La inflación se dispara al 3,3% en marzo por la subida de los combustibles
Los precios se colocan en su nivel más alto desde junio de 2024, y sufren su mayor subida en casi cuatro años tras el encarecimiento del petróleo como consecuencia de la guerra de Irán


Los hogares españoles ya pagan la factura de la guerra en Irán. La inflación subió en marzo al 3,3%, según el dato adelantado este viernes por el Instituto Nacional de Estadística (INE). El incremento, de justo un punto frente a febrero, es el mayor desde mayo de 2022, casi cuatro años antes y en otro contexto bélico diferente (la invasión rusa de Ucrania), y recoge de lleno el alza de precios de los combustibles que se ha producido en las últimas cuatro semanas. La inflación se coloca así en su nivel más elevado desde junio de 2024.
Al potente encarecimiento de los carburantes derivado de la subida del barril de petróleo en los mercados internacionales se suman otros factores. Para este mes se esperaba una mayor inflación debido al efecto base de comparar los precios eléctricos actuales con los de marzo del año pasado, cuando las fuertes lluvias propiciaron una importante caída gracias a la mayor generación hidroeléctrica. La explosión del barril de crudo, ha exacerbado esa tendencia, y solo la apuesta de España por las energías renovables —que hoy fijan el precio de la luz en el 84% de las horas, frente al 25% de 2019, según recuerda el Ministerio de Economía en una nota remitida a los medios— ha impedido que el auge del precio del gas natural este mes se convierta en otro dolor de cabeza.
Aun así, el componente energético se erige en el elemento clave de la subida de precios, claramente alentada por los combustibles: la inflación subyacente —que excluye de su cálculo la energía y los alimentos no elaborados, y se considera un indicador de la tendencia futura del IPC— se mantuvo en marzo estable en el 2,7%, la misma tasa que en febrero.
2026 estaba llamado a ser un año de suavización de los precios, que teóricamente seguirían convergiendo hacia el objetivo del 2% del Banco Central Europeo. Hasta que el 28 de febrero todo se torció. Ese día, el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, y la respuesta posterior de este bloqueando el estrecho de Ormuz y atacando infraestructuras energéticas de los países vecinos cambió el guion por completo. Las predicciones de organismos ya empiezan a recoger que el golpe al bolsillo será significativo: la OCDE cifró este jueves en el 3% la inflación media para España este curso. Y eso siempre y cuando la guerra no se alargue más de la cuenta, en cuyo caso el impacto sería mayor.
“Es una subida fuerte, pero podría haber sido peor. Toca esperar a ver el detalle de carburantes y electricidad para saber el impacto exacto de las medidas del gobierno. Pero probablemente vamos a seguir por encima del 3% los próximos meses”, estima Ángel Talavera, economista jefe para Europa de Oxford Economics. El próximo 14 de abril el INE publicará el dato definitivo de inflación de marzo.
Los efectos sobre el poder adquisitivo del conflicto son incluso peores de los reflejados en el dato de IPC, porque este no incluye el meteórico ascenso del euríbor, que ya ronda el 3%, en un marzo negro para los hipotecados a tipo variable. El indicador se está adelantando a un escenario de subidas de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo, que de la noche a la mañana ha cambiado su discurso y está listo para aumentar los intereses oficiales con el objetivo de evitar un círculo vicioso en que precios y salarios se retroalimenten.
Las implicaciones del repunte inflacionista son múltiples: precios más elevados capturan ahorro que en un escenario normal iría a parar al consumo, dañando el crecimiento económico. El Gobierno está tratando de frenar la sacudida con un paquete de rebajas de impuestos a la energía que según Funcas ahorrará hasta junio 90 euros de media a los consumidores al ir a llenar el depósito de su vehículo. “Esta última semana, los carburantes bajan por la aplicación de las medidas fiscales, aunque siguen experimentando presiones por las cotizaciones internacionales, especialmente en el caso del diésel, debido a los mayores precios del petróleo, los fletes y los márgenes de refino”, señala Economía en la nota enviada este viernes.
La decisión de EE UU e Israel de iniciar una nueva contienda cuando aún sigue sin cerrar la iniciada por Rusia cuatro años atrás abre un nuevo universo de vacilaciones y dudas en un entorno económico que en el caso de España era muy positivo en las grandes cifras macro: el desempleo se situó por debajo del 10% por primera vez en 17 años, y el PIB creciendo a un ritmo del 2,8% en 2025, el doble que sus socios del euro.
La inflación se mueve en niveles muy inferiores a los que llegó a alcanzar en los primeros compases de la guerra en Ucrania, cuando rozó el 11%, porque en aquel entonces los precios ya subían a un ritmo muy elevado antes incluso de que Moscú atacara Kiev. Ese punto de partida más favorable es una de las ventajas de la situación actual. Pero también hay inconvenientes que no se daban hace cuatro años: la memoria de haber pasado por una crisis inflacionista hace relativamente poco tiempo vuelve más probable el temido círculo vicioso de precios y salarios, porque los trabajadores son más proclives a reaccionar pidiendo aumentos de sueldo, como advirtió la presidenta del BCE, Christine Lagarde, en un reciente discurso.
Para Raymond Torres, director de Coyuntura de Funcas, España afronta el repunte de precios en peor posición. “El shock energético entraña más problemas de inflación para España que para otros socios europeos, para los que va a ser transitoria, porque arrastramos una inflación subyacente más intensa. Hay que ver cuánto se filtra a esos componentes subyacentes, en función de la duración de la guerra en Irán y su severidad”.
Esa filtración de los encarecimientos de los combustibles a otras facetas de la economía real, los llamados efectos de segunda ronda, es una de las grandes preocupaciones. Los productos susceptibles de volverse menos asequibles son numerosos. No solo por factores evidentes, como el aumento del coste del transporte, también por otros más desconocidos.
En una entrevista a The Economist este jueves, Lagarde puso el ejemplo del helio que transita por el estrecho de Ormuz, de vital importancia para los microchips presentes en productos de uso cotidiano como lavadoras, teléfonos o coches. Si el helio no vuelve a fluir como antaño, estos semiconductores se enfrentan a potenciales problemas de suministro y subidas de precios. “Es una crisis en la que estamos aprendiendo poco a poco, día a día, cuáles serán las consecuencias reales”, admitía la dirigente francesa.
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