Lucas Pinheiro, el esquiador rebelde apasionado de la moda y de la música, logra una histórica medalla de oro para el esquí alpino brasileño
El deportista, que dio un portazo a la federación noruega para nacionalizarse carioca, firma una final de ensueño en el eslalon gigante a la vez que reivindica su derecho a salirse del molde de un deporte que juzga demasiado rígido


Lucas Pinheiro Braathen, nacido noruego y nacionalizado brasileño, convirtió su privilegio de abanderado en la apertura de los Juegos de Milán-Cortina en el desfile de moda más seguido de la historia. Vestido con un enorme plumífero de Moncler, pura alegría, ritmo de DJ, el mejor regalo que el esquí alpino le ha ofrecido hasta la fecha en una pasarela de alcance global. Después, prolongó todo el flow exhibido bandera en mano en la final del eslalon gigante para cazar la primera medalla para Brasil en unos Juegos de invierno: oro, ni más ni menos, en la disciplina técnica de referencia del esquí alpino.
Lloraba en meta, lloraba también su padre, como su madre, los tres abrazados y saboreando su razón. Y es que Pinheiro cosecha algo mucho más importante que un metal: la reivindicación de una forma de entender su vida deportiva totalmente ajena a lo establecido, a la rigidez circunspecta de un deporte que él mismo considera arcaico, rígido, un tanto pijo y ensimismado.
En la primera de las dos mangas de la final, Pinheiro (25 años) arrancó en primer lugar, sin referencias de tiempo, pero con una pista inmaculada bajo sus esquís. Nadie pudo superar su tiempo, mandando al segundo, el suizo Marco Odermatt, a casi un segundo y al resto de rivales a un mundo de distancia, por encima de los dos segundos. Sus dos primeros parciales resultaron estratosféricos, y nadie se explica cómo logró imprimir velocidad en la zona de menor inclinación del descenso, de dónde se sacó la línea que le permitió destrozar a sus rivales. Para alguien que adora el rock and roll, su forma de deslizar fue mucho más una bella sinfonía clásica.

Pinheiro, que aspira a ser algo más que un esquiador, reveló en meta su secreto: “He esquiado con el corazón”. Si no mediaba caída, subiría al podio. Algunos recordaron cómo cayó en los pasados Juegos y temblaron viéndole saltar de puerta en puerta, veloz, al límite y lanzado hacia la historia en la segunda manga, bajo una intensa nevada en las laderas del Stelvio. Resistió. Igual que resistió cuando abandonó el esquí harto de la rigidez del equipo nacional noruego.
En octubre de 2023, Lucas Pinheiro sorprendió anunciando su retirada del esquí profesional después de lograr para Noruega victorias y podios en la Copa del Mundo de eslalon y eslalon gigante. Enquistado en un conflicto con la Federación Noruega de Esquí, Pinheiro decidió cortar de forma drástica para poder disfrutar de sus derechos de imagen, trabajar con sus propios patrocinadores y controlar el destino de su imagen. Se borró para dar un paso atrás y tomar impulso para regresar en marzo de 2024 como esquiador brasileño.
Ese mismo año, el esquiador de doble nacionalidad firmó con Moncler. La histórica firma gala (comprada en 2003 por el italiano remo Ruffini) viste a la delegación brasileña en las ceremonias de apertura y clausura y al equipo brasileño de esquí alpino. La aventura de Moncler es la aventura de Pinheiro, de su gusto por la estética transgresora y de su devoción por el diseñador de moda japonés Junya Watanabe, autor de una colaboración histórica con Moncler.

Su buzo blanco inmaculado resulta ya icónico, imagen fuerte de una final tremenda, con todo el pelotón suizo a la caza del brasileño, intocable. Fue una final inolvidable, también, para el andorrano Joan Verdú, fantástico décimo y hasta ahora mucho más conocido por ser la pareja de la influencer Laura Escanes.
No es el primer oro que conoce el esquí brasileño, sí el primero en los Juegos: en 2025, Pinheiro logró el primer oro para Brasil en una cita de la Copa del Mundo al llevarse el eslalon de Levi, en Finlandia. Las medallas, con todo, le interesan hasta un cierto punto. Y en su caso, hacer historia no pasa únicamente por colgarse un metal en unos Juegos, sino por extraer el esquí alpino de sus clichés. Desde esta perspectiva, el joven brasileño ha sido objeto de grandes críticas, ninguna por su forma de esquiar, todas por su vida al margen de las pistas de esquí. Apasionado de la moda, de la música y del arte, alma de DJ, sus ídolos son modelos profesionales masculinos y femeninos, y su forma de vestir (juzgada como afeminada por sus detractores) le ha convertido en diana: “Es lo que ocurre cuando cuestionas el statu quo…”, reflexionaba recientemente en una entrevista concedida a L’Équipe. Los ataques homófobos contra su persona en las redes sociales son habituales.
Pinheiro aspira a ser no solo quien desea ser, sino un artista, una personalidad capaz de crear algo que trascienda el mero éxito deportivo. Persigue una forma de ser libre que el mundo clásico del esquí no le concede, y esto pasa por una búsqueda de la autenticidad en apariencia más difícil de conquistar que un metal olímpico. Los Juegos de Milán-Cortina habrán sido el escenario perfecto para abrazar la locura de la trascendencia mediática, un púlpito dorado desde el que reivindicar su derecho a ser quien le dé la gana, por poco convencional que resulte. Ahora brilla cubierto de oro, el metal que da la razón a los más grandes.
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