El mal

Cuando a las once de la noche regresé al hotel, después de cenar un pacífico filete de vaca irlandesa, me encontré con un buen espectáculo. Iluminado por las linternas de la policía, allí, en la esquina de College Green, en Dublín, se veía un pequeño gentío que había sido arrancado de la cama urgentemente. Lo componían ancianas en camisón, señores en pijama, turistas y ejecutivos con bata de seda en zapatillas, aunque muchos iban descalzos. Caía un agua fina y a simple vista todos parecían contentos; al menos yo no oí ninguna blasfemia. El hotel acababa de ser desalojado ante una amenaza de bomba y mientras los artificieros rastreaban con una aspiradora magnética el establecimiento, los clientes tuvimos que esperar en la calle, a prudente distancia, la hora incierta de la explosión. Durante esta ceremonia los cánticos se unieron con el sonido de las ambulancias. Aquellas damas de exquisita apariencia y los ilustres caballeros con la ropa de dormir empapada comenzaron a improvisar juegos, a entonar dulces canciones de su tierra, formando coro con los chirridos de las blindadas tanquetas de los guardias. Bajo el frío de medianoche pensé que nunca encontraría una escena más genuina para este final de milenio. Gente de orden aguardaba una magnífica detonación tocando la guitarra. Nadie inició la más leve rebelión contra el destino.La naturalidad del mal, la flemática aceptación de la violencia, la rutina de las hecatombes: he aquí lo que define nuestro tiempo. Los últimos burgueses han terminado por someterse a la infelicidad llevados por la lógica y contemplan el propio peligro como una comedia costumbrista. Sólo de sean que el tiro o el navajazo que los va a derribar estén llenos de inspiración, que no carezcan de cierta belleza. Pero aquella noche no sucedió nada; algunos que iban a morir se sintieron decepciona dos, las sirenas se alejaron hacia otro lugar donde la desgracia sería tal vez peor recibida y la dirección del hotel invitó a sus clientes a una copa para conmemorar el hecho inevitable de continuar vivos. Después de todo, a pesar de tantas oportunidades, hoy no resulta tan fácil perecer de forma moderna.
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