Gaël Faye, escritor y rapero: “Soy mestizo y eso define mi manera de estar en el mundo”
Nacido en Burundi, hijo de francés y ruandesa, fusiona disciplinas y culturas. Con su libro ‘Pequeño país’ consiguió el Premio Goncourt de los estudiantes (el que votan los jóvenes lectores). Ahora ha publicado ‘El jacarandá’, la historia de un joven que no sabe si es hutu o tutsi y que busca en Ruanda la verdad de un trauma colectivo y de su pasado familiar.


El escritor Gaël Faye (Buyumbura, Burundi, 43 años) vive hoy con su esposa y sus dos hijas entre las calles polvorientas de Kigali (la capital ruandesa en reconstrucción) y las aristocráticas aceras de Versalles, junto a París. Hijo de una ruandesa exiliada en Burundi, por el genocidio tutsi, y de un francés, permaneció con él en África cuando sus padres se separaron. Fue su madre la que se fue a vivir a Francia. Hasta los 10 años, cuando estalló la guerra civil entre hutus y tutsis, creció en África. La sensación de no ser de ningún lugar, el exilio por el genocidio y las madres ausentes han marcado sus canciones, primero, y sus dos novelas después. Cálido, cercano y cauto, responde a esta entrevista en un hotel de Barcelona.
¿No puedes entender quién eres si no sabes de dónde vienes?
No dejo de preguntármelo. Sé que nací en Burundi en 1982, de madre ruandesa y padre francés, que se separaron cuando yo tenía cuatro años. No tengo apenas recuerdos de mis padres juntos. Esa separación decidió la organización familiar. Mi madre se mudó a Francia y yo crecí con mi padre francés, que llegó a Burundi un poco por azar porque estaba dando la vuelta al mundo. Por eso me lo sigo preguntando. Puede que haya intentado trazar mi genealogía a través de lo que hago: canciones y novelas.
Al principio con el rap.
La historia de mi madre la comprendí con 20 años. Antes no, porque Burundi era el país de exilio de los países limítrofes.
¿Qué le llevó a comprenderla?
Vi una obra de teatro, Ruanda 1994. Dura seis horas y explica la construcción de la raza: cómo la colonización categorizó a las personas en hutus o tutsis, una división que, etnográficamente, no existía en el África precolonial. Se remonta al racismo biológico europeo del siglo XIX, cuando las colonias de alemanes y luego de belgas llegaron a Ruanda. Ruanda fue uno de los últimos países africanos en tener presencia europea —aunque los europeos decían “el último país en ser descubierto”—. Los alemanes no comprendieron la sociedad compleja que encontraron y comenzaron a clasificar a la población en dos grupos: los hutus y los tutsis, que no eran razas, era gente que se dedicaba a la agricultura o a la ganadería. Los belgas hacían constar en el carnet de identidad si eras tutsi o hutu.
Muchos de sus personajes no saben si son tutsis o hutus.
Porque es una invención europea. Si no sabes a qué se dedicaba tu familia, no sabes de qué raza eres. Es así de absurdo.
Un millón de tutsis fueron asesinados. ¿Qué hicieron?
Ser tutsis. Con frecuencia sin saberlo. Una solución es que estas razas fabricadas desaparezcan, que seamos todos ruandeses. No es ni una cuestión étnica ni una religión. Por eso es peligroso. Todos los hutus no son asesinos. Es una historia que nos enferma por desconocida. Me gustaría que llegara la paz para todos. Pero el presente está habitado por el pasado. Y es un pasado de tal violencia que nos persigue. Mi madre es de Ruanda, donde hasta el primer ministro alentó a los hutus para que mataran a los tutsis. Las masacres comenzaron en 1959, el año en que ella nació. Vivió en ese contexto de persecución a los tutsis y por eso se refugió en Burundi.

En sus novelas hay madres frágiles y madres distantes.
Intenté describir a una madre traumatizada por el genocidio. Y a una madre que levanta un muro en su propia vida construyendo distancia entre ella y su pasado.
¿Son distintas maneras de protegerse?
No sé. Una de las madres de mis novelas regresa a su país y, no me atrevería a decir que enloquece, enferma. Siempre he escrito sobre madres silenciosas que no transmiten ni su cultura, ni su lengua ni su pasado.
¿Callan por miedo?
Esa es la gran pregunta. ¿Miedo? ¿Precaución? ¿Falta de tiempo? Vivir rodeado de silencios fomenta la inseguridad. Y eso les sucede a mis protagonistas. Van descubriendo cosas. Por ejemplo, viendo imágenes del genocidio en la televisión, aprenden que su familia es susceptible de ser asesinada. Pero no encuentran en nadie las palabras que les expliquen por qué sucede.
Escribe: “Mi madre era una negra que se volvió blanca”. ¿Fue su caso?
Eso es resentimiento de un adolescente alejado de su madre. No puedo decir eso de mi madre. Ella intuyó el peligro y por eso quiso irse a Francia.
En cambio, su padre, que nació en Francia, se quedó en Burundi.
