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Molina de Aragón (Guadalajara)
Territorio Paradores, un proyecto de Paradores

Una oportunidad para renacer

Esta localidad es España vaciada y la vez está repleta de cosas: el parque natural del Alto Tajo, con su apabullante versión del cañón del Colorado; un castillo que epata por su inesperada magnitud y hasta un mineral propio. Ahora, su reciente parador, que innova en fondo y forma, llega para llenar el futuro

De camino al enorme castillo de Molina de Aragón (Guadalajara), temiendo el frío legendario del lugar y atravesando campos verdes y marrones en un coche que traquetea, Yolanda Asensio, responsable de la oficina de Turismo del municipio, se afana en una distinción: “Una cosa es despoblación y otra vaciamiento. Aquí hay poca gente, pero tenemos un montón de ideas, de patrimonio, de talento. Incluso un frío inigualable, si me apuras”.

La síntesis es cierta. La comarca de Molina de Aragón-Alto Tajo es una de las zonas cero del éxodo rural, con una densidad poblacional (unos 1,5 habitantes por km2) y un frío (mínimas de hasta -15 grados) que la equipara a territorios como Siberia. Pero la cosa es que hoy, un lunes cualquiera de principios de marzo, el clima no termina de asustar y el municipio (3.600 habitantes) luce ¿sorprendentemente? vivaz: por el puente románico del río Gallo cruzan vecinos apresurados con la bolsa del pan; de su museo salen visitantes contentos con una muestra del mineral enseña de la zona, el aragonito (error nominal, como veremos después); un poco más lejos, en el barranco de la Hoz, uno de los corazones del parque natural del Alto Tajo, un par de ciclistas pedalean por la ribera y un hombre pregunta cómo ascender hasta la cima del cañón...

Recordemos: es lunes, es marzo, estamos en el teórico epicentro de la nada. “Ya te dije: aquí pasan cosas, pero hay que venir para comprobarlo”, retoma Asensio, ya desde las almenas del castillo, el segundo más grande de España y séptimo de Europa, con unos 42.000 visitantes al año. Enfrente, más allá de las tres murallas que se expanden hacia el valle como si fuesen los anillos del tronco de un árbol, hay un edificio que recuerda al MoMa, con una gran terraza y cristalería geométrica e iluminada. Resalta entre la sobriedad medieval del que fue el antiguo señorío de Molina y eso intriga.

Dentro del parador

Líneas futuristas para un renacer

Símbolo de resurrección tras el incendio que asoló la comarca en 2005, el parador de Molina de Aragón es un edificio de piedra y cristal que se integra con naturalidad más allá de la muralla medieval del municipio. De día, impresiona por su silueta geométrica y futurista. De noche, las luces vibran y se antoja mágico. Constituye, además, un mirador desde el que abarcar el castillo y la ciudad que crece a sus faldas.

Habitaciones cinematográficas

Entrar en las habitaciones del parador tiene algo de cine, de plano en 16:9. Las 24 estancias (hay dos suites de lujo) cuentan con una vista panorámica y privilegiada del castillo, una fortaleza del siglo XII que también se puede contemplar desde la propia ducha. Y cada cuarto, además, tiene una terraza con mesa y sillas para disfrutar del verano, pero también de los paisajes nevados que aquí brinda el invierno.

Relajación a dos pasos

Qué mejor solución al frío que un baño caliente en la zona de wellness de la planta baja, un recoleto espacio (y una excepción, ya que pocos paradores disponen de un espacio así) que ofrece piscina climatizada, chorros de agua de distintas intensidades, solárium y hamacas con efecto calor. Se recomienda consultar disponibilidad y reservar con antelación.

Cafetería-restaurante y desayuno asistido

El de Molina de Aragón es el primer parador donde cafetería y restaurante se cohesionan: no hay separación entre ambos espacios y la carta es la misma. El llamado desayuno asistido, consistente en una propuesta inicial de fruta, yogur y fiambres que se completa con platos calientes de carta y productos del bufé, es otra de las pruebas piloto que aquí se están llevando a cabo.

