Josh Hoey, el atleta hijo de millonario que hereda el trono de Wilson Kipketer
El atleta norteamericano batió el sábado el récord mundial de 800m en pista cubierta (1m 42,50s) que poseía el danés nacido en Kenia desde 1997


Wilson Kipketer fue un atleta nacido en las colinas Nandi del Valle del Rift keniano. Cuando era un chavalín le vio correr por los bosques su vecino Nandi Kip Keino, que en México 68 derrotó al favorito norteamericano Jim Ryun para convertirse en el primer campeón olímpico keniano de 1.500m. A mediados de los 80 Keino recomendó a Kipketer que acudiera a la escuela de Saint Patrick, en Iten, donde un misionero irlandés, el hermano Colm O’Connell, daba clases de geografía y entrenaba a un pequeño equipo de atletismo. En 1990, y aún no había cumplido los 18, logró ser incluido en un intercambio para estudiar ingeniería en Dinamarca. No regresó a Kenia. Entrenado en los bosques de Finlandia por el técnico polaco Sławomir Nowak, Kipketer, ya ciudadano danés, se convirtió en poco tiempo en el mejor atleta de la historia en 800m. Su último récord mundial al aire libre (1m 41,11s en 1997, a los 24 años) resistió imbatido 13 años; su 1m 42,67s en pista cubierta de marzo del 97, resistió bastante más, justo hasta este sábado 24 de enero de 2026, cuando Josh Hoey, el hijo de un millonario de Filadelfia obsesionado con el atletismo, lo dejó en Boston en 1m 42,50s.
Sus nombres contiguos en la lista histórica del récord es el único trazo que liga sus trayectorias vitales y profesionales aparte de su capacidad de mantener una velocidad altísima durante casi dos minutos. Ni siquiera son comparables la forma de conseguirlo.
Para Kipketer, como para su compatriota David Rudisha, su sucesor al aire libre (1m 40,91s), batir el récord fue un asunto absolutamente individual en su camino para convertirse en campeón del mundo en pista cubierta. En la final, en el pabellón de Bercy en París, Kipketer, puro front runner, se puso en cabeza desde la calle libre y marcó su ritmo infernal (24,22s, a los 200m; 50,22s, a los 400m; 1m 16,49s, a los 600m) insuperable. Hoey, recién cumplidos los 26, ha convertido la caza del récord en un asunto familiar muy calculado y meditado. Durante los primeros 500m de la tarde del sábado en Boston, Hoey siguió la huella de una liebre perfecta, la de Jaxson, su hermano mayor. Aunque pasó los 200m en 24,81s, más de medio segundo más lento que Kipketer, los 400m los alcanzó una centésima más rápido (50,21s), aumentó su ventaja hasta las 30 centésimas en la marca de 600m (1m 16,99s), y solo aflojó en los últimos 200m agónicos, y su braceo peculiar arañando el aire, para superar por 17 centésimas finalmente el récord del danés. Otro hermano suyo, Jonah, el pequeño, había sido su liebre el 6 de diciembre pasado cuando, en un ensayo en la misma pista de Boston, dejó la mejor marca mundial de 600m en 1m 12,84s).
Como la fratría Ingebrigtsen en Noruega, los Hoey son una familia conversa al atletismo por influjo del padre, un exatleta normalito y mago del mundo de las finanzas, que obligaba a sus hijos a correr una milla por las calles de su barrio todos los domingos al salir de la iglesia, escuela de disciplina, y que, en la estela de Field of Dreams a su manera, hizo construir una pista sintética de 400m y ocho calles en unos campos que posee en las afueras de Filadelfia, para que sus hijos pudieran entrenar durante el confinamiento por la pandemia; allí corren la noche de Nochebuena y allí celebran sus fiestas, todos unidos, Fran y Leslee (los padres) y los tres hijos, Jaxson, Josh y Jonah.
La gesta de Hoey, campeón del mundo en pista cubierta hace un año, no es sino un paso más en el camino de redención de un atleta que a los 17 años era el mejor júnior de Estados Unidos; a los 18, un profesional de Adidas que había decidido saltarse la universidad pese a tener beca en Oregón, y a los 24 años, un atleta deprimido que después de haber probado con cinco entrenadores en cinco años solo había conseguido bajar medio segundo el 1m 47,67s con el que había fijado el récord high school estadounidense. En el otoño de 2023 hizo suyo a su amado Shakespeare. Tomando prestada la exhortación de Enrique V a sus soldados en la toma de Harfleur, en Normandía (“Once more unto the breach, dear friends, once more; Or close the wall up with our English dead”; “Una vez más a la brecha, queridos amigos, una vez más; O cerrar el muro con nuestros ingleses muertos”) y bautizó Once more, un último intento, o patria o muerte, a su grupo de entrenamiento y aceptó la elección de su padre de un último entrenador, el australiano Justin Rinaldi. Fue patria.
En 2024 rebajó cuatro segundos su mejor marca y se quedó a solo 11 centésimas de lograr una plaza para los Juegos de París en los Trials; en 2025, aparte del Mundial en pista cubierta, corrió los 800m en julio en 1m 42,01s, pero, fracaso y depresión, quedó cuarto en los campeonatos nacionales, fuera del equipo para el Mundial de Tokio que volvieron a consagrar al keniano Emmanuel Wanyonyi, gran heredero de Kipketer y Rudisha. Para evitar llegar quemado al verano de este 2026, Hoey ya ha anunciado que parará su temporada de pista cubierta antes del Mundial de Torun (20 de marzo), y renuncia a defender su título. Piezas más grandes esperan en la ruta hacia su gran objetivo, Los Ángeles 28, donde aspira a ser campeón olímpico, el sueño que siempre se le escapó a Kipketer.
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