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Opinión

La IA no es solo tecnología, es una cuestión de líderes y de instituciones

La dirección de una empresa no puede reducirse a una técnica; exige empatía y comprensión del mundo

Un robot humanoide en el parlamento de Polonia, el 25 de marzo.Beata Zawrzel (NurPhoto / GETTY IMAGES)

Durante mucho tiempo, la inteligencia artificial (IA) fue más una promesa que una presencia. Importante, sí, pero lo bastante lejana como para seguir siendo abstracta. Hoy esa distancia ha desaparecido. La IA ya toma decisiones que afectan a diagnósticos médicos, concesión de créditos, selección de talento o distribución de información.

Y, sin embargo, junto al progreso aparece una inquietud difícil de ignorar. A medida que la tecnología se vuelve más poderosa, muchas sociedades se sienten más frágiles. La inteligencia artificial avanza a gran velocidad, pero las instituciones de nuestras sociedades parecen retroceder. Crece el temor al desplazamiento laboral, a la desinformación, a la concentración de poder y a una velocidad de cambio que parece superar nuestra capacidad de respuesta. La sensación de que no estamos preparados para gestionar sus consecuencias se extiende.

Esta tensión no es nueva. Todas las grandes transformaciones tecnológicas han seguido un patrón similar: la innovación avanza más rápido que las normas, las instituciones y los marcos de gobernanza que deberían acompañarla. La pregunta de fondo nunca ha sido solo qué puede hacer la tecnología, sino si somos capaces de adaptarnos a tiempo para orientar su impacto.

La Revolución Industrial ofrece un recordatorio elocuente. La productividad y la riqueza crecieron mucho antes de que lo hiciera el bienestar. Las economías se expandieron mientras la vulnerabilidad social seguía siendo generalizada. Solo cuando se ampliaron los sistemas educativos, surgieron protecciones laborales y se fortalecieron las instituciones sociales, la prosperidad empezó a compartirse de forma más amplia. La tecnología creó la oportunidad. Las instituciones la hicieron sostenible.

Esta lección es especialmente relevante hoy. La inteligencia artificial tiene el potencial de convertirse en una tecnología de propósito general capaz de impulsar de manera significativa el crecimiento de la productividad en las economías avanzadas. Cuando la IA funciona bien, no sustituye a las personas. Amplía sus capacidades y permite que el juicio humano actúe con mayor alcance y precisión. Pero esos avances no son ni automáticos ni equitativos. El análisis es claro: los efectos sobre la productividad dependen de forma crítica de inversiones complementarias en capacidades, cambio organizativo, competencia y calidad institucional. La tecnología, por sí sola, no basta.

No es la primera vez que la humanidad se enfrenta a una tecnología con consecuencias sistémicas. La energía nuclear otorgó un poder destructivo sin precedentes y, aun así, décadas de coordinación internacional imperfecta lograron reducir el riesgo existencial a niveles manejables. La lección no es que el peligro desaparezca, sino que la responsabilidad compartida, sostenida por instituciones, puede contenerlo.

Hoy, sin embargo, esa arquitectura institucional muestra signos de desgaste. El cambio es más rápido que nunca. La confianza social es más frágil. Las tensiones geopolíticas se intensifican. La crisis climática, la aceleración tecnológica y la fragmentación social se refuerzan mutuamente. En muchos contextos, la disrupción llega antes que la adaptación. Y cuando los beneficios se perciben como desiguales y las instituciones como lejanas, la legitimidad se resiente y el miedo ocupa el espacio que deja la confianza.

Frente a esto, algunos sostienen que la competencia y la fragmentación son ine­vitables, que forman parte de las reglas del juego. La historia invita a disentir. Los periodos dominados por la lógica del poder y de la competencia desenfrenada rara vez han generado estabilidad o progreso compartido. La cooperación nunca ha sido sencilla, pero ha sido el cimiento de los avances más duraderos, precisamente porque cristaliza en instituciones capaces de perdurar más allá de coyunturas y liderazgos individuales.

Aquí aparece el verdadero desafío. El debate sobre la IA no es, en última instancia, técnico. Es institucional y cultural: tiene que ver con la gobernanza y el compromiso político. Con líderes capaces o no de construir y reformar esas instituciones y esa cultura. Se trata de liderazgo entendido como la capacidad de construir y renovar instituciones que perduren más allá de quienes las dirigen. Hoy, las fronteras entre gestión, tecnología y geopolítica se han diluido. Los líderes toman decisiones cuyos efectos trascienden a sus organizaciones y afectan al conjunto de la sociedad.

Por eso, el liderazgo no puede reducirse a una técnica. Exige empatía y una comprensión del mundo que vaya más allá del entorno inmediato. Cuando la educación produce excelencia sin conciencia, las sociedades se fragmentan. La estabilidad depende de líderes capaces de escuchar, de relacionarse y de asumir la responsabilidad por el impacto social de sus decisiones.

En este punto cobra sentido hablar de impacto con propósito. No como eslogan, sino como una forma de vincular la ambición personal con el progreso colectivo. El talento, por sí solo, no basta. Adquiere sentido cuando se pone al servicio de algo que va más allá de uno mismo: la movilidad social, la prosperidad compartida, la solidez de las instituciones.

Esto exige también una mirada a largo plazo. Actuar pensando más allá del propio recorrido, construir instituciones que otros continuarán moldeando, requiere paciencia y generosidad. En una época marcada por la urgencia constante, esta actitud no es lentitud ni indecisión. Es estrategia.

En este contexto, las universidades y las escuelas de negocio asumen un papel central como instituciones responsables de formar a quienes liderarán en un entorno marcado por la inteligencia artificial. Su función no puede limitarse al desarrollo de capacidades técnicas, sino que debe orientarse a preparar líderes capaces de comprender las implicaciones sistémicas de la tecnología en el trabajo, la cohesión social, la distribución de oportunidades y la calidad institucional. Esto exige repensar la educación en liderazgo, integrando pensamiento crítico, criterio ético y una visión amplia del entorno económico, social y geopolítico.

Al mismo tiempo, estas instituciones actúan como nodos de conexión entre empresa, sector público y sociedad, contribuyendo a generar conocimiento, articular debates y orientar el uso de la tecnología hacia un impacto más equilibrado. Su legitimidad dependerá de su capacidad para ir más allá de la excelencia académica y formar nuevos líderes que no solo gestionen el cambio, sino que contribuyan a renovar las instituciones que convierten la productividad en progreso compartido.

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