Las urnas melancólicas
Hoy las urnas deberían estar ufanas, relucientes y europeas, pero amanecen tristonas, como apáticas y desganadas. Algo tiene que ver la dichosa crisis, que ya se utiliza como disculpa para todos los males. Pero sobre todo influye la sonrojante campaña a que nos han sometido los oradores, casi todos los cuales suspenderían en un cursillo elemental de oratoria. Han estado escupiéndose maledicencias. A Europa sólo la han mencionado de refilón. Ha sido un catálogo de insultos de patio de colegio. Unos hablaban con fluidez e ignorancia; otros, con fluidez y cinismo; otros, repitiendo consignas como cacatúas. Se han escuchado frases que pasarán a formar parte de la historia universal del sonrojo.
Ayer por la mañana, un grupo de amigos europeístas acudieron a saludar a la estatua de Emilio Castelar, en la Castellana, y pedirle disculpas por la rastrera oratoria de tosca factura que se ha apoderado de los mítines y del Parlamento. Uno de los paseantes, cabizbajo, puso en duda con pesar la frase de Eurípides: "Cuando hay que defender una buena causa, no resulta difícil hablar bien". Después votaron a Baco en el Café Gijón y empezaron a barruntar con melancolía la posible soledad de las urnas en los comicios de hoy. Otro dijo con rabia: "Y para mayor misantropía, mucha de la poca gente que se acerque, en realidad no votará por Europa, porque no nos la han explicado, sino por líderes que ni siquiera van en las listas electorales. Da la impresión de que los cabezas de lista pintan muy poco en esta historia".
Por culpa de la ineptitud comunicativa de algunos políticos, el euroescepticismo avanza de forma descabellada. A los europeístas y a los ciudadanos del mundo (que en Madrid son unos cuantos) les queda el consuelo de que comienza en la capital el Mundialito de clubes sub 18. En cuanto a las urnas, menuda papeleta. Anda, tú, anímate a votar.
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