El campo de golf como estercolero


Se van de juerga.
—¡No nos esperéis hasta el lunes! —parece gritar el de la derecha a quienes han salido a despedirlos. Tienen la expresión de dos adolescentes a punto de iniciar la ruta del bakalao, pero son dos adultos bobos que ganaron las elecciones hace cuatro meses (la foto está tomada en marzo del año en curso). No podemos oírlo, pero deben de llevar la música a tope, en plan hortera, botan en el asiento a la vez que las bombas caen sobre Gaza. No sabemos qué se han metido, pero celebran cada mutilación infantil con un saludo fascista que ya usaron en la campaña electoral.
Pretenden comerse el mundo, en fin.
Lo malo es que se lo han comido, empezando cada uno por una esquina, como termitas que acabaran de descubrir la división del trabajo. No están solos: los acompañan individuos de la calidad humanística de Milei, de Bolsonaro, de Netanyahu… En menos de un año han convertido el mundo en un vertedero moral. Pero hay quien obtiene placer de revolcarse en él. Cuestión de hábito quizá. ¡Resulta tan divertido cazar moros e inmigrantes en general, mucho mejor si llevan niños en brazos! Entre nosotros, algunos todavía recuerdan con nostalgia las batidas de Torre Pacheco y observan con envidia española, una de las envidias más genuinas del mundo, las incursiones de la policía de Norteamérica en la frontera sur de Estados Unidos. Hace poco, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, fue invitada a uno de los estercoleros que Trump tiene repartidos por el mundo y continuó la juerga humillándonos a través de las vejaciones que proporcionó a la política.
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