El hijo
Para una gran parte de los padres, lo mejor que poseen en la vida es ese hijo. O lo peor. No me refiero a las hijas, que en general suelen salir pasables o bastante bien, especialmente en estos reinos. Ni tampoco aludo a las madres, que suelen desempeñar la función maternal y las peripecias emocionales derivadas de ello con la desenvoltura que en numerosos libros se atribuye a los mamíferos.Para un padre, un hijo es, sobre todo, el hijo o ese hijo. Mientras la hija es casi siempre una amante esmerilada a la que el padre accede por los más fluidos caminos de la dicha. El hijo es materia. Un animal compacto, una categoría frontal. Amarlo o detestarlo conlleva una disposición tan recia que desemboca tarde o temprano, inexorablemente, en la locura.
Éste es el día del padre y no es ocasión para hablar de chicas. Vale la pena, sin embargo, evocar que, junto a otros surtidos de la pasión amorosa, no hay demencia más ruda y obstinada que aquella que suscita un hijo. Sólo los padres mediocres, tipos que piden invariablemente tarta al whisky en los restaurantes y alardean de bondad, se consuelan con el plan de prolongarse en los hijos. Se trata de una idea propia de las amebas. Un hijo es una peña a la que nunca se abrazará con la fuerza bastante ni se la logrará apartar jamás.
Probablemente las mujeres no sufren este solitario tumulto. Este duro ímpetu al amarse dos hombres sin la elasticidad de los senos ni las lenitivas fórmulas de la ternura.
En el universo del padre y el hijo no hay perdón. Cualquier benevolencia es el umbral de la ruina y cada certidumbre sobre el hecho de que las cosas podrían ir mejor es el fin de la certeza. El padre mata o glorifica al hijo -y al revés- como un don innegociable. Tal es la condena. El goce de la impotencia y la fuerte ambición de ser el otro. Una unidad frente al terco límite de otra unidad entusiasmada.
No hay amor más aterrador y persistente. Y en su eterna insuficiencia, nada parece más devastador y dulce.
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