Te quiero

El sumario del caso Gürtel ha vomitado una abrumadora cantidad de cifras, euros y más euros volando, reptando, buceando en todas direcciones. Pero las palabras también son importantes, y algunas resultan más escandalosas, más obscenas que el saldo de la cuenta corriente de Bárcenas. Así, el verbo querer explota como una traca en las conversaciones de El Bigotes con las esposas de los dirigentes del PP valenciano.
Te quiero. Y yo a ti. Ya sabes como te quiero. No sé si sabes tú cuánto te quiero yo. Te queremos. Yo os quiero muchísimo... Lo mejor de la condición humana se expresa en frases como éstas, tan comunes que todos las hemos pronunciado alguna vez, tan extraordinarias que sólo las personas más afortunadas pueden repetirlas todos los días. En la misma medida, una expresión universal de la vileza humana consiste en la malversación de estas palabras, la grotesca deformidad que las pervierte cuando se ponen al servicio de un interés distinto del amor, que la tradición ha vinculado casi siempre con la ambición. De influencia, de poder, de riqueza.
La lectura contemporánea de la honradez de la mujer del César se aparta del sentido clásico. Los "te quiero" tampoco tienen que ver con las encuestas, con los programas electorales o la lealtad a unas siglas, y la política como pasión -ese memorable vestigio arqueológico- excluye, por definición, los regalos de un millón de euros. Pero el amor revela, en todos los sentidos, la integridad de las personas. Comprar favores con joyas es un delito. Usar palabras de amor para envolverlos o agradecerlos, no lo es, y sin embargo, dice cosas tan feas del emisor como del receptor que tolera tal mensaje. Si eran fingidas, malo. Si eran sinceras, peor. Su intensidad representa, eso sí, la máxima expresión de contundencia que el entorno del PP ha producido en relación con este caso.
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