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España estudia inglés, pero no termina de hablarlo

El ‘EF English Proficiency Index 2025′, de Education First, revela una brecha persistente entre el aprendizaje del idioma y su uso real en el trabajo

Una estudiante de intercambio camina por las calles de Londres, en los alrededores del famoso 'Big Ben' y el parlamento.

España lleva décadas estudiando inglés. Empieza cada vez antes, acumula horas de clases, certificados y niveles oficialmente “intermedios”. Y, sin embargo, cuando el idioma entra en una reunión de trabajo, en una llamada internacional o una entrevista laboral, algo se atasca: se entiende, sí, pero no se habla; se reconoce el vocabulario, pero cuesta emplearlo en público. En otras palabras: el inglés aparece como una asignatura superada, pero no como una herramienta interiorizada.

El EF English Proficiency Index 2025, el mayor estudio internacional sobre el dominio del inglés, vuelve a poner cifras a esa sensación extendida, a partir de los datos de 2,2 millones de estudiantes en 123 países y regiones. España se sitúa en un nivel de uso moderado y en una posición intermedia dentro del ranking global (36 de 123), una fotografía que no varía demasiado respecto a otros años y que, tomada de forma aislada, no resulta especialmente alarmante.

Pero el problema surge cuando se cambia la escala: en el contexto europeo, España cae hasta el puesto 26 de 37 países, muy por detrás de economías con las que compite directamente por talento, inversión y oportunidades profesionales. El dato no es menor, ya que el propio informe subraya que los países con mayor dominio del inglés tienden también a mostrar mejores indicadores de movilidad laboral, innovación y capacidad para atraer talento internacional.

Durante la presentación del informe, que tuvo lugar ayer en Madrid, una idea vertebró el debate: el inglés ha dejado de ser un valor añadido para convertirse en una condición básica de empleabilidad. “Ya no es una simple competencia académica, sino una herramienta clave para la empleabilidad y la competitividad del país”, señaló Niccolò Del Monte, director general de EF en España. Sin embargo, el nivel funcional del idioma sigue siendo una barrera real para muchos profesionales, en parte porque —como advirtió Gemma Ollé, directora de marketing de EF— “durante años el aprendizaje del inglés ha estado muy centrado en los contenidos teóricos, cuando el verdadero reto está en trasladarlo a situaciones prácticas y reales”.

El informe apunta así a una brecha persistente entre aprender inglés y usarlo de verdad, especialmente en el entorno laboral: no se trata tanto de estudiar más como de cambiar el enfoque de su aprendizaje. A día de hoy, la expresión oral continúa siendo el principal cuello de botella, incluso entre los más jóvenes, que han pasado más años que nunca expuestos al idioma en el sistema educativo. Una paradoja con consecuencias directas en empleabilidad, movilidad profesional y competitividad.

Aprender inglés no basta: hay que ponerlo en juego

Hay un momento en el que el inglés deja de ser una asignatura y empieza a ser un problema —o una oportunidad— real. El informe lo muestra con claridad cuando se observa el rendimiento por competencias: España obtiene mejores resultados en lectura y comprensión auditiva, destrezas que se entrenan bien en clase y que se pueden practicar sin exponerse demasiado; pero hablar es otra cosa, ya que esta habilidad exige salir a escena, improvisar y (posiblemente) equivocarse. Y ahí es donde el nivel se resiente.

Los datos por edades ayudan a entender cuándo se produce ese salto. Entre los 18 y los 25 años, la puntuación media es de 519, mientras que en la franja de 26 a 30 años esta sube hasta los 575. No es algo casual: es justo la etapa en la que el inglés empieza a colarse en entrevistas, reuniones, correos y presentaciones. Cuando deja de evaluarse con exámenes y empieza a ponerse a prueba delante de otros. “En España entendemos bien el inglés, pero cuando llega el momento de expresarnos y hablarlo es donde claramente suspendemos”, sostiene Gemma Ollé.

El contraste entre el ámbito académico y el laboral rompe una idea muy extendida, porque estudiar inglés durante más tiempo no garantiza saber usarlo mejor. De hecho, los más jóvenes aún no han recuperado los niveles previos a la pandemia, pese a haber tenido más horas de exposición temprana al idioma. La mejora llega después, cuando el inglés deja de ser algo que se demuestra en un papel y pasa a ser una herramienta que hay que usar, con inseguridad incluida.

¿Por qué en España cuesta más usar el inglés?

