Por Mula y su castillo, la fortaleza que no esperaba ataques del enemigo
La fortificación de esta localidad murciana es una de las obras militares más imponentes y mejor conservadas del Renacimiento español, y una excusa perfecta para visitar una de las ciudades más encantadoras de esta región mediterránea


Cuando subes desde Murcia capital hacia la comarca del noroeste por la autovía RM-15, hay una visión poderosa que llama siempre la atención y obliga a mirar a la derecha. Un castillo soberbio sobre un espolón rocoso, de un color albero pálido, hecho de costosa sillería finamente labrada y con una torre del homenaje que parece un funambulista en equilibrio sobre el precipicio. Es el castillo de Mula, levantado por los marqueses de los Vélez en el siglo XVI y considerada una de las obras militares más imponentes y mejor conservadas del Renacimiento español.
Lo curioso es que Pedro Fajardo y Chacón, primer Marqués de los Vélez, lo mandó levantar hacia 1520 sobre los restos de una antigua alcazaba árabe no para defenderse del enemigo exterior, sino como una demostración de poder y para controlar a los ciudadanos de Mula, enfrentados a los Vélez desde que los Reyes Católicos donaran la villa al marquesado, que hasta entonces era realenga, es decir, dependía directamente del rey. La enemistad entre el pueblo y el marqués duró décadas y este mandó un mensaje alto y claro con la construcción de esta fortaleza para que cualquier muleño, al levantar la vista, recordara quién era el jefe de estos pagos.

A los pies de la fortaleza se extiende Mula, una de las localidades más bonitas de una región en la que, por desgracia, no abundan los pueblos con encanto. Mula es una notable superposición de viejo urbanismo árabe y caserones dieciochescos. La bonanza que la comarca vivió gracias a la agricultura durante los siglos XVII y XVIII se tradujo en la construcción de numerosos palacios nobiliarios y grandes conventos. Por eso, un paseo por sus calles peatonales y siempre en cuesta descubre un catálogo de fachadas blasonadas, balcones de honor, esquinas de sillería, esgrafiados y rejerías de buche.
Varios palacetes han sido rehabilitados y viven una segunda era dorada, como el palacio de los Blaya, hoy sede de la fundación del escultor local Cristóbal Gabarrón; el del marqués de Menahermosa, hoy museo de arte íbero El Cigarralejo; o el de los Valcárcel. Otra de estas casas señoriales del XVIII, la de los Coy, se ha reconvertido gracias al esfuerzo de una pareja de emprendedores locales en un hotel boutique lleno de encanto e historia en pleno centro del pueblo. Pero quedan muchísimos más caserones nobles sin rehabilitar. En Mula, como en tantos otros sitios de España, hay más patrimonio que dinero para mantenerlo. Y no es por falta de ganas.

El centro neurálgico de Mula e inicio de todos los paseos es la plaza del Ayuntamiento, con sus fachadas policromadas; el edificio consistorial, que es otra casa solariega del siglo XVIII; la iglesia de San Miguel, de hechuras renacentistas y barrocas; y la curiosa torre exenta del Reloj, construida a principios del siglo XIX para marcar los turnos de riego a los agricultores de la zona. Su color azul y su cúpula de cerámica vidriada componen una foto perfecta con el castillo, que se ve arriba, en la montaña.

En la plaza del Ayuntamiento hay otros dos elementos destacables. Uno, el monumento al Tamborista, homenaje a la tradición más famosa de Mula: la Noche de los Tambores, declarada patrimonio cultural inmaterial por la Unesco. Cada Martes Santo (este año, el 31 de marzo), a las 12 de la noche, miles de tamboristas con túnica negra y tambor artesanal se reúnen aquí. En un silencio absoluto esperan que el reloj de la torre dé la primera campanada de las 12. En ese momento estalla un estruendo ensordecedor que durará hasta las cuatro de la tarde del Miércoles Santo. Los tambores muleños vuelven a sonar desde el Viernes Santo por la mañana hasta la recogida de la procesión del Santo Entierro y el Domingo de Resurrección, celebrando el final de la Semana Santa. Como curiosidad, en Mula, a diferencia de otras localidades donde también hay tamboradas, no hay desfiles organizados ni bandas. Cada cual toca por su cuenta o en pequeños grupos, moviéndose libremente por las calles del casco antiguo.

El otro lugar que no te puedes perder en la plaza es el viejo Casino, un edificio elegante que fue tradicionalmente el centro de reunión social y que hoy alberga un gastrobar de mucha calidad donde probar las delicias de la gastronomía de la Región de Murcia en un entorno histórico.
Desde la plaza hay un paseo muy agradable por callejuelas estrechas, siempre en ascenso, hasta el Real Monasterio de la Encarnación, la joya de la arquitectura religiosa de Mula y una de las mejores obras conventuales del barroco murciano. Fue fundado a finales del siglo XVII por monjas clarisas, que lo habitaron y mantuvieron en régimen de clausura durante casi 350 años. En 2019, ante la elevada edad de las que quedaban y la falta de vocaciones, las clarisas decidieron abandonar el recinto y fueron sustituidas por otra congregación de monjas jóvenes, las Comunicadoras Eucarísticas del Padre Celestial, procedentes de Colombia. Las hermanas son de lo más abierto y amable, y no dudan en enseñar la iglesia a los visitantes que se lo piden. La reliquia más preciada del monasterio es la Santa Espina, supuestamente perteneciente a la corona de Jesucristo.

Otro sitio para comer bien es el Salazar, en la calle del Paseo (que, en realidad, es una plaza o glorieta). Es el bar de toda la vida, una institución local que lleva desde 1925 sirviendo cafés, aperitivos y comidas tradicionales muleñas. Desde allí queda a un tiro de piedra el ya mencionado museo El Cigarralejo; otra visita imperdible en Mula. El Cigarralejo es un yacimiento íbero que apareció a unos cuatro kilómetros del centro urbano, en una muela elevada sobre la margen derecha del río Mula. Es de los pocos asentamientos de esa época donde se han encontrado simultáneamente el poblado, la necrópolis y el santuario. A través de sus 10 salas, el museo muestra los principales objetos hallados en las excavaciones, en especial, una gran colección de exvotos con formas de caballo localizados en el santuario y 80 ajuares funerarios completos.

Por desgracia, el castillo de Mula no está abierto de momento a visitas regulares. Tras décadas de litigio con los propietarios, herederos de aquellos marqueses, que lo tenían abandonado, el Ayuntamiento logró por fin recientemente la posesión y propiedad plena de la fortaleza. Y ha conseguido también casi tres millones de euros de financiación de los fondos Next Generation EU para su restauración y puesta en valor. Con un poco de suerte, en un plazo razonable se abrirá al público en general. Ojalá puedan visitarlo: por dentro es tan fascinante como por fuera.
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