Johan Cruyff y su presencia total
La trascendencia del holandés, capaz de abarcar cultura, política y estética, fue tan abrumadora y creativa como el fútbol que pregonaba


El 4 de mayo de 1988, el día que regresó ya como entrenador, mi padre alucinaba. Se relamía pensando en lo que podía ser aquello, en lo que había sido. Y mi madre, al lado, supongo que también. Era un jugador total, listo, contracultural y guapo a rabiar, añadía ella mientras en el televisor él se abría paso entre los destellos de los flashes en el aeropuerto del Prat. En casa nunca hubo carnés ni asiento en el estadio, el fútbol se veía en la tele. Pero era el único jugador al que mis padres habían querido reverenciar en el campo, incluso cuando jugó en el Levante. Verle correr, o volar, ya valía la entrada y el viaje por la A-7 en el Renault 18 blanco. Y tantos años después, ahí estaba de nuevo, para transformar un club cuya genética ya había modificado una primera vez.
Cruyff encajó como un guante en la idiosincrasia de Cataluña, como jugador y luego como entrenador. Era moderno, innovador, europeo, contestatario, político en su rebeldía, y un tanto tacaño, para qué engañarnos. Pero, por encima de todo, fue el psicoanalista que terminó con las manías de una institución que, hasta entonces, había sido más que un club, principalmente, por sus inagotables traumas y complejos. Carne de diván argentino. O de camisa de fuerza.
Cruyff fue una presencia abrumadora, síntoma del tiempo que le tocó vivir. Todo era cultura pop alrededor suyo. El anuncio contra los cigarrillos. “En mi vida he tenido dos grandes vicios: fútbol y tabaco”. Lo repetíamos en el colegio, imitando su manera de deconstruir el castellano. El chupachup, la gabardina entrando y saliendo de la caseta. La gallina de piel; “en un momento dado”; “un palomo no hace verano”. Uno podía tener un póster en su habitación sin que el fútbol le interesase lo más mínimo. Era el pop, el quinto Beatle. También política, pura actitud. Se rebeló contra Franco, contra sus presidentes, contra la tribuna y las estrellas que adoraba —“Iván de la Peña engañará a la grada, a mí no”—. Se oponía a cualquier forma de autoridad. Menos la suya, claro. Irresistible para un adolescente.
Cruyff fue aquel filósofo capaz de convertir perogrulladas en descomunales teoremas. “Si tienes la pelota, no es preciso que defiendas, porque solo hay una pelota”. “El dinero debe invertirse en el campo, no en el banco”. Hacía fácil lo difícil. “Los italianos no pueden ganarte, pero sí puedes perder frente a ellos”. “Todo el mundo sabe jugar a fútbol si le dejas cinco metros de espacio”. O esta: “Mis delanteros solo deben correr 15 metros, a no ser que sean estúpidos o estén durmiendo…”.
El holandés era la creatividad. Inventó. Y tomó prestados conceptos de otros deportes como, aquel quarterback del fútbol americano (su 4, o sea, Guardiola). También del baseball, la velocidad de arranque, deslizarse por el suelo, la orientación espacial, aprender a anticiparse a los movimientos, contaba en su biografía. Y culminó en 1992 su obra cumbre en el Fútbol Club Barcelona, cargándose al primer toque los históricos complejos de una institución que vivió amargada durante décadas por los éxitos en blanco y negro de su rival.
El Barça tenía el relato, pero echaba en falta la marca, la inteligencia comercial para vender una historia que le diferenciaría. El holandés devolvió al club a las portadas internacionales. Supo descifrar como nadie la melancólica personalidad de un equipo demasiado propenso a dramatismos del destino. Especialmente después de desastres como el de Sevilla o Berna. Y transformó la ansiedad en alegría con aquello del “salid ahí y disfrutad” de la final de Wembley.
El mejor día, al menos esa es la foto del álbum familiar, fue aquel en el que mi madre y mi padre fueron felices al verle regresar a Barcelona. El más triste, no se nos olvidará tampoco, el que entró en las oficinas del club para devolver la insignia de presidente de honor y zanjar la historia con uno de sus particulares aforismos: “Estas cosas cuesta mucho aceptarlas, pero poco trabajo devolverlas”.
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