Arte y memoria

El parador tiene un aire a museo. Pasillos, salones y vestíbulo de entrada están decorados con obra de tintes abstractos y minimalistas. Aunque el emblema, quizá, sea la fotografía del bosque arrasado de Selas (en segundo plano de la imagen), del fotógrafo documental Eduardo Nave. Un testimonio del incendio que convive con la obra de artistas como Candela Muniozguren (suya es la policromada escultura de la foto) o los pintores Santiago Giralda y Roger Collmolinesa.

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Resuelve el enigma Uxía López, directora desde 2025 de todo lo que sucede dentro de esta construcción: “Los paradores ya no son solo edificios históricos. Aquí en Molina hemos dado un giro. Y no solo con la arquitectura y la decoración: hemos innovado en muchos aspectos”. Por ejemplo: en el comedor-cafetería, ahora espacios cohesionados y con carta común, se sirve un desayuno asistido, en el que hay una oferta inicial que se completa a voluntad con la carta. Los residuos son cero; el producto local y la accesibilidad, del 100%: “Somos un poco laboratorio. Estamos probando muchas cosas y es un reto”.

El establecimiento abrió en mayo del año pasado, dos décadas después de los incendios que arrasaron buena parte de la comarca en 2005. López, de 27 años y a cargo también del parador de Sigüenza, es prudente al hablar de renacimiento en términos absolutos, pero sí ha observado un trasiego de visitantes entre semana que hasta ahora no era habitual: “Vamos poco a poco, pero se nota: tenemos un cliente que viene a ponerse el sello de la novedad. Y luego se sorprende: Molina igual no estaba en su lista de destinos pero, cuando viene, le encanta”. En el comedor, alrededor de una decena de visitantes piden sus paletillas de cordero, su ensalada de perdiz y su pata de burra, un bizcochuelo cremoso que es el postre local. Lunes, sí.

Actividades para todos en un entorno natural

Visitas culturales, turismo sostenible, dinamización del lugar…
Cómo sacarle el máximo partido a la zona en la que se ubica el parador de Molina de Aragón

Serán estos mismos visitantes los que luego, ataviados con ropa impermeable, echarán la tarde discurriendo por el pueblo. Y ante la repentina tormenta encontrarán refugio en la iglesia de San Gil, románica-gótica restaurada tras un incendio de principios de siglo, donde el aliento helado sube en nubecillas. En una esquina, un hombre reza con las manos extendidas. Su bisbiseo se escucha: aquí todo resuena y da cosa elevar la voz. “Somos el único pueblo de España que celebramos ¡dos veces! la Nochebuena. Se debe a una bula papal de hace más de 500 años”, explica la técnica de la oficina de turismo Rocío Andrés, que forma parte de uno de los coros de la región. Se anima a cantar un salve en latín y se hace otro tipo de silencio. No le importa que le graben, está acostumbrada a las visitas. “La acústica es maravillosa. Si no lo fuera no cantaría”, ríe.

Desde ahí es sencillo moverse hasta el barranco de la Hoz, una de las maravillas del Alto Tajo, protegido por la Unesco y con la denominación de parque natural. Este pequeño cañón del Colorado es el orgullo del molinés. Dentro el aire es húmedo, el río suena y las paredes de piedra roja se elevan y cierran el cielo. “Imagina que todo esto, hasta la cima, fuese agua. Estaríamos en el fondo de un río. Abruma un poco, ¿no?“, explica Hugo Hermosilla, arqueólogo de 22 años que, tras graduarse en Madrid, ha vuelto a Molina para hacer su vida. El barranco, un ecosistema único de arenisca que en su tiempo doña Blanca de Molina calificó de “desierto helado”, es casa de buitres, zorros, golondrinas, halcones y águilas. E inicio de múltiples rutas de senderismo por la ribera del Gallo, en las que se puede ver a alguna garza despistada en remojo. O truchas, si uno se esmera: aquí, la pesca con mosca es religión y de esta comarca ha salido Lucas Bruna, campeón del mundo de la disciplina. Encajada en uno de los torreones del cañón, sujetando miles de toneladas de roca, hay una ermita medieval con una leyenda mística y un restaurante que abre por temporadas. ”El barranco se llena de molineses y eso es significativo. Una especie de sello de calidad”, resume Hermosilla.