La brecha no es solo generacional o pedagógica; también es cultural. Cuando se compara a España con otros países europeos, el problema deja de parecer una cuestión de horas de clase y empieza a tener que ver con cómo y cuándo el inglés entra en la vida real de las personas. No es que aquí se estudie menos, sino que se usa menos… y más tarde.

Esta brecha entre aprender inglés y usarlo no es exclusiva de España. Un informe reciente del British Council sobre la evolución de la enseñanza del inglés a nivel global apunta en la misma dirección: el idioma ya no puede abordarse únicamente como una materia académica, sino como una competencia ligada a contextos reales, culturales y profesionales si se quiere que el aprendizaje se traduzca en un uso efectivo.

Esa diferencia de enfoque se aprecia con claridad en la comparación europea. En buena parte del continente, el inglés no se queda confinado al aula durante años, sino que aparece antes en el día a día, en el consumo cultural, en estancias en el extranjero (muchas veces facilitadas por sistemas de apoyo a la movilidad académica y profesional) y, sobre todo, en situaciones donde equivocarse forma parte del aprendizaje: “En otros países el inglés no se queda solo en el aula: hay más exposición real al idioma, se utiliza antes en contextos cotidianos y profesionales y se pierde antes el miedo a equivocarse”, explica Gemma Ollé. Esa diferencia de enfoque ayuda a entender por qué el paso del aprendizaje al uso real se produce antes en otros países del entorno comunitario.

El problema no aparece mientras el inglés se evalúa con exámenes, sino cuando entra en juego en circunstancias profesionales: “Durante años, el aprendizaje del idioma ha estado muy centrado en los contenidos teóricos, cuando el verdadero reto está en trasladarlo a situaciones prácticas”, apunta Gemma Ollé. Es decir, que la dificultad no aflora en el aula, sino cuando hay que intervenir en una reunión, defender una idea o desenvolverse con soltura en un ambiente internacional. “Vemos muchos perfiles con títulos y certificaciones en inglés, pero con dificultades para desenvolverse en situaciones reales, y eso tiene un impacto directo en su empleabilidad”, advierte la directiva de EF.

Otra forma de aprender inglés

Si la brecha está en el uso y no tanto en el estudio, la pregunta final es inevitable: ¿cómo se aprende un idioma para poder usarlo de verdad? Y, sobre todo, ¿cómo mantener la motivación intacta para no cejar en el empeño? Para Benjamin Levy, fundador de Gymglish, la clave no está en intensificar el esfuerzo, sino en cambiar la forma de abordarlo. “Un idioma no se aprende con sesiones largas y puntuales, sino con práctica regular a lo largo del tiempo. Es como el deporte: si no hay constancia, no funciona”, explica. De ahí la apuesta de Gymglish por lecciones breves —de entre 10 y 15 minutos— que se adaptan al nivel, a los errores y al ritmo real de cada usuario.

El método, explica Levy, se apoya en dos pilares complementarios. El primero es tecnológico: un sistema de aprendizaje adaptativo que analiza de forma continua qué falla, qué se olvida y qué conviene reforzar, y que ahora incorpora AImigo, un asistente basado en inteligencia artificial con el que el alumno puede interactuar y practicar el idioma. El segundo es menos obvio, pero igual de decisivo: el contenido. Historias, personajes recurrentes, guiños culturales y humor forman parte del aprendizaje, no como adorno, sino como estrategia de aprendizaje. “Un idioma no es solo vocabulario y gramática; también es cultura, referencias y contexto. Si no te interesa lo que estás aprendiendo, no vuelves”, resume Levy.

Ese planteamiento explica también por qué el aprendizaje de idiomas, tal y como lo concibe Levy, es un proceso largo. No de semanas, sino de meses —e incluso de años—. La mayoría de los usuarios mantiene la suscripción durante periodos prolongados, entre seis meses y tres años, porque el progreso no se mide en acelerones, sino en regularidad. “Diez minutos varias veces por semana durante mucho tiempo funcionan mejor que grandes esfuerzos puntuales”, insiste. Una lógica que dialoga bien con los datos del informe de EF y con una idea cada vez más compartida entre los expertos: que el inglés no mejora con esfuerzos intensivos y puntuales, sino con una práctica sostenida en el tiempo.

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Sobre la firma

Nacho Meneses
Coordinador y redactor del canal de Formación de EL PAÍS, está especializado en educación y tendencias profesionales, además de colaborar en Mamas & Papas, donde escribe de educación, salud y crianza. Es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Valladolid y Máster de Periodismo UAM / EL PAÍS
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