La culpa fue del muerto
Como no tuvo bastante el difunto Tito Vilanova con que Mourinho le metiera el dedo en el ojo, ahora viene Bartomeu a ofenderle con el fichaje de Neymar

Si las informaciones difundidas son ciertas, en el pasivo de Josep Maria Bartomeu, presidente del Barça, figurará para siempre su mezquina declaración ante el juez Ruz sobre el fichaje de Neymar. Bartomeu desplegó (es un decir) una cadena irrisoria de argumentos para defenderse de la acusación de fraude fiscal y administración desleal, que puede resumirse en una frase: Tito Vilanova, enfermo del cáncer que después lo mataría, urgió la contratación de Neymar y la directiva, presidida por Sandro Rosell, accedió a su petición. En la jerga del castellano antiguo a esta suerte se le conoce como “echar la culpa al muerto”. El presidente actual del Barça —a quien es posible incluso que elijan los socios después de faenas tributarias y judiciales tan brillantes por mor de la conjura desde Madrid— tiene ilustres precedentes en esta abyecta estrategia de diversión; bastará con mencionar al dilecto Gerardo Díaz Ferrán, quien intentó culpar de la quiebra de Marsans al socio fallecido, Gonzalo Pascual. Hay que aprender de los mejores.
Habrá quien reduzca la vileza a una simple estrategia legal. Pero la ciudadanía y los socios suelen exigir más gallardía en las figuras públicas. Reducida al absurdo en el que se fundamenta, la lógica de Bartomeu viene a significar que como Vilanova reclamó un fichaje mediático (¿qué significará eso?), la estructura directiva y legal del club orquestó un pandemónium de siete contratos para ocultar el coste real de Neymar a los socios y, de paso, ahorrarse unos impuestos. ¿Podría explicar el señor Bartomeu cuál es la conexión causal eficiente entre la petición de Vilanova y el fraude (fiscal y social) cometido? Y si no existe, ¿a santo de qué recuerda a Tito?
La segunda derivada, después de la ofensa a un fallecido (no sufrió bastante con el dedo de Mourinho que ahora viene Bartomeu a inferir otro escarnio) es la invectiva implícita a un juez y a los socios. O el declarante considera que un juez y un fiscal pueden aceptar cualquier cosa, o se tomó la declaración como una rutina que cumplió engastando frases sin sentido. Si de las tropelías de un fichaje tienen la culpa un muerto o el equipo de asesores fiscales, ¿para qué necesita el club un presidente? Para quitarse de enmedio la responsabilidad vale cualquiera.
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