Yo sé quién eras
Algunos futbolistas retirados añoran lo que fueron. Otros intentan alejarse

Hace muchos años, asistí a la siguiente escena. Un conocido exjugador de fútbol de los años ochenta se enfrentó a un grupo de chavales, de no más de 20 años, que tomaban unas cervezas en el bar en el que estábamos. Algo había sucedido que discutieron. Las palabras subieron de tono y en un momento dado, el antiguo futbolista se encaró con uno de ellos, un chico delgado, de pelo rizado, cejas puntiagudas y mirada retadora. El primero le amenazó y el chaval le exigió que se largara si no quería llevarse dos tortazos. Entonces, la antigua estrella hinchó el pecho como un gallo y preguntó: “Pero, ¿tú sabes quién soy yo?”, a lo que el chico contestó: “Yo sé quién eras”.
Cada uno de nosotros es el resultado de lo que somos en el preciso momento en que nos encontramos y cómo nos relacionamos con lo que hemos sido hasta el instante que vivimos. Somos presente y pasado. Más precisamente: somos presente y una mirada a nuestro pasado a través de un espejo que, como los retrovisores, bien podría llevar una advertencia sobre la distorsión de lo que nos muestra.
En este sentido, los futbolistas que ya no están en activo se dividen en dos grandes grupos: los que añoran lo que fueron y los que intentan alejarse de ello. El jugador de la anécdota creía que su estatus era vitalicio y el chico lo despertó de esa ficción. En el otro extremo están aquellos que intentan pasar desapercibidos, o incluso niegan haber sido quienes fueron. Se cuenta que en cierta ocasión una señora se acercó a Moacir Barbosa, el portero de la selección brasileña que perdió la final de 1950 del célebre Maracanazo, y señalándolo, le dijo a su hija: “Míralo. Este es el hombre que hizo llorar a todo el país”. Juan Villoro lo definió como “el hombre que murió dos veces”.
Precisamente he pasado unos días con Villoro, en el marco del festival Goles de cabeza, celebrado en Monterrey, donde pude conocer a dos leyendas del fútbol mexicano: Roberto Gómez Junco y el Tato Noriega. Ambos jugaron en las mejores escuadras de México, fueron internacionales y lograron éxitos en la cancha y después de ella. Pero ambos comparten también la espina de que sus seleccionadores les dejaron fuera de la lista del Mundial: el de 1986 en el caso de Gómez Junco y 2002 en el del Tato Noriega.
Paradójicamente sus carreras (y la manera en la que hoy las observan ellos mismos) quedaron determinadas por hechos que no vivieron. Como el colombiano John Jairo Tréllez, que apareció en las colecciones de cromos oficiales de los Mundiales de 1990 y 1994, que se editaban semanas antes del campeonato, pero después no fue convocado en ninguna de las dos citas.
Qué suerte la del exfutbolista, que además de tener que enfrentarse a lo que fue y ya no es, también le persigue la sombra de lo que pudo haber sido.
Un caso fascinante es el de Cherno Samba. Fue una joven promesa del Millwall. Un niño prodigio que reventó las estadísticas en categorías inferiores y que estuvo a punto de fichar por el Liverpool con 15 años, pero no consiguió desarrollar una gran carrera profesional. Donde sí fue una estrella, sin embargo, fue en simulador de gestión deportiva Championship Manager 2000/01. En cada partida, con el pasar de las temporadas, Samba se convertía en el mejor jugador del mundo. La gente reconocía su nombre, pero no por sus logros reales, sino por los virtuales. Hasta él mismo jugaba. “Me cogía al Manchester United, me fichaba a mí mismo, metía un montón de goles y ganábamos todo […] Suena un poco raro”, reconocía en una entrevista en 2018 en The Guardian con motivo de la publicación de su autobiografía, de maravilloso título: Still in the game.
Mientras el Cherno Samba real sufría una depresión que derivó en una sobredosis de analgésicos, el soñado por los ordenadores batía todos los récords. Si se hubiera encarado con aquel chico del bar y hubiera preguntado “¿sabes quién soy?”, quizá la respuesta habría sido: “Sé quién pudiste llegar a ser”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