En las parejas a veces se confunde el deseo y el amor. A veces hay malentendidos: no se comparten sueños, solo ilusiones. En las de raza mixta, más allá del amor, hay una vida material y no es fácil verla igual. Imagino que mi madre tenía miedo de la violencia. Y mi padre no veía nada de eso. Él llegó a África, se fascinó por el paisaje y se quedó. Es imposible que hicieran la misma lectura de la realidad.
Su padre, Patric Faye, era guía turístico. Y dio nombre a un cocodrilo, Gustave. ¿Lo conoció?
Claro. Incluso hicieron una película sobre él.
Fue también fontanero, autor teatral y creó la ONG Sos Enfants du Burundi.
Salvó a muchos niños. Pero… este no es un tema que me interese discutir. Pienso que las causas humanitarias están mejor en manos de la estructura profesional de un Estado.
Su padre fue acusado de violar a cinco huérfanas. El juicio lo absolvió.
Me genera malestar hablar de esto. Sucedió hace mucho tiempo. He hecho muchas entrevistas y es la primera vez que me hacen esta pregunta. Es una herida grande. Mi padre todavía vive y si pudiéramos evitar este tema lo agradecería.
De acuerdo. Usted es rapero y escritor, europeo y africano. ¿Vivimos en una sociedad en la que no hace falta elegir?
La historia de mi vida es esa: siempre he sido dos cosas a la vez. No veo inconveniente. Con frecuencia son los otros los que no pueden comprender, y a veces permitir, que seas dos cosas a la vez. Las categorías no me interesan.
Habla de la condición mestiza.
Soy mestizo y eso define mi manera de estar en el mundo. Me interesa la mezcla. Pertenezco a Ruanda y a Francia. Durante la adolescencia pudo ser complicado: cuando necesitas una identidad, la mezcla es más difícil de defender y entender. Parece que no puedas ser ni una cosa ni otra, pero creo que lo que logras es ver el mundo desde varios ángulos.
Hoy vive en Kigali con su esposa y sus dos hijas.
Decidimos vivir allí porque la familia de mi madre vive en Ruanda. Incluso si mi madre no está, allí están mi abuela, mis primos y mi tía. Cuando terminó el genocidio, en julio de 1994, toda mi familia materna regresó del exilio en Burundi. Los visité y el país era un campo de ruinas rodeado de muerte y silencio. Quise acompañarlos.
Los protagonistas de sus novelas viven una dicotomía entre Francia y Ruanda, entre el deber y la culpa, el confort y los ideales… ¿Le sucedió?
He vivido así. Vivo en un mundo en el que comprendo otro mundo. Pero los otros mundos no parecen comprenderse entre sí. Eso, paradójicamente, me aísla porque las dos culturas no se comprenden. La sensación es que debes elegir.
¿La duda es una riqueza o una tortura?
Una duda es una riqueza rodeada de dolor. En el mundo que habitamos pienso que somos las personas interculturales, capaces de ver desde diversos ángulos, las que podemos tender puentes.

Sus hijas nacieron en Francia.
Pero han crecido en Ruanda. Mi esposa y yo queríamos que vivieran allí porque mi propia familia no conocía su país después de vivir exiliados en Burundi durante 30 años. Cuando regresaron a Ruanda era un país arrasado. Yo asociaba Ruanda con genocidio y no me daba cuenta de que la vida había regresado al país. Para transmitirles a nuestras hijas una historia de vida, y no una historia de muerte y masacres, decidimos irnos a vivir allí. Era la única manera: crear una relación nueva de confianza con el país.
En su propia juventud, tras años cantando en bares estudió economía.
Cuando no sabes nada, saber de música te da seguridad. Es un lenguaje universal. Prolonga la escritura en el cuerpo. Por la danza, por la interacción con el público. Eso es para mí la música.
Tiene una biografía musical de pruebas: el afrobeat, el highlife, el funk, el rap… ¿Qué le llevó a la escritura?
La necesidad de contar más. Una canción es breve. No podía expresar todo lo que quería. Mis canciones eran divertidas en la superficie y tristes en el contenido.
Los nombres de sus personajes en las novelas son descriptivos: Innocente, Pacifique…
En Burundi y en Ruanda son nombres habituales.
En sus novelas hay niños con miedo a las arañas que cargan un kaláshnikov.
Todo lo que escribo es verosímil. No necesariamente visto por mí, pero sí posible en el mundo que he conocido. Un niño en la guerra no deja de ser un niño. La anomalía no es que tenga miedo de las arañas, lo es que sea capaz de matar.
Matar a un tutsi no era delito. Asesinaron a un millón.
Es necesario comprender que una ideología genocida presupone la deshumanización de quien la defiende y de quien la sufre. Cuando —diciéndoles que deben protegerse— consigues formar cerebros para que ataquen a sus vecinos armenios, judíos, palestinos, tutsis… como si fueran escarabajos. El trabajo, nuestro trabajo, es hacer ver esa barbaridad.
¿Quién o qué la inculca?
Las culturas. Los miedos. El antisemitismo, como cualquier odio, se transmite de generación en generación por gente que prefiere no hacerse preguntas. Intentar entender qué ha pasado, o de dónde viene el odio, es más complicado que elegir no abrir los ojos. Las crisis políticas y económicas aumentan los fanatismos, es decir, las manipulaciones.
