Repensar la Universidad: entre las inercias heredadas y la urgencia del futuro
El mayor riesgo que tiene hoy la Universidad es renunciar a su adaptación a la sociedad o realizar cambios ‘lampedusianos’ que sean mera cosmética para que realmente nada cambie

La Universidad es, por definición, una institución dedicada al conocimiento, a la reflexión crítica y al progreso social. Sin embargo, pocas organizaciones muestran tantas dificultades para cambiar como la propia Universidad. El contraste es evidente y, en ocasiones, desconcertante: la institución que investiga, innova y forma a las nuevas generaciones suele ser, paradójicamente, reticente a transformar el marco institucional en el que desarrolla su labor.
El peso de la trayectoria histórica de la Universidad en toda Europa condiciona la adopción de transformaciones. Las tradiciones, los rituales, las estructuras organizativas y las formas de gobernanza no son simples vestigios del pasado; para muchos, constituyen la esencia misma de la institución. Cambiarlas despierta temores: perder identidad, diluir la autonomía académica, someter el saber a lógicas ajenas o mercantilistas. El miedo al cambio, en este contexto, suele presentarse como una defensa del conocimiento frente a la incertidumbre.
Pero conviene pararse a reflexionar, con honestidad, sobre dos cuestiones: ¿es posible mantener las estructuras universitarias inmóviles ante un mundo líquido en constante cambio? ¿La defensa del mantenimiento de las estructuras es por el convencimiento de su buen funcionamiento, o por el miedo al cambio y a salir de ciertas áreas de confort?
cuando el foco apunta a cómo debe adaptarse nuestra institución a dichos cambios, el discurso cambia"
Gran parte de las resistencias al cambio nacen de un sentimiento profundamente humano: el temor a lo desconocido. A lo anterior se añade un escenario actual en el que las emociones dominan el debate público y el miedo se afianza como herramienta de movilización. Por el contrario, reformar estructuras, introducir nuevas formas de organización o modificar inercias asentadas implica aceptar que el mañana no será exactamente igual al ayer. Supone revisar competencias, redistribuir responsabilidades, alterar equilibrios internos y, en algunos casos, renunciar a privilegios percibidos (aunque pocas veces reconocidos como tales). El miedo no siempre se expresa en forma de oposición frontal; a menudo se disfraza de prudencia excesiva, de solicitudes de aplazamiento indefinido, de argumentos que apelan a la “complejidad” o a la “singularidad” universitaria para dejar todo, sencillamente, como está.
Todo ello nos conduce a una situación paradójica: exigimos a nuestros estudiantes que se adapten a un mundo cambiante, que desarrollen competencias para la incertidumbre, que sean flexibles, innovadores y críticos. Pero cuando el foco apunta a cómo debe adaptarse nuestra institución a dichos cambios, el discurso cambia. Entonces aparece la advertencia de que “no es el momento”, de que “siempre se ha hecho así” o de que “el riesgo es demasiado alto”. Y ante esta situación, debemos recordar que la inacción también es una decisión, y, casi siempre, costosa.
El mayor riesgo que tiene hoy la Universidad es renunciar a su adaptación a la sociedad o realizar cambios lampedusianos que sean mera cosmética para que realmente nada cambie. La sociedad a la que nos debemos avanza con rapidez: transformaciones tecnológicas, desafíos sociales globales, nuevas demandas formativas, cambios en el mercado laboral, en las comunicaciones y también en las expectativas de los estudiantes. Una Universidad que se aferra a estructuras diseñadas para realidades que ya no existen corre el peligro de volverse irrelevante, no por falta de talento (que lo hay, y mucho), sino por incapacidad institucional para aprovecharlo.
También es necesario reconocer que el cambio supone esfuerzos
Aceptar la necesidad de establecer cambios no significa renunciar a los valores universitarios que han permitido mantener a esta institución durante siglos en la élite del conocimiento y de la formación académica y ciudadana. Al contrario: significa tomarlos en serio. La autonomía, la libertad académica, el rigor científico o el compromiso con el bien común no se preservan mediante la inmovilidad, sino mediante su reinterpretación constante. Las estructuras son medios, no fines. Y confundir esta institución con sus valores es uno de los errores más frecuentes en los debates universitarios.
También es necesario reconocer que el cambio supone esfuerzos. Exige formación, adaptación y, a veces, aceptar que algunas certezas ya no lo son tanto. Por supuesto, no todo cambio es bueno por el mero hecho de ser cambio. La crítica es necesaria, el debate es saludable y la participación de la comunidad universitaria resulta imprescindible. Pero hay una diferencia clara entre la crítica constructiva y la resistencia por sistema.
La Universidad ha sobrevivido durante siglos precisamente porque ha sabido transformarse. Ha cambiado de lengua, de currículo, de método, de público y de misión, sin dejar de ser Universidad. Hoy, una vez más, se encuentra ante una encrucijada. Podemos convertir el miedo en excusa para la parálisis, o en estímulo para un debate honesto y valiente sobre cómo queremos que sea la Universidad del futuro.
Liderar procesos de transformación universitaria implica escuchar esos temores y comprenderlos. Pero también, asumir la responsabilidad de no ceder a la tentación de la comodidad institucional frente al interés general y proponer cambios que beneficien a la Universidad como institución.
Tengamos la valentía de mirar al futuro sin miedo, de cambiar sin renunciar a lo que somos y de comprometernos, juntos, a construir una Universidad viva, audaz y capaz de seguir transformando vidas y sociedades. Para lograrlo, es necesario iniciar un debate serio y sosegado sobre la necesidad de reimaginar nuestro futuro. Y, sin perder de vista su legado histórico, ser capaces de construir una institución que siga siendo el motor de pensamiento y formación de nuestra ciudadanía.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































