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Vingegaard no tiene rival en la Volta a Catalunya

El danés gana otra etapa tras un ataque en la última ascensión que le vale para vencer en la competición a falta de las colinas de Montjuïc

El ciclista danés Jonas Vingegaard gana la sexta etapa de la Volta a Catalunya.VOLTA A CATALUNYA (VOLTA A CATALUNYA)

Durante toda la etapa se mantuvo agazapado, siempre al cobijo de sus compañeros, sin nervios ni agitación, la calma antes de la tormenta. Tampoco elevó la voz Jonas Vingegaard cuando a falta de 30 kilómetros se quedó solo entre rivales, toda una jauría contra él. Y menos enseñó el colmillo cuando Evenepoel y Bora trataron de endurecer el camino hacia la última ascensión, hacia el Santuario de Queralt. Sabía que, como ya sucediera en la pasada etapa, su momento llegaría y sería definitivo, no como los fuegos artificiales que proclamaban los demás. Y bien que llegó; fue a falta de 2,4 kilómetros, cuando le bastó con un cambio de ritmo brutal que, ya con solo Lenny Martínez y Florian Lipowitz como sombra, encadenó con una arrancada de pie sobre la bici. Pedaladas inigualables que hicieron que enseñara la matrícula al resto, que le hicieron disfrutar de ese pasillo humano en el que se convirtió la montaña, gritos y bengalas, banderas al aire y aplausos revigorizantes. Espectáculo que envolvió al danés, de nuevo el mejor de la Volta a Catalunya, otra vez sin un rival que le tosa. Suya será la gloria y la victoria este domingo en las colinas de Montjuïc, otra muesca que añadir a su dorado palmarés. Otra, claro, además de la de Queralt.

La Berga moderna no se entiende sin el ciclismo, tierra donde los fines de semana las carreteras quedan salpimentadas por esforzados aficionados sobre dos ruedas, donde también se promueve la Primavera Ciclista, iniciativa vecinal capaz de traer la Volta. No extrañó que en el paseo donde se situaron los autocares apenas cupiera una aguja, pasos entrecortados por la cantidad de gente que se arremolinaba alrededor de los protagonistas. Por allí estaba el piloto del Dakar Nani Roma, que departía con los gerifaltes del UAE. Por allí aparecía Juanjo Oroz, director del Kern Pharma, que explicaba las penurias de no poder seguir contando con el patrocinador de cara a la próxima temporada. Por allí también se acercaban exciclistas como Purito Rodríguez y Perico Delgado, que colaboran con las televisiones para retransmitir la carrera. Pero la verdadera montonera, sobre todo, se dio junto al autocar del Visma, donde, de repente, estalló una ovación al paso de Vingegaard, que sonreía y acariciaba el manillar de su bici, ese al que le estampó tres besos tras ganar la etapa del viernes. “Tiene una pegatina con su mujer e hijos. Para Jonas el ciclismo es importante, pero su familia lo es mucho más”, explicaba un mecánico del equipo. Pero los mayores vítores, sin embargo, fueron para Sepp Kuss, un americano adoptado por Cataluña, que primero vivió en Girona y ahora en Andorra, de los pocos del pelotón que sabía qué era la Patum, la fiesta ancestral de la localidad declarada Patrimonio de la Cultura Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.

Pero para patrimonio el que deja Vingegaard, inabordable en la Volta, todo un abismo y mundo de separación con el resto, sin contar con su kriptonita Pogacar, con el que le quedan tantos episodios por contar y ninguno como el Tour. Si bien la jornada empezó con la mala noticia del abandono de Pidcock —en la etapa anterior, durante la bajada a un puerto, se pasó de frenada en una curva y se estrelló contra la cuneta para dejarle las rodillas a la virulé, bien inflamadas—, y después con el de Novak (Movistar), que se dio de bruces con el suelo antes de la neutralizada, pronto comenzaron los disparos al aire del pelotón, los ataques en busca de una fuga homérica. Y aunque hubo varias intentonas infructuosas, al final fueron 15 ciclistas —entre los que destacaban Soler, Carapaz, Cattaneo y Ciccone— los que pudieron poner tierra de por medio. Pero por delante quedaba un martirio, cuatro puertos entre los que destacaba el gigantesco Coll de Pradell y, ya para cerrar la etapa, la ascensión a Queralt.

Irreverente y hasta cierto punto inconsciente, Soler atacó con más de 65 kilómetros por delante, demarraje que dejó a todos los fugados de piedra, al final contestado por Carapaz y Ciccone. Pero ningún arresto era válido ante la pujanza del Visma, al fin en la vanguardia del pelotón, que por algo advirtió Vingegaard que venía a ganar todo lo posible y más, que no le valía con una etapa ni la Volta. Nordhagen y Piganzoni, también Kuss, ayudaron al danés en el muro de Pradell, en esos tramos de 23% de pendiente en el que se retorcían los ciclistas, eses y resoplidos, sudor y lágrimas. Una burbuja y un alivio para Vingegaard, que reservaba fuerzas para volver a dejar su firma en la carretera. Era cuestión de tiempo.

Antes, sin embargo, quedaban kilómetros entre cunetas de nieve, también el órdago de Bora, vatios y más vatios cuesta arriba para endurecer la carrera y tratar de resquebrajar al Visma y, de paso, a Vingegaard. Del control amarillo absoluto se pasó al caos. Onley atacó primero, Gall y Lipowitz le siguieron la estela y el pelotón se desintegró, ya solo los más fuertes en pie y ningún escudero del danés. Pero Vingegaard no mostraba flaqueza alguna por lo que Evenepoel, solidario con su compañero Lipowitz, cogió el mando e imprimió un ritmo abrasador, que no fuese porque no lo habían intentado. Pero ni con esas hicieron tiritar al danés que, llegados a la subida al Santuario de Queralt, seis kilómetros que picaban con pendientes de hasta el 15%, miró a su alrededor, calculó las fuerzas y, ya con 2,4 kilómetros por cubrir, se despegó de todos con un cambio de ritmo y un pequeño sprint. Adiós muy buenas, si eso nos vemos en la meta. Vingegaard al cubo; Vingegaard campeón.

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