Fiebre

El euro vale 166,386 pesetas por alguna razón diabólica más que financiera (de hecho, el único número que se repite es el seis). Si los políticos hubieran tenido un poco de delicadeza, podría estar a doscientas, o a cien, o a diez: a una cantidad inteligible, en fin. Pero prefirieron sorprender a la peseta a medio vestir, o a medio desnudar, y eso explica las décimas, que son la ropa interior de las cifras. El euro nace, pues, con fiebre, con 38 décimas de fiebre para ser exactos. El Gobierno explica esta temperatura anormal desde la economía, pero uno cree que sería más exacto explicarla desde la medicina. ¿O no es enfermizo tener a toda una población haciendo cuentas con los dedos en la cola del pan?
Claro que, mientras hacemos cuentas, no pensamos en otra cosa. Hay gente que se pone a pensar y le da un trastorno bipolar con tendencias suicidas. El trastorno bipolar resulta útil cuando eres un gánster al que piden 60 años y 69.000 millones de multa (más seises, si se fijan), pero si eres un particular no te sirve ni para calcular en euros el precio del psiquiatra. La cárcel está llena de jóvenes que, sin haber tenido ningún contacto con la delincuencia, cayeron en la tentación de pasar un cuarto de kilo de estupefacientes por Barajas y les han caído 9 años (un seis invertido) que se comen uno detrás de otro, padezcan de trastornos bipolares o no. Quiere decirse que la justicia tiene fiebre, porque suelta a quien no debe y mantiene en prisión, por ejemplo, a unos chicos que se niegan a hacer un servicio militar que ni siquiera existe.
Nace el 2002, que afortunadamente no tiene ningún seis, un pelín afiebrado. Los estadistas te explican las décimas del euro con un rigor científico que echa para atrás. Pero uno lleva años observando ese rigor en el discurso de los ministros de Economía argentinos, por poner un caso, y ya ven. Tenemos todo el derecho del mundo a pensar que con el traspaso de la peseta al euro se van a beneficiar los sinvergüenzas con trastornos bipolares de todo el mundo, mientras que usted y yo vamos a perder, además del redondeo, esa calderilla que guardábamos en el recipiente de cristal de la cómoda y que nunca llevaremos al banco por pereza. Feliz año.
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