Larry Bird y Magic Johnson, a 47 años del inicio del gran show
Solo con el tiempo se apreció lo que significó aquel partido y la profunda y bella rivalidad que nació en él


Igual el nombre de Spartans de Michigan State y los Sycamores de Indiana State no dice mucho. Seguro que muchos de ustedes ni habían nacido en 1979 y a otros muchos les quede muy lejana la fecha. Y casi con toda seguridad, no hubo en el momento en España consciencia de lo que estaba pasando en Estados Unidos el 26 de marzo de ese año en el campeonato universitario de baloncesto, la liga NCAA. Con el tiempo se supo que el partido entre Michigan State contra Indiana State había inaugurado una época que determinó el futuro de la NBA. Y todo, por el nombre de dos muchachos imberbes que lideraban los dos equipos, Earvin Johnson y Larry Bird. Al primero le llamaban Magic.
Michigan State ganó por 75-64, pero como en los partidos que crecen según pasan las décadas, del resultado no se acuerda nadie. Aquella final universitaria tuvo a más de 35 millones de espectadores delante del televisor, número aún hoy no superado en el baloncesto universitario estadounidense. Era una época en la que la NBA languidecía y las finales se retransmitían en diferido, muestra del poco interés que tenía la competición. Pero aquel partido capturó la atención del país de una manera inesperada. De repente, el baloncesto dejaba de ser un producto menor para convertirse en un espectáculo capaz de competir con cualquier otro evento deportivo.
Mucha de la fuerza de aquel encuentro residía en la oposición casi narrativa entre sus protagonistas. Magic Johnson, carismático, exuberante en el juego y en la sonrisa, representaba una forma expansiva y luminosa de entender el baloncesto. Larry Bird, en cambio, era la austeridad, la precisión y el carácter implacable de quien venía de un entorno rural y parecía jugar con una concentración casi incómoda. No era solo un duelo deportivo: era un contraste de estilos, de orígenes y de personalidades que el público entendió de inmediato. A la gente hay que darle rivalidades de tipos antagónicos, la gente quiere construir historias, leerlas, entenderlas, tomar partido.
Un año después, ya en la NBA, esa rivalidad se trasladaría a los Lakers y los Celtics y dio forma a una década prodigiosa que rescató a la liga de su crisis y la proyectó hacia el futuro a lomos de un invitado que llegó cuatro años más tarde y fue el mejor jugador de la historia, Michael Jordan. Aquel partido universitario, visto en su momento como una final más, acabaría siendo el punto de partida de la era moderna del baloncesto: el nacimiento del jugador como icono global, la consolidación del espectáculo televisivo y el primer capítulo de una historia que más tarde continuarían otras figuras. Impresiona pensar que todo empezó en un pabellón universitario con dos jóvenes que aún no sabían que estaban cambiando el deporte para siempre.
Sobre el partido, Johnson dijo en entrevistas y documentales que ese fue el momento en que entendió que podía ser una estrella nacional, no solo universitaria. Y dijo, en esencia, que aquel partido lo puso en el mapa y cambió su vida. Bird recuerda lo mucho que le dolió la derrota (típico de Bird estar rumiándola 47 años después), pero valoró siempre la rivalidad que nació allí. “Mi carrera no habría sido lo que fue, nos empujamos mutuamente a un nivel más alto”. La liga recuperó audiencia, atrajo patrocinadores, construyó una narrativa reconocible para el gran público y empezó a entenderse a sí misma como un producto global. Años más tarde, el propio Magic lo resumiría sin rodeos: “Larry Bird y yo salvamos la NBA”. Bird, menos dado a las frases grandilocuentes, lo reconocería a su manera: Magic fue el mejor jugador contra el que se enfrentó.
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