Ir al contenido
_
_
_
_

Raül Refree, productor de Rosalía o Niño de Elche: “Trabajar conmigo supone cargarse de mucha paciencia”

El compositor e intérprete es el productor más influyente de la música española al trabajar con Sílvia Pérez Cruz, Rocío Márquez, Niño de Elche, Guitarricadelafuente o Rosalía, a quien produjo su primer álbum, ‘Los ángeles’. Explica su método en ‘Cuando todo encaja. Apuntes sobre creatividad’, un libro para entender su proceso

Cuando conversas largo rato con Raül Refree (Barcelona, 49 años) sales con la sensación de que a veces has hablado con un músico y otras con un gurú al que no se le ha atravesado ninguna ínfula. Para quienes a lo largo de dos décadas de carrera han trabajado intensamente con él, reúne ambos dones. El primero de ellos, orgánico y estructural; el segundo, labrado a base de experiencia, estudio, una continua y profunda reflexión acompasada con intuiciones que sigue sin miedo a equivocarse, incluso para errar y, de ahí, aprender. A todo eso hay que añadir una extrema disposición a recibir lo mejor que la vida y el arte le puedan dar.

Aquello que recibe, Refree lo devuelve con creces. Quizás por eso hoy se ha convertido en uno de los creadores y productores más importantes en la música popular dentro del ámbito hispano e ibérico, con algún salto hacia territorio anglosajón, como la colaboración que hizo con Lee Ranaldo, de Sonic Youth.

Si les contamos que las carreras de esta lista de nombres, tras producirles él varios discos o colaborar ellos en escena con él, experimentaron un punto de inflexión, comprenderán su relevancia: Sílvia Pérez Cruz, Niño de Elche, Rodrigo Cuevas, Rocío Márquez, Kiko Veneno, las portuguesas Lina o Luísa Sobral, Guitarricadelafuente, C. Tangana, Mala Rodríguez, Ricky Martin, Christina Rosenvinge, La M.O.D.A, Albert Pla… Ah… Y esa mujer de la que todo el mundo habla: Rosalía.

De todos exprimió sangre como un vampiro amable, y a todos ellos insufló impulso, los condujo a que rompieran esquemas, los adentró en territorios de duda permanente, alentó sus inseguridades, los desnudó para vestirlos de nuevo con trajes mucho más acordes a la modernidad o los dotó de estilos propios sobre costuras que desconocían de sí mismos. “No es fácil trabajar conmigo”, advierte. No por la exigencia en sí. Sino porque requiere algo que muchos no tienen o no están dispuestos a darle siempre: “Tiempo, paciencia…”.

Pero si se comprometen a ello, la experiencia les resulta transformadora, como muchos confiesan, y él cuenta sin darse la importancia que realmente tiene, con una humildad muy auténtica, en Cuando todo encaja. Apuntes sobre creatividad (Debate). Se trata de un libro que dudó escribir, pero que, al hacerlo, le ha ayudado a poner en orden muchas cosas: “Cada día es un lienzo en blanco para mí. Teorizar sobre algo en continuo movimiento me resultaba raro. Llegué a decir dos veces que no a la editorial que me lo propuso, hasta que encontré esa frontera en la que podía explicar que no era un dogma”.

Tiempo tuvo Rosalía en aquella etapa de su vida, con apenas 23 años, cuando los presentó Luis Troquel, periodista musical y escritor. “Yo la había visto una vez actuar en un homenaje a Maruja Garrido en el Mercat de les Flors, nos caímos muy bien y empezamos a quedar no con la intención de hacer ningún disco, sino para escuchar música juntos. Nos pasábamos las tardes y no tocábamos, pero nos reíamos mucho”. Hasta que un día empezó a cantar junto a él al piano y la emoción prendió. Se miraron y dijeron: “Tenemos que hacer un disco. La verdad es que nos lo encontramos”.

Y de aquella chispa surgió no cualquier obra. Ni más ni menos que Los ángeles, el primer álbum de la cantante de Sant Esteve Sesrovires: a dúo, junto con Refree. Es decir, la mecha fundamental en su exitosa carrera. Para el músico, esos encuentros deben proporcionarle a él una búsqueda y un aprendizaje creativo. Aunque el impulso surgió de la voz de Rosalía junto al piano, Refree se comprometió a aprender a tocar la guitarra flamenca para acompañarla en el estudio y en la gira que montaron después. “Me puse las pilas, no había otra salida”, recuerda ocho años más tarde.

