El tercer taxi
"Vaya andando", pensarán algunos. "Coja el metro", terciarán otros. Ocurrió la otra noche, a la altura del Molino. Alcé mi mano, pero el taxista me señaló el taxi que había junto a él. Ya resulta discutible que no sea el cliente quien elija el vehículo en el que va a viajar, pero decidí obedecer y subir al otro coche. Una vez dentro, me fijé en que -esperando también el semáforo- había un tercer taxi a nuestra izquierda, cuyo conductor gritaba alguna cosa en voz alta. No tuve tiempo de averiguar qué era, pues arrancamos a toda velocidad en cuanto se puso verde.
Detrás de nosotros apareció ese tercer taxi, del que salían sapos y culebras en diversos idiomas. Sin entender ni una palabra, el tono sonaba amenazador. Mi conductor se asustó y decidió acelerar, reacción típica entre las gacelas de Thompson y los morosos. Pero en Santa Madrona nos vimos obligados a detenernos de nuevo. Nuestro vecino aprovechó la luz roja para acordarse de la madre de mi taxista, con una gran riqueza de léxico. A esas alturas me encontraba boquiabierto, en la parte de atrás de un automóvil que olía a ambientador bizarro, mientras un taxista indostaní discutía su derecho al pan -y a llevarme de pasaje- con un taxista africano encolerizado, que aludía constantemente a un convenio o pacto incumplido. Así que cambió el semáforo ambos salieron disparados, camino de la cerrada curva de la plaza de la Carbonera. Parecían dos niños en los caballitos peleándose por un helado. Habría sido la mar de gracioso si no hubiese sido por el detalle de que íbamos a toda leche por la vía pública y de que el helado era yo.
La tensión siguió unos instantes hasta que nuestro perseguidor giró hacia La Rambla y nosotros seguimos recto. En el Moll de la Fusta le dije al conductor que parara. Carraspeé de nuevo y elevando la voz repetí mi ruego. Esta vez el vehículo frenó en seco en medio del paseo de Colom. Pagué y bajé allí mismo, aliviado. Desde ese día no hago otra cosa que preguntarme si aquel incidente fue un anticipo del nuevo capitalismo o es que tiene razón mi madre y no he de salir de noche. ¡Qué angustia!
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