Cromo
Cuando la mujer de color entró en el Congreso se hizo el silencio. Unos segundos de callada estupefacción, algo incómoda y vergonzante. Poco después empezaron su trabajo las cuadrillas analíticas: unas decenas de papetillos rijosos habían hecho honor a su condición dejando ir un suspiro de fluidos al paso de la mujer. Sin embargo, atribuir un pálpito carnal a la primera mirada que los diputados depositaron sobre la nueva ministra de Cultura, pelo rojo, andar resuelto, cabeza franca es un equívoco. Los diputados son carne de viripausia, ese doliente neologismo con que el domingo este diario daba cuenta del estado de las cosas. A cierta edad, y en ese cónclave parlamentario, sólo la repentina irrupción del color puede conmover la granítica indiferencia decretada. Carmen Alborch, por el momento, es mero objeto de deseo cromático. Id, para entenderlo, una mañana a los aeropuertos. Diputados de todas las provincias, todos ellos igualmente vestidos, con un macilento de despacho en la cara o crispados como gambones tratado por los uva; colgado alguno de una patética corbata restallante que ha de dar fe de su voluntad distinta, de su extravagancia. Cuando irrumpe una mujer encendida, no creáis que adoran a la brasa: la suya es mera aspiración de la llama. Algo muy elemental, tiernísimo: poder llevar el pelo como ellas, elegir cada día un reflejo para los ojos, oscilar del azul al rojo puro en apenas un palmo cuadrado de tela. Por todo eso entraron en puro pasmo el otro día: el poder es incoloro. Alborch, de todos modos, debiera tener cuidado con estas gentes. Son los mismos que hace dos años desencadenaron el choteo ante la nota de color que Solé Tura eligió para sus zapatos en la toma de posesión. Es decir, gentes que no han pasado de la condción de voyeurs y que van a defender briosamente la sumisión de la ministra a su presunta condición de cromo.
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