Después, Rosalía voló y Refree volvió a su casa de entonces para seguir con sus experimentos y una carrera en solitario que ya demostraba su repulsa rebelde a encasillarse y un compromiso continuo con la búsqueda. Nos recibe para este encuentro en la que habita en Barcelona en la actualidad y donde trabaja, rodeado de al menos 30 guitarras, un piano, tambores, saxos, bajos, un violonchelo, su colección de vinilos, mesas de mezclas y amplificadores.

También un busto de Richard Wagner y la bicicleta en la que monta a diario para subir al Tibidabo y regresar a menudo extenuado. “Del cansancio y la soledad en el ejercicio surgen a menudo muy buenas ideas. Del agotamiento, del trance, hay una mística en eso. Me gusta ir solo, acompañado sin más de una reflexión interna que se acompasa con el esfuerzo”. Así recorre unos 30 kilómetros con desnivel. “Para apalearme y estar más blando, como pasa con los pulpos”.

Luego busca el silencio… También el error, por qué no, y se deja llevar continuamente por la intuición y el instinto. “Es lo único que tengo, me dijo un día Kiko Veneno. No se me ha olvidado”, afirma. Porque no se lo comentó en un momento cualquiera, sino cuando tenían ya completamente preparada una canción y quiso volver a componerla casi desde cero. Había sentido una corazonada que le condujo a replanteárselo todo. Pero… ¿por qué, si ya lo tenemos?, le preguntó Refree. “Y me respondió aquello… Normal en alguien que no deja de sorprender, clarividente y filantrópico. Kiko es tan lúcido que puede parecer un loco”.

Esa vena primaria del instinto la ha reforzado el músico con lecturas y aprendizajes dispares. Primero mediante una formación clásica sólida en la que pudo entender dos primeros ejemplos contradictorios: los de su madre y su abuela. Las dos tocaban el piano. “Mi madre lo hacía a conciencia, era estudiosa y perfeccionista. Por el contrario, mi abuela se sentaba a ello con placer, como deberíamos hacer todos”.

O por devoción, como entendió también de niño cuando iba a misa en los veranos que pasaban en Soria: “Los coros fueron una revelación en mis vacaciones de infancia. Iba obligado. Pero, de golpe, descubrí el placer de los cantos colectivos. Lo hicieran bien o mal, con esa imperfección emocionante, en la que se disuelve la individualidad y llegas a ser algo más importante que tú mismo”.

Su paso por las escuelas de música dejó poso. Pero también traumas y un continuo cuestionamiento de base a las reglas de educación en los conservatorios. Las canónicas y hasta las físicas. En eso se siente identificado con un intérprete como Glenn Gould, quien se vio obligado a imponer una desordenada armonía anatómica a su medida cuando tocaba el piano. “A mí también me parecía fundamental buscar una expresión corporal propia, crear una conexión orgánica con el instrumento a pesar de que me duela el cuerpo por colocarme mal”, asegura.

Le costó trabajo y diversas broncas. “Pero era crucial para expresarme como soy, aunque no encajara en unos cánones de la enseñanza clásica”. Por visión y postura. Esto último en un doble sentido: físico y moral. “A costa de eso he tenido que aguantar muchas cosas. Esas posiciones al piano se basan en algo que le funcionó a alguien, pero a mí, no. Poderme expresar implicaba saltar ciertas barreras, incluso ahí. No se trataba de algo consciente, sino natural”. La lucha le llegó a provocar rechazo hacia el instrumento y lo abandonó durante años. “Salté del clásico a otros mundos, no me gustaba que me marcaran pautas”, afirma.

En medio de ese viaje, ya fuera en solitario o junto a otros, Refree buscó su continuo crecimiento en la heterodoxia. Se interesó por las filosofías orientales, se hizo adepto de Lorca, rastreó en el flamenco de la mano de algunos grandes, como Enrique Morente. Se entregó al punk por el mero placer de tocar notas porque sí, pero lo atemperó con los ecos minimalistas de leyendas como Ryūichi Sakamoto, a quien venera; quedó fascinado por el surrealismo de Joan Brossa y las rupturas de Carles Santos. No se fio nunca de quien dijera que no le gustan los Beatles, buscó complicidades que lo hicieran crecer y compañeros de viaje hoy sin miedo a romperse la crisma en su permanente búsqueda sin red, como Niño de Elche, con quien ha trabajado ya en Antología del cante flamenco heterodoxo, Flamenco. Mausoleo de celebración, amor y muerte o Cru+es, aparecido en octubre del pasado año. “Es de las personas que cambian la música de un país. Las colaboraciones, para mí, llega un momento en que se agotan. Con él, aún no me ha pasado”.

