Los efectos del SMI trascienden al empleo
Se trata de una política que reduce las brechas de género, mejora las condiciones laborales y genera bienestar

“Pero lo más llamativo es que durante ese mismo periodo, de los años ochenta a la actualidad, los trabajadores se han vuelto cada vez más productivos. La productividad laboral —el valor total de los bienes y servicios producidos en una economía dividido por todos los trabajadores, incluidos los mejor pagados— ha crecido a un ritmo constante del 1,7% anual en promedio (…) El valor de la producción de los trabajadores ha crecido, pero lo que la mayoría de ellos recibe a cambio de esa producción no ha seguido ese ritmo. (…) Esta creciente brecha entre los salarios fijos de casi todos los trabajadores y el aumento de la productividad indica claramente que la mayoría de los trabajadores está recibiendo una parte cada vez menor de la tarta”.
—‘La paradoja del beneficio’, Jan Eeckhout
Una de las políticas de este Gobierno y del anterior más debatidas, y probablemente que más mejoraron la vida de las ciudadanas y ciudadanos en España, fue la subida del salario mínimo interprofesional (SMI). El SMI es el salario más bajo que se puede cobrar por la jornada legal de trabajo. ¿Qué comporta su aumento? Un economista neoclásico, o cualquier estudiante que haya cursado sólo introducción a la economía, contestaría que un aumento del desempleo. La explicación sería muy fácil: para poder subir el salario a una parte de su plantilla, el empresario tiene que despedir a alguien, visto que no puede permitirse subir el sueldo a toda la plantilla y no puede cobrar un precio más caro por lo que produce. Sin embargo, viendo los datos, la situación parece mucho más compleja.
Este problema no es nuevo. Hace aproximadamente 30 años, en 1993, dos economistas estadounidenses, David Card y Alan Krueger, desafiaron la hipótesis de que el aumento del SMI reducía el empleo usando datos de dos Estados contiguos en Estados Unidos: en uno el SMI por hora había subido, en otro no. Sus resultados encontraron que el empleo había aumentado en el Estado que había tenido el aumento del SMI por hora. Más allá de revisar los resultados de aquella época —posteriormente cuestionados por otros investigadores—, este artículo pretende resumir qué sabemos hasta ahora sobre el tema en países del entorno de España. Este texto surge tras una conversación con Amaia Palencia Esteban, profesora de economía en la UNED.
Según los estudios empíricos, ¿qué comporta el aumento del SMI? Por un lado, la perspectiva tradicional sostiene que las subidas del salario mínimo pueden reducir el empleo. Estimaciones como las del Banco de España apuntan a un efecto negativo en el crecimiento del empleo de los trabajadores afectados, conclusión que comparten, con matices en su magnitud, estudios de la OCDE o la Fundación Iseak. Por otro lado, existen mecanismos alternativos de ajuste que podrían mitigar o incluso anular ese impacto. Las empresas podrían trasladar parte del costo a los precios —como se observó en Hungría—, aumentar la inversión y la productividad, o reducir la rotación laboral al hacer más costoso el despido y la contratación, lo que favorecería los contratos indefinidos. Además, investigaciones como la de Ellora Derenoncourt y Claire Montialoux muestran que la extensión del salario mínimo en Estados Unidos en 1967 redujo la brecha salarial racial en más de un 20% durante la era de los derechos civiles, sin generar efectos negativos significativos sobre el empleo.
Para el caso español, estudios de la OCDE y trabajos de Amaia Palencia Esteban y coautores encuentran que la subida de 2019 aumentó la probabilidad de tener un contrato indefinido, especialmente entre grupos como los trabajadores subcontratados, mejorando así su estabilidad. Los datos descriptivos ayudan a contextualizar estos efectos. En España, según un reciente informe de CC OO, la mayoría de los beneficiarios de las últimas subidas son mujeres, tienen contrato indefinido y superan los 35 años, concentrándose en sectores como el comercio y la hostelería.
Esta evidencia empírica en su conjunto sugiere que el impacto del SMI es complejo y multidimensional, pudiendo afectar no solo al nivel de empleo, sino también a los precios, la productividad, la rotación laboral y la calidad contractual, con resultados que pueden variar según el contexto económico y las características de los trabajadores.
Desde una perspectiva más teórica, el vínculo entre salarios mínimos más altos y los costos laborales más elevados es más débil de lo que se podría pensar tras un curso de introducción a la economía. La razón es que la competencia imperfecta es omnipresente en el mercado laboral. En efecto, una característica fundamental del mercado de trabajo es que a menudo es monopsónico u oligopsónico, es decir, o hay un solo demandante de trabajo o muy pocos. Por ejemplo, para los profesores universitarios (como es mi caso), en muchas ciudades tenemos solo una universidad que nos puede emplear y en otras, como Madrid, las podemos contar a lo sumo con los dedos de las dos manos (sobre todo para los que valoramos también la investigación). Esta característica conlleva que el salario de mercado sea negociado a la baja, visto que al haber solo un empleador o unos pocos, estos tienen más poder de mercado que los empleados que son muchos más. En situaciones de este tipo, la subida del SMI simplemente supondría una repartición del poder de negociación desde el empleador hacia el empleado y podría explicar que haya situaciones donde una subida del SMI no cause pérdida de empleo alguna.
Amaia Palencia Esteban nos recuerda: “Estos resultados no implican que no haya personas que pierdan su trabajo o se vean forzados a cambiar de empleo, desplazarse y sufrir costes, se trata de ver la imagen más grande, si el bienestar general de los trabajadores con sueldos bajos aumenta en media. Hay que analizar si los beneficios compensan los costes/pérdidas y asegurarse de que las instituciones protejan a aquellos trabajadores más vulnerables”. A tal efecto, cada vez que hablamos del SMI es importante evidenciar que su efecto trasciende el empleo: puede reducir brechas de género y racial, mejorar condiciones laborales y, en definitiva, elevar el bienestar material de la mayoría.
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