El horror

El horror no reside en la erupción inesperada de un volcán que calcina a centenares de personas ni en riadas que arrasan poblaciones en su avance mortal de sangre y fango. Estas son las calamidades del azar, y conforman la tragedia, el infortunio. Pero no forman parte del horror. El horror no tiene una progresión cuantitativa, sino cualitativa, de sustancia. El número de víctimas no basta para definir lo horripilante, porque el horror se asienta en la consciencia, en la crueldad planificada, en la voluntad de ser horrible. El horror es un atributo humano y ha de ser ejecutado por personas. Cuando Xabier Onaindía, diputado del Parlamento vasco, aparece con la cara quemada tras unos interrogatorios policiales es cuando nos enfrentamos al horror. Y cuando le rompen los huesos a Marianela en El Salvador, antes de agraciarla generosamente con la muerte. O cuando Isabel -¿del PCEr?-. sale de comisaría con los pies como una pulpa tritu rada. En el mundo, dice Amnistía Internacional, cientos de miles de personas han sido asesihadas (¿torturadas?) por autoridades civi les en sólo los últimos diez años es la apoteosis de lo horrendo.
De Barbie, el nazi carnicero, se dijo que era un monstruo. Al torturador convicto (que es el torturador con mala suerte o poco hábil) se le etiqueta de loco, de distinto. Insistimos en no reconocer al horror, tan hijo nuestro, y su ferocidad se multiplica alegremente al abrigo de este sucedáneo de ¡nocencia. Porque el horror nos pertenece del mismo modo que también son nuestras esas pesadillas de la noche que nos apresuramos a olvidar. El horror no es una enigmática irrupción de lo maligno, no es un brote de perversidad caído del cielo: tiene sus causas, su funcionalidad bestial, su orden interno. El verdugo es un profesional, un simple funcionario del espanto.
Vivimos habitados por el horror, amigados al horror, horrorosamente indiferentes ante las manífestaciones de lo horrible. Dudamos de la veracidad de las torturas, olvidamos que existen los verdugos y a veces nos decimos que la víctima algo habrá hecho. Vivimos de espaldas al horror porque tenemos miedo a caminar de frente y verlo reflejado en un espejo.
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