Animación hasta el alba
5.000 asistentes a la verbena de EL PAÍS
Este año el chupinazo se retrasó unos minutos. Señala siempre el inicio de la verbena anual de El PAÍS, una fiesta popular para los amigos y trabajadores del periódico que se celebra desde hace ya nueve años. Cinco mil personas abarrotaron en la noche del viernes los aledaños de la madrileña calle de Miguel Yuste, dispuestas a bailar y a divertirse. Pero si en los sanfermines de Pamplona la puntualidad del disparo es sagrada, cuando el reloj marca el mediodía, el cohete que prendió Jesús de Polanco, presidente de PRISA, sonó cuando el bullicio calentaba motores ante la noche de fiesta que se avecinaba.
Si la precisión contó poco, sí importó la temperatura, algo fresquita para los calores que han agobiado fugazmente los mediados de julio madrileños. La orquesta Alcatraz entonó los primeros pasos de baile, cuando las rotativas de al lado ya habían escupido las primeras ediciones del periódico, de modo que quienes cambiaban de turno pasaban del ritmo trepidante intramuros al bailongo exterior de la calle de Miguel Yuste. En seguida llegó el alcalde de Madrid, Juan Barranco, y el nuevo concejal de Circulación, Eugenio Morales, viejo conocedor del barrio, del que ha sido concejal de distrito. También madrugaron Mariano Rubio recién ratificado como gobernador del Banco de España; la escritora Carmen Posadas; el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez; y los embajadores de Estados Unidos y México, Reginald Bartholomew y Alfredo Baranda, y sus esposas.Esta despedida del curso como llaman algunos a la verbena de julio en Miguel Yuste, pilla muchos invitados a caballo de sus vacaciones laborales, pero este año ha coincidido además con algunos acontecimientos políticos, como el cambio de ministros. De los nuevos se presentaban en sociedad informal el de Justicia, Enrique Múgica; Rosa Conde, acompañada por su esposo, Alvaro Espina, poco después del estreno de la primera como portavoz del primer Consejo de Ministros. Su antecesor y nuevo ministro de Educación, Javier Solana, repartía, como siempre, su inteligente sonrisa infantil.
Los músicos del Combo Belga o los flamencos de Jaleo Jaleo y Alboreá daban marcha a los cuerpos que sólo querían eso, en las dos pistas habilitadas del aparcamiento exterior. Y quien prefería el ruido mitigado que permite la conversación se reunía en corrillos en plena calzada En este sector deambulaba Luis Carlos Croissier, jovial y relajado, tras abandonar el ministerio de las reconversiones industriales. Lina Morgan, espléndidamente joven y radiante, que había interrumpido sus vacaciones en Marbella, se cruzó con José Borrell -secretario de Estado de Hacienda-, y no pasó nada. José Saramago no se despegaba de las sevillanas que le rodeaban en un rincón. Pilar del Río, entre ellas, ilusionada ante su traslado como corresponsal de TVE en Lisboa.
Por este sector, propicio al reencuentro de amigos y a la tertulia, se desplazaba Carmen Romero, la esposa del presidente de Gobierno, rodeada en todo momento de sus viejos amigos de juventud sevillanos y recién llegada de una cena oficial con el primer ministro indio, Rajiv Gandhi, de visita estos días en España. Javier Pradera, Elias Querejeta, Carlos Herrera, Eduardo úrculo, José Antonio Martín Pallín, Plácido Arango, Cristina Macaya, Julián Lago, Cristina Almeida, Juan García Hortelano, Vicente Molina Foix, Carmen Maura, Javier Rupérez, Jorge Verstringe, José Ignacio Wert, Luis Velasco, Antonio Garrigues Walker, Migo Cavero, Fernando Mateo-Lage, Emilio Ontiveros, Miguel Ángel Feito, Julio Feo, Paulina Beato, Juan Manuel Velasco, José Manuel García Hermoso, Manuel Campo Vidal, Magín Revillo, Concha García Campo y... intercambiaban saludos entre paseos hasta la barra de la tortilla y la copa.
Periodistas de distintos medios, entre ellos muchos corresponsales extranjeros acreditados en Madrid, intercambiaban secretos. Otros muchos asistentes bailaban. En el otro extremo, churros y chocolate sofocaban incipientes amagos de resacas, y cuando ya apuntaba el alba la música se paró.
Pero no hubo silencio; la rotativa lo ocupó. Los del turno de dentro seguían bien despiertos dando a luz el regalo de despedida: 64 páginas de un día.
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