Cuando el avión del presidente ruandés Juvénal Habyarimana fue derribado, los hutus fueron animados a matar a los tutsis.
Pensamos que la gente comenzó a matar tutsis por venganza tras el asesinato del presidente, pero el proyecto de genocidio ya había sido preparado. Habían distribuido armas, preparado a la población. El asesinato fue la llama que prendió la pólvora. Pero había listas de intelectuales, artistas y políticos tutsis que debían ser asesinados. El avión se estrelló el 6 de abril. Esa noche sucedieron los asesinatos. Los agruparon en estadios e iglesias.
“Además de asesinarnos los hutus destruyeron nuestras fotos”.
Hoy, que vivimos saturados de imágenes, puede costar comprenderlo. Pero cuando la gente lo ha perdido todo, no tener ni una imagen de tu vida anterior a la que agarrarte es descorazonador. Es como un precipicio.
Una doble muerte.
La real y la de la memoria. Un genocidio no es solo muerte. Es no saber dónde están los cuerpos. Hay gente que todavía busca a padres, a hijos…
Ha escrito que lo inenarrable no es la violencia del genocidio, sino la fuerza de los supervivientes.
Nos alertan para que nos alejemos de la violencia. Pero es algo intrínseco a la historia de la humanidad. En un libro de historia, hay violencia en la mitad de las páginas. Se dice que no hay palabras para describir las imágenes de niños asesinados, pero las hay. Otra cosa es que yo no consiga comprender cómo mi tía se puede levantar cada mañana con el vecino que ha matado a sus hijos al otro lado de la calle.
¿Por qué puede?
Cualquier superviviente te pregunta: “¿Qué quieres que haga?”. Hay pueblos en los que hacen convivir a verdugos y víctimas para favorecer la reconciliación. Hay gente con un anhelo espiritual y gente que solo aspira a sobrevivir.
Sus personajes que eligen venganza pierden.
Pero es una opción. Busca sanar.
En sus novelas hay mucho alcohol. ¿Es cierto que toman cerveza caliente?
A temperatura ambiente. Creo que solo he comprendido lo que era Ruanda en los bares. Solo el bar permite hablar con libertad. Es una sociedad que valora el autocontrol. Los niños repiten a diario: “Las lágrimas de un hombre deben derramarse por dentro”.
Esos africanos estoicos rompen el cliché de los africanos alegres a pesar de las penurias.
Justamente. No me gusta esa imagen de una África pobre pero alegre. Es un cliché. Hay gente que busca eso cuando viaja: comprobar lo poco que sabe. Todos somos ignorantes. Hay quien trata de combatir la ignorancia leyendo, informándose y gente que no se hace preguntas.
¿Eso revela indiferencia o respeto?
Es la pregunta. Conozco a supervivientes del genocidio. Podría preguntarles por lo que han vivido. Y, tal vez por respeto, no lo hago. Una vez, un amigo me dijo: “Estaba esperando que me lo preguntaras. No porque seas escritor, porque eres mi amigo y un amigo debe preguntar”. Pero no es fácil. No sabes si la educación o el respeto que has aprendido van a ser tomados por indiferencia. Preguntar es incomodar. Pero también es querer saber. ¿Usted qué piensa?
Como periodista creo que uno debe preguntar y el otro puede decidir qué responder o no.
Sí. Es una comunicación profunda y frágil a la vez. En cualquier caso, yo hablo de la sociedad ruandesa. No puedo hablar de los africanos. Sería otro cliché. Por eso digo que, en los bares, cuando uno bebe, la máscara cae.
¿Y aparece la verdad?
Querer ver es una pasión. Y una pasión, un talento, son las ganas de tener ese talento.
¿Por qué quiso ver?
Crecer en el país de mi madre con la lengua y la compañía de mi padre ha sido mi vida. Eso me ha dado una distancia de casi todo. Y la sensación de no conocer a mi propia madre. Necesité entender.
Su esposa también es hija de ruandesa-francés. ¿Cómo la conoció?
No es original: en una conmemoración del genocidio. Puede que por las dificultades de las parejas mixtas de las que hemos hablado. La densidad de nuestra historia me hacía pensar que jamás me liaría con una ruandesa. Sin embargo, hoy creo que el genocidio está presente entre nosotros y eso nos quita peso. Nos libera de tener que explicar el genocidio a la persona con la que convivimos. Venimos del mismo dolor.
El dolor convertido en casa.
Es eso.
¿A qué se dedica su esposa?
Es enfermera.
Ha escrito: “Ya no temo nada salvo dejar de ser amado”.
Sí. No creo que haga falta añadir nada.
Viene de no pertenecer y ha encontrado la pertenencia perfecta.
Siento mucho agradecimiento. Hacia mi esposa y hacia mis hijas de 15 y 11 años. Son mis anclas. Ellas, la escritura y la música.
¿A sus hijas les gusta su música?
Les gusta venir a un concierto, pero no escuchan mi música. Es normal. Es bueno que uno se distancie para poder regresar, si quiere, cuando tiene cabeza propia.
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