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Una vida entre cajas: la crisis de la vivienda obliga a los hijos a mudarse más veces que sus padres

Los cambios de residencia han crecido un 5% en el último lustro. La subida de los alquileres y la falta de oferta inmobiliaria empujan los desplazamientos

Empleados de una empresa de mudanzas embalan cajas en Santiago de Compostela (Galicia).ÓSCAR CORRAL

A cartón. Así es como huelen las mudanzas, y todo aquel que haya pasado por alguna en los últimos años ―prácticamente ocho de cada diez personas en España, según los últimos estudios de movilidad―, sabe lo estresante y angustioso que pueden llegar a ser. Empaquetar primero, y trasladar después todos aquellos elementos que definen la vida (material) de un individuo no suele ser plato de buen gusto. De hecho, siete de cada diez mudados aseguran odiarlo.

Sin embargo, por más tedioso (y caro) que resulte, este proceso se ha convertido en un trance inevitable y cada vez más repetitivo, puesto que las continuas subidas de los precios de alquileres y viviendas han generado un flujo que está haciendo mella, especialmente, entre las generaciones más jóvenes. Estas suman, de media, cuatro mudanzas a lo largo de toda su vida; al menos una más que sus padres. A esta rotación inmobiliaria se le añade ahora una crisis de acceso a la vivienda salvaje que ha generado un enorme cóctel de inestabilidad, del que muchos afectados no saben cómo salir.

“Veníamos de ser un país con una movilidad residencial mínima, de las más bajas del mundo, con apenas un 5% de personas que se cambiaban de casa anualmente”, señala Juan Antonio Módenes, investigador asociado del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona. “Hoy ese porcentaje se ha duplicado”, advierte el experto, que hace 28 años, en 1998, publicó una tesis centrada en la movilidad residencial en la Región Metropolitana de Barcelona de la década de los ochenta.

“En aquella época prácticamente todo el mundo vivía en propiedad y el acceso a la vivienda era mucho más sencillo para los jóvenes. Como consecuencia de esto se producía una emancipación mucho más temprana”, explica Módenes. Las cifras de Eurostat detallan que en España hoy el hito de salir del hogar paterno se produce a los 30 años, por los 26,3 que fija la media europea. Y según el Instituto Nacional de Estadística (INE), sumando los cambios residenciales entre municipios y entre comunidades autónomas, en 2024 se produjeron 2,3 millones de mudanzas, 47.000 más que el año anterior, y un 5,67% más que en 2021. Una cifra que amenaza con dispararse con los 630.000 contratos de alquiler que van a expirar a lo largo de este año ―los que se firmaron durante la pandemia―, según cálculos del Gobierno, que a su vez, para combatir los efectos económicos de la guerra de Irán, ha aprobado la posibilidad de que muchos inquilinos se acojan a una prórroga extraordinaria. La medida, no obstante, está pendiente de validarse en el Congreso, lo que parece poco probable, y hay dudas jurídicas sobre lo que sucederá si decae.

A espolear la movilización interna también ha contribuido la que llega más allá de las fronteras nacionales. “Se está dando un aumento de la presión externa, que tiene en el foco, principalmente, en los inmigrantes latinoamericanos, y que está haciendo que crezcan las grandes áreas metropolitanas de ciudades como Madrid o Barcelona”, explica José María Feria, catedrático de Geografía Humana en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Los datos del INE señalan que la población extranjera creció en 331.590 personas entre el primer trimestre de 2025 y el mismo periodo de 2026 (+4,8%); siendo mayoría los migrantes provenientes de Colombia (36.600), Venezuela (27.000) y Marruecos (22.000).

Indefensión y estrés

Un estudio elaborado por el portal Pisos.com señala que los millennials ―nacidos entre 1981 y 1996― se cambian, al menos, cuatro veces de casa a lo largo de su vida, mientras que sus padres, los boomers (1957-1977) lo hicieron una vez menos. Un cálculo que también aparece en la tesis de Módenes. Estas movilizaciones, sin embargo, son similares a las que se dan en países cercanos como Francia o Portugal. Aunque no tienen nada que ver con lo que sucede al otro lado del charco: los norteamericanos se mudan 11 veces a lo largo de su vida, casi tres veces más.

Jorge Rodríguez, de 41 años, suma ya siete mudanzas a sus espaldas. “He vivido en tres ciudades distintas, y ahora estoy en mi quinto piso en Madrid”, relata al otro lado del teléfono. Asegura que tener que embalar y desempaquetar sus enseres le ha resultado “caótico” muchas veces, y “un gasto de dinero bastante elevado”. También reconoce que tener que pasar por este tipo de situaciones supone “mucho estrés”.

“Pese a que no todos los escenarios en los que puede enmarcarse una mudanza son iguales, los que se dan en un contexto forzoso desencadenan malestar, indefensión, falta de control, afectación sobre la autoestima y rabia”, enumera Beatriz Goce, psicóloga sanitaria. En su experiencia, la comparativa que muchos individuos hacen respecto a la trayectoria vital de las personas de su entorno también resulta emocionalmente dañina. “Hay quienes ven a su alrededor cómo otros ya se han estabilizado, o piensan en que sus padres a su edad ya tenían una casa; y todo el malestar que sienten se hace mucho más persistente”, añade.

Red de apoyo

Aun teniendo que pasar por lo mismo, la mayor diferencia entre ciudadanos de distintos países se da en la distancia del traslado: en España es de apenas 37 kilómetros, según un estudio de la compañía de mudanzas RJB Moving, lo que muchas veces significa que la persona ni siquiera abandona la provincia. Una cercanía que evidencia la importancia del arraigo y la cercanía con la familia. “En España vivimos en un Estado del bienestar familiarista”, reconoce Módenes. “Eso significa que parte de nuestro bienestar está basado en la familia, en tenerla cerca. Y esto, por tanto, implica una necesaria proximidad espacial, lo que hace que muchas personas se piensen muy mucho mudarse a otro lugar en el que no puedan contar con ese apoyo extra”, añade el experto.

De acuerdo con el estudio de Pisos.com, los procesos de cambio tienen, sin embargo, un momento clave: en la tercera mudanza, se empieza a valorar la compra. El tedio por estar yendo de un lado al otro lleva al interés por acceder a una hipoteca. El informe especifica que la primera mudanza se produce en busca de la emancipación, y representa, por tanto, la salida del hogar familiar. La segunda, en cambio, pretende una consolidación del alquiler, donde casi dos de cada diez personas pagan por un un arrendamiento en solitario. Mientras que la primera hipoteca suele llegar con la tercera mudanza.

Son muchas las razones por las que una persona decide cambiarse de casa. La mayoritaria tiene que ver con el trabajo (72%), seguido de la búsqueda de una mayor formación y de la emancipación (ambas con un 21%) y de los motivos familiares o de pareja (17%), como refleja el informe de RJB Moving. Según este, las mudanzas se concentran en momentos clave del ciclo vital. “El problema ahora es que el destino ya no lo eliges tú. Y tienes que mirar sitios en los que puedes instalarte, más allá de si estas zonas son las que tú querrías”, concluye Módenes.

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