre de un farsante florentino, ese primer señor. MAGA, mucha MAGA.
Ese primer señor era un muchacho de buena familia, padre cambista de divisas, madre con sus dientes, casa con biblioteca, amigos poderosos en la ciudad más culta de esos días. El muchacho, Amerigo Vespucci, había nacido en 1454 y se educó leyendo, escuchando sabios parlanchines, disfrutando de los mejores cuadros y sus modelos de más carne que hueso. Así, medio siglo después, cuando llegó el momento, no le costó mucho escribir unas cartas donde contaba ¿sus? viajes a esas tierras que Colón había encontrado poco antes. Esos viajes quizás existieron, quizá no: todavía se discuten. En cambio una de las cartas, Mundus Novus (1507), existió y fue un best seller en las ciudades de aquella Europa: decía confusamente, por primera vez, que quizás esas costas lejanas fueran un continente nuevo. Y así fue como un cartógrafo belga, Martin Waldseemüller, autor del primer mapamundi que lo incluyó, lo bautizó con la palabra America, en homenaje al florentino que tan bien la contaba.
Al principio pocos lo discutieron. El nombre sonaba bien: Amerigo le debía el suyo a su abuelo paterno; a sus hermanos les tocaron otros parientes. (Uno se llamó Girolamo y el otro Antonio; es un azar —uno entre tantos— que nuestro continente no se llame Antonia o Girolamia.) Y Amerigo, ya Américo Vespucio, continuó su carrera como organizador de expediciones y armador de barcos para los Reyes de Castilla, que terminaron por nombrarlo “natural de sus tierras” —un inmigrante con papeles— y piloto mayor.
Años después, cuando las incoherencias de sus escritos avivaron las dudas, cuando el cartógrafo belga pidió disculpas por difundir mentiras y cambió en sus mapas el rótulo de America por el de Terra Incognita, cuando el padre Bartolomé de las Casas y otros sabios insistieron en que si un hombre debía darle su nombre al continente era Cristóbal Colón, ya era demasiado tarde: el nombre falso se había impuesto.
España, la okupa principal, no lo usó mucho: durante siglos siguió hablando de Indias. Pero en el resto de Europa, America fue el nombre, y terminó de afirmar algo que sospechábamos: que muchas veces contar las cosas te recompensa más que hacerlas. Así, cuando las 13 colonias inglesas se deshicieron de su rey, decidieron incluirlo en su título oficial: los Estados Unidos de América. Desde entonces sus ciudadanos intentaron llamarse americanos. Podrían llamarse estadounidenses, pero quién pronuncia semejante adefesio; ellos, sin duda, no: no son tan refinados.
Así que así se llaman, con esta palabra que no tendría que existir. Sería otra marca de la supuesta excepcionalidad norteamericana: que se apropiaron del nombre, que nos dejaron a todos los demás americanos sin un nombre propio y que sería, entonces, alguna forma de justicia que el nombre que nos robaron sea una mentira.
El problema es que tantos lo son. Yo nací en una ciudad llamada Buenos Aires, aunque nunca los hubo, capital de un país llamado Argentina —de argentum, plata, aunque tampoco la hubo nunca. Que el nombre del continente también sea una farsificación sólo termina de romper la regla del Maestro: “… si el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. No, en las letras de América vive el fantasma de aquel farsante florentino, y es normal: ya sabemos que un nombre es una mentira compartida, una trola común —y más cuando es el nombre de una “patria”, la mayor de todas.
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