Un sepelio jocoso
I. A. Cerca de las nueve de la noche, con el cansancio encima, una zarabanda que ya casi no suena y con un desperdigamiento total, los componentes de la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina atravesarán la M-30 en busca de una pequeña loma cercana a la fuente de Pajaritos.
Allí se enciende una hoguera donde ardía el pelele, y los alegres cofrades, provistos de pico y pala de madera, enterrarán una sardina comprada anteriormente en el mercado; la otra, la que va dentro del ataúd, retornará a la antigua calle de la Chopa, en el distrito de La Latina.
Las viudas llorarán más desesperadamente, tal y como lo hacen desde hace cinco años, fecha desde la que participan las socias de la peña El Boquerón.
Un año, al llegar a este punto, se dieron cuenta de que habían olvidado el ataúd en los servicios de una de sus obligatorias paradas, se entretuvo al público y se partió en busca de la pobre sardina, que aguardaba en tan higiénico lugar. Traspiés arriba, traspiés abajo, los cofrades volverán a sus casas, las viudas llorarán su soledad en la negra noche y los niños no comprenderán la alegre fiesta que ha habido en su barrio.
Los alegres cofrades no volverán a reunirse hasta el segundo martes del mes de marzo, donde se evaluará el entierro ya pasado, se corregirán fallos y ese mismo día comenzará a prepararse el entierro de la sardina 1987 y a repetir el estribillo: "Sardina, sardina, sardina, / sardina, te vamos a enterrar, / sardina, sardina, sardina, / jamás te podremos olvidar".


























