Manuel, Laura y Luis recomiendan

“La pesca de la trucha [de capturas cero, lo que se pesca se libera después] es muy típica por aquí: en el alto Tajo y en el río Gallo puedes ver a gente pescando habitualmente, hay mucha tradición. Y también te puedes bañar en los ríos, tenemos muchas playas fluviales por aquí en las que comer y pasar el día”

Manuel Fernández

Jefe de cocina 1 año en el parador

“El castillo de Zafra, del siglo XII y ubicado en Campillo de Dueñas, está a media hora en coche del parador y merece la pena una visita, es muy cinematográfico. Incluso se rodó una escena de Juego de Tronos. Lo que más me gusta es el atardecer, en primavera o verano es una época perfecta”

Laura del Olmo

Recepcionista 1 año en el parador

“Hay que visitar el santuario de la virgen de la Hoz, que está incrustado en la roca del barranco de la Hoz y es perfecto como punto de partida para pasear por el río. El mirador tiene unas vistas increíbles sobre el paisaje. Recomiendo hacerlo en otoño: los árboles son de hoja caduca y los colores en ese momento son preciosos”

Luis Barbero

Jefe de Administración 1 año en el parador

Un poco más adelante del puente del río Gallo, que ahora viene achocolatado por los sedimentos de arenisca que vienen de lo alto (en verano será un espejo), hay una coqueta y esquinada tienda de mieles artesanales. Se llama Señorío de Molina y acumulan cuatro generaciones de oficio. En su interior, a salvo de una lluvia ya un poco impertinente, aguardan Raquel Carrasco y Nuria Saiz, dos de sus cuatro responsables. Su miel de tomillo, premiada en París y Londres, es una de las estrellas. Y tiene un virtud rara para este producto: no empalaga. “Nuestras mieles son comparables a las de la Alcarria, que tiene más fama”, coinciden. Bajando aún más por la carretera que va hacia Teruel se puede probar otro dulce: es el chocolate de la familia Iturbe, que tiene su cuartel general en la casona de Santa Rita, lo que era el antiguo servicio meteorológico del pueblo. “Daban las máximas, pero sobre todo las mínimas”, ríe Elba Iturbe, de 56 años y última generación de chocolateros. “El frío siempre nos ha venido bien para enfriarlo, la verdad”, añade Pedro, su padre de 87 años, que sigue pesando en onzas y profesa fidelidad a la profesión: “Antes éramos cuatro fábricas. Ahora estamos solo nosotros. En la época se consumía mucho chocolate, más que café, porque era más fácil hacerlo y tenía calorías”. Los Iturbe producen desde 1900. A Pedro le haría ilusión que uno de sus nietos siguiese con el negocio y se quedase en Molina.

Hay otra parada que hacer: el Museo Comarcal de Molina de Aragón, un centro pequeño pero matón. De la mano del entusiasmo de Hermosilla y su compañera Lorena Abad (pregunten por ellos), en este antiguo convento de San Francisco se puede aprender sobre mariposas del geoparque, planificar rutas de avistamiento de flora y fauna o acercarse sin peligro a osos y buitres leonados, el animal rey, que aguardan disecados para hacer las delicias de los niños. Y se restauran piezas continuamente: fósiles, pinturas, murales... “Es la vida del museo y nos parece bonito enseñarla”, dice Hermosilla. Queda una última sorpresa: ¡el aragonito! “Sí, en Molina se descubrió un mineral, aunque el nombre indique lo contrario. Es nuestro, de Guadalajara”, interviene con una risa Lorena Abad.

El pequeño cubito cobrizo tiene algo de piedra mágica. Llevarse uno en el bolsillo sirve para recordar todas las cosas que pueden pasar un lunes cualquiera en esta España que quiere renacer.

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CRÉDITOS:

Redacción y guion: Jaime Ripa
Coordinación editorial: Francis Pachá
Fotografía: Pablo Monge
Diseño: Juan Sánchez
Desarrollo: Rodolfo Mata
Coordinación de diseño: Adolfo Domenech

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