Lucas Desimone, el fotógrafo que convierte parapentes en objetos de moda
Con tela de paracaídas usados, el argentino hace chaquetas, camisetas y mochilas. “Es similar a componer una foto pero de manera inversa: en vez de llevar las tres dimensiones a un papel, transformo el plano de la tela en un objeto”, explica

Hace unos 15 años, al volver de Nueva York, un amigo de Lucas Desimone (Buenos Aires, 46 años) le dijo que había visto unos bolsos increíbles, hechos con las lonas que recubrían los camiones en Suiza. ¿Y si lo hacemos? ¿Y si probamos? Pero Suiza quedaba lejos y la logística habría sido muy complicada. Averiguaron: en Argentina, los camiones usaban las lonas hasta que se deshacían. No iban a servir. ¿Qué podríamos usar? Y se les ocurrió: el vinilo de los enormes carteles publicitarios al lado de la ruta. No como negocio, sino como algo para divertirse, un juego: probaron, con ese plástico hicieron bolsos. Unos 20 por mes. Luego, los vendieron. Eran hermosos. El problema era que el material, pensado para resistir vientos huracanados, se arruinaba con el roce cotidiano. Por sus diseños sostenibles, los invitaban a ferias en Berlín, en Tokio. Sin embargo, al mismo tiempo, recibían mensajes de los clientes que, en ocasiones con respeto, les decían que el bolso se les había desarmado. Conscientes de la situación, ellos devolvían la plata. Aprendizaje: el material funciona en su contexto.
Desimone era fotógrafo y había estudiado diseño gráfico. Su amigo, diseñador de anteojos. “¿Volvemos a lo nuestro?”, se preguntaron. “Volvamos”, se respondieron. Y dejaron que la vida siguiera su curso. De vez en cuando, alguna marca les pedía que usaran la cartelería del año anterior para armar bolsos que, luego, se regalaban en eventos empresariales. De vez en cuando, recibían un correo electrónico de alguien que había visto, que había escuchado, que quería saber más sobre los productos.

En 2011, la pareja de Desimone quedó embarazada y a él la expectativa del nacimiento le dio ímpetu para volver a intentarlo. El amigo que diseñaba gafas lo alentó a que siguiera solo. Desimone pensaba cómo, hasta que un día otro amigo le contó que se había tirado en parapente. Le dijo que el parapentista estaba frustrado: aunque se veía nuevo el equipo ya no se podía usar más. Por la cantidad de horas de uso, la tela había perdido porosidad. ¿Parapentes?, se preguntó Desimone. Se puso a investigar y descubrió un universo de telas fuertes, ultraligeras, de colores vistosos y chillones, en el que también había hebillas, arneses y tensores. Un material con volumen. “Quizás con esto podría hacer una mochila”, pensó. Desarmó una que tenía y analizó el patrón. Lo reprodujo. La hizo. Y, como prueba, se la mandó a un amigo que vivía en Suiza: “Alucinante”, fue la respuesta. Y en 2012, casi al mismo tiempo que su primer hijo, nació la marca Baumm.

Empezó a juntar materia prima: se la regalaban. Hasta que decidió sistematizar el proceso: él necesitaba material para sus productos, ellos necesitaban volar. Así que les puso un precio a los parapentes usados. Hoy, cuenta, todos los días le llegan e-mails. “Tengo tres violetas”, le dice alguien. “Uno, color verde esmeralda”, le escribe otro.

Y ahí aparece el factor artesanal. “Porque no es como hacer buzos, que juntás 100 telas y la máquina las corta. Cada vela tiene su forma caprichosa: con agujeros, costuras, roturas. Y también, parámetros del material que utilizamos como lenguaje de diseño: textos escritos, sellos y costuras reforzadas, que transformamos en un distintivo de cada pieza”, explica.

El momento que Desimone más disfruta es el descubrimiento del material. Para comenzar el proceso, va a la orilla del río, cerca de su casa en Vicente López. “Casi una actividad meditativa”, define. Abre los parapentes y los despliega sobre el césped. Mira las marcas, las roturas, los colores. Los piensa, se fascina, los combina, cambia, proyecta, corrige, imagina. “Al igual que cuando saco fotos, trabajo con lo que sucede frente a mí. La hoja nunca está en blanco: se construye a partir de lo que existe, armando una nueva morfología o combinando cosas”. Así, una palabra, una marca burocrática, “Test 2002”, “Fuerza X”, puede ser un detalle que impacte a quien mire el producto por primera vez.
La mayoría de las veces compra el material a ciegas. Alguien le escribe desde Córdoba y le dice que tiene tres equipos. ¿De qué color? Uno es verde, el otro azul y uno que se ve medio rojo. Bueno, mándame. “En el mejor de los casos están en buen estado. Y el tema es que no todos vemos los colores del mismo modo. Me llegó un parapente fucsia con marrón y pensé: ¿qué hago con esto? La idea de un cierre amarillo me permitió resignificar el conjunto”.
Aprendizaje: la adversidad como disparador creativo.
No se imagina decidiendo la paleta de colores. A partir de lo que le mandan, disfruta analizando qué hacer y cómo. “Quizás tenga que ver con vivir en Argentina, donde uno se acostumbra a lidiar con las adversidades”, piensa.
Comenta que la fotografía le sirvió muchísimo. Porque, dice, compone los productos como si fuesen fotos. “La composición de una mochila se hace en dos dimensiones: bolsillo naranja, cierre amarillo, laterales y cierre verde. Frente a una mesa con un parapente desplegado lleno de diagonales, imagino un visor como el de la lente y decido: el recorte no es el de allá sino este. El proceso es inverso pero muy similar en cuanto a las texturas y los colores. Como armar una foto al revés: porque allí tenés una situación en tres dimensiones que la llevás a un plano, sea una impresión o una pantalla”.
Un día un parapentista le propuso mandarle un paracaídas. Desimone aceptó y al recibirlo descubrió otro lenguaje, similar pero distinto. La tela era pequeña y más sedosa: llovida. “Quizás con esto podría hacer una campera”, pensó. La hizo.
Luego, vinieron las velas de kitesurf. Aún más chicas, más plásticas, rotas por el impacto de las caídas en el río. “Quizás con esto podría hacer un morral”, pensó. Lo hizo.
En promedio, vende entre 200 y 300 piezas al mes.
“No voy a decir que por convertir un parapente en mochila estoy salvando el mundo. Pero sé que hay cosas que se pueden hacer mejor. Nosotros, en vez de comprar dos toneladas de tela, compramos los dos kilos que necesitamos y el resto lo conseguimos de otro modo. Hay un montón de material que se podría reutilizar y esa idea de lo circular me parece importante”.
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