La resurrección de Eusebio Cáceres
El alicantino se impone en el Campeonato de España con un salto de 8,19, la octava mejor marca mundial del año


Eusebio Cáceres resurgió cuando nadie lo esperaba. En Valencia, en su tierra, en el Palau Luis Puig donde ha saltado infinidad de veces, resucitó. Ahí, rodeado por la pista naranja del velódromo, en la mejor final de longitud de la historia en un Campeonato de España, se impuso con un primer salto esplendoroso: 8,19 metros. Inabordable para su compañero Héctor Santos (plata con 8,03m) y para Jaime Guerra (bronce con 8,02m). Más aún para el medallista en el último Mundial bajo techo, Lester Lescay (7,90m). Un regreso al pasado de uno de los mayores talentos que ha dado el atletismo español y que ahora, a sus 34 años, después de varias temporadas escuchando a su espalda el runrún de una afición que le creía acabado, ha logrado una marca que le coloca octavo en el ranking del año a tres semanas del Mundial de Torun (Polonia).
El saltador de Onil, un verso libre que siempre ha ido a la suya, ajeno a la exposición de las redes sociales, abrazó su octavo título en pista cubierta y, mucho más que eso, sintió que al fin resolvía el acertijo que le viene atormentando desde hace 12 años, cuando empezó a sentir que había perdido la naturalidad para saltar. Esas dudas, esas angustias, le llevaron a dejar Onil para buscar respuestas en Madrid, junto a Juan Carlos Álvarez. Y después, como en una última oportunidad, se marchó a Guadalajara para intentarlo con Iván Pedroso, el cubano especializado en enderezar a los saltadores frustrados. “Pero siempre había algo que fallaba y entonces entendí que era cosa mía. Y ahora, por fin, lo he conseguido, después de 12 años. Soy un poco pesado”, dijo el campeón de España, convencido de que unos problemas en la espalda han sido la causa de sus males.
Antes de esta marca, de este triunfo, de esta resurrección, Cáceres dejó atrás un invierno espantoso en Guadalajara, muy frio y muy lluvioso, y regresó a Onil, volvió a vestirse con la ropa de su club, el Colivenc, y en la vieja pista donde coincide con su amigo y compañero del colegio Jorge Ureña, todo un subcampeón de Europa de heptatlón, se reencontró con el adolescente que, desde que era sub14, batía un récord cada vez que competía. Y hace unos días corrió, saltó y tan lejos cayó en la arena que Ureña cogió el metro y lo estiró hasta que dio cerca de 8,30m.
“Estas dos últimas semanas han sido para confirmar mi recuperación”, cuenta el saltador. “He hecho saltos que no había hecho nunca. Pero estaba tan nervioso que no sabía si era verdad o no. Necesitaba hacerlo en competición. Y ahora sé que hay más y en Torun quizá sea demasiado pronto, pero al aire libre veremos cómo voy evolucionando”.
El alicantino se sacude la presión de inmediato y asegura que a Torun, del 20 al 22 de marzo, viajará como “un novato”. Aunque dice, y no le tiembla la voz, a pesar de las emociones que emergen de repente, que en Polonia, en la ciudad de Copérnico, puede volar más lejos aún. Aunque aún no quiere mirar hacia adelante. Ahora, con su octava medalla de oro en el cuello, las mismas que Antonio Corgos, ve que han pasado ya 15 años desde su primer título (2011) y 18 desde su primera medalla (2008) en un Campeonato de España.
Ya habrá tiempo de volver a pensar en los campeonatos internacionales y en la maldición que le condena reiteradamente, año tras año, a la cuarta posición, la más cruel de todas, en Juegos Olímpicos, Mundiales y Europeps. Nunca una excepción. Nunca una gran medalla. ¿Será este su año?
El público del Luis Puig le aclama en una mañana de sorpresas. Una mañana en la que Mario García Romo, en los 1.500m, y Josué Canales, en los 800m, se quedan fuera de la final. Pero también es la mañana del regreso de Lorena Martín y del triunfo de Pol Ferrer en el heptatlón con 6.067 puntos, la segunda mejor marca española de todos los tiempos, suficiente para ir también al Mundial de Torun. Allí coincidirá con Eusebio Caceres, el renacido.
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