Patria y selección
A Ucrania le ganó con enorme brillantez el equipo español, no un país

España celebró con entusiasmo la victoria de la selección en Leipzig. El mérito corresponde a los jugadores y al entrenador que les dirige. Sin duda, son conscientes de lo que representan. Saben que defienden su categoría como jugadores y, por extensión, el prestigio del fútbol español. También saben que sobre ellos se proyecta una simbología que traspasa claramente la frontera deportiva. Representan a su país en la competición más importante del fútbol. La Copa del Mundo significa un retorno a lo concreto, a la identidad nacional en los tiempos globales, a la pretensión de sentirse diferentes detrás de una bandera y su equipo. Es inevitable la transferencia patriótica de cada país a su selección. Si el fútbol es un depósito de sentimientos, el orgullo nacional no puede quedar al margen. Otra cosa son los excesos y los oportunismos. Bastante peso soportan los jugadores como para añadirles una carga desastrosa: su identificación con una idea política de España. La que sea.
Bastante carga soportan los jugadores como para identificarles con una idea política de España
El sectarismo y los excesos son males habituales en España. En los últimos tiempos, más. Cualquier coartada sirve para obtener beneficios partidistas. Valen menos las ideas que la demagogia. Vale casi todo lo que huela a oportunismo. España ganó un partido de fútbol, nada más y nada menos. No es fácil en un Mundial. La gente se sintió feliz y orgullosa. A la satisfacción de la victoria se añadió el ejemplar comportamiento de los aficionados en Leipzig. Ni un solo incidente, ninguna provocación, ninguna grosería. En un ámbito como el del fútbol, donde los episodios de intolerancia y violencia son frecuentes, el civismo de la hinchada española merece resaltarse. Lo que no tiene un pase son las lecturas torcidas de la victoria. Ganó la selección española, pero no venció ningún tipo de país. Si acaso triunfó un equipo que tiene un rasgo diferente a la mayoría de los demás. Su propuesta, que remite sustancialmente al modelo que ha impuesto el Barça durante los últimos años, conviene inscribirla en el territorio futbolístico. Un paso más allá comienza la tentación manipuladora.
La selección es patrimonio de todos. Tampoco nadie tiene la bandera del patriotismo. Convertir a la selección en un instrumento sectario va más allá del error. Es una señal de manipulación y falta de escrúpulos. Desde su origen, el fútbol español responde en muchos aspectos a las peculiaridades de la nación. Se trata de un fútbol decididamente tribal que se ha visto mejor representado por sus clubes que por la selección. Las pequeñas o grandes singularidades de sus equipos más potentes han alimentado, en muchas ocasiones, rasgos sectarios.
Pero también es cierto que el fútbol ha sido un elemento de cohesión y convivencia. En el inconsciente de los ciudadanos, la Liga tiene un papel vertebrador en un país con problemas de concordia. Desde 1929, equipos de todos los rincones de España compiten lealmente por el título nacional. La misma lealtad que los jugadores de los clubes han demostrado en la selección.
Cuando se habla de los mitos del fútbol español hay que referirse a Pichichi, Belauste, Lángara, Zarra, Gainza, Iribar o Zubizarreta -el jugador que más partidos ha vestido la camiseta nacional-. Todos, vascos. Marcelino y Amancio eran gallegos. Hierro, andaluz. Butragueño, Michel y Raúl, madrileños. Ramallets, Samitier y Guardiola, catalanes del Barça. No nos preguntamos cuáles eran sus ideas. Sabemos que defendieron al fútbol español con honor, como lo hicieron ayer Senna y Pernía, brasileño y argentino de nacimiento, emigrantes por decirlo de alguna manera. Eso es el fútbol español y su selección. No conviene reducirla a una cosa simplona y oportunista. No conviene hacer guerras banderizas con el equipo de todos. De los jugadores y de los ciudadanos. No de los demagogos y los ventajistas.
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