Por su parte, Francisco Contreras Molina, Niño de Elche, cree que esa química todavía duradera se debe a que mantienen una muy buena relación personal y artística basada, dice, “en la paciencia, la honestidad, la sinceridad, la escucha…”. Así han desarrollado una alianza creadora sin red: “Tocamos juntos sin acordar unas reglas o estándares. Es importante asumirlo a la hora de entrar en el estudio. Lo digerimos, apuntamos o recordamos a modo de notas al pie y después, a base de un ejercicio de memoria, desarrollamos el trabajo”.

No extraña esa complicidad en ambos, sobre todo cuando los dos apuestan de base por el desconocimiento como paso previo al viaje. Refree lo explica: “Me gusta esa suerte de no haber visto ciertas cosas debido a la primera sensación que nos provocan. La idea infravalorada de investigar desde sensaciones no conocidas, de un punto de partida tan excitante como la ignorancia, que tiene algo muy potente, no valorado, porque te obliga a aprender”.

Se siente cómodo en la cuerda floja del desconocimiento: “Ahí no te sientes obligado a nada. Hay algo que lo conecta con la libertad, quizás una sana inconsciencia”. Debe estar muy seguro para meterse en algo ignoto: “No conocer es sinónimo de descubrir. Al fin y al cabo, una suerte”.

Quien acude a él debe tener muy clara esa filosofía: “Por eso son muy pacientes conmigo cuando vienen a proponerme una colaboración. Nunca me dirijo a lo fácil porque no sé hacerlo. Exploramos terrenos complejos, tardamos en resolver muchas cosas. No sé por qué me vienen a buscar y yo no puedo proponerlo porque trabajar conmigo supone cargarse de mucha paciencia. Cuando insisten supongo que lo saben, que no me gusta dar soluciones rápidas, como a veces te piden y, claro, que no soy la persona a la que tengan que acudir si lo que quieren es vender”, explica.

Así ha labrado una carrera en solitario con discos como Quitamiedos, Nones, La matrona, Els invertebrats, Matilda, Tots sants, Nova creu alta… y de ahí también han surgido colaboraciones a medias con varios hitos junto a los ya mencionados, como Rocío Márquez, que define su experiencia juntos en discos fundamentales en su carrera como El niño (2014) y Firmamento (2017) de esta manera: “Un proceso muy divertido, con mucho espacio para el juego, para la prueba. Todo lo que se nos ocurría, lo intentábamos”, asegura. “Y eso para mí es muy inspirador, darle espacio a lo que pueda ir viniendo. Yo, en aquella época, estaba más acelerada que ahora y él es muy sabio en el tema de los tiempos. Sabe muy bien cuándo hay que parar, darse un descansito y volver”. Añade la cantaora: “Raül se deja sentir mucho, si lo que intuye no funciona, prueba por otro lado. No se limita, y esa es la manera para llegar a la mejor opción posible”.

La capacidad de comprensión del artista como productor viene de su propia identidad creativa. Así logra una auténtica simbiosis, según Niño de Elche: “Como artista sabe generar propuestas sin bloqueos ni condicionantes externos. Por desgracia, en España no disfrutamos de productores con esa empatía, lo que convierte a Refree en uno especial si aplicamos el sentido profundo del término”.

También ha explorado el terreno audiovisual como forma de expresión conjunta con incursiones en el cine y las series junto con directores como Marta Lallana e Isaki Lacuesta, entre otros. Y últimamente con Los Javis, con quienes colaboró en la banda sonora de La mesías y ahora en la de La bola negra, la película que están preparando con Lorca como fondo. “Una vez entras en el universo de un poeta así, nunca sales”, afirma Refree. Empezó a adentrarse en él con una versión de Yerma en el teatro Lliure, dirigida por Juan Carlos Martel, y sabe que no lo abandonará.

Obras así conforman una carrera en diversos frentes que lo ha convertido en esa piedra angular fundamental en la música española contemporánea. Así calma la ansiedad que sintió en la adolescencia. La sensación de estar en el mundo para hacer algo que le diera sentido. Ya se le ha pasado, confiesa. Se había olvidado de ello, pero lo descubrió de nuevo como un eco mientras escribía el libro. “Si me muero ahora, creo haber cumplido. Eso me ha otorgado cierta calma. Tenía miedo a la muerte antes, con 15 o 20 años, terror a irme sin haber dejado nada interesante detrás. Me daba pánico, quería darle sentido a mi vida y creo que ya lo tiene”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_