La ciudad de fuera adentro
En los interiores de Cuenca hay una inusitada concentración de patrimonio y museos (desde arte abstracto a dinosaurios). Al aire libre, esperan paseos por un casco viejo exquisitamente cuidado, rutas naturales por las hoces del Júcar y el Huécar y visitas a yacimientos como el romano de la cercana Noheda
Hay que subir hasta el barrio del Castillo, zona clásica de aperitivo y sol, para llegar a la tirolina de Cuenca. Son 15 minutos desde el parador, un paseo para sacudirse el frío pegajoso de enero. En la plataforma de salida, arnés fijo y casco en cabeza, es fácil creerse en Cabo Cañaveral. Entonces hay que dar un pequeño salto al vacío y abrir los brazos para sentir el viento, recomiendan Cristian y Begoña, sus detallistas y amables responsables. Y vaya si se siente: el cosquilleo de la ingravidez hace que uno se ría solo, jajajá, pero el descenso es plácido, lejos del vértigo de una montaña rusa. Adrenalina para todos los públicos.
Un invento tan moderno —lleva unos tres años en funcionamiento— sirve para abarcar de un vistazo la herencia antigua que hila la urbe. En Cuenca, ciudad-paisaje, la oferta cultural y patrimonial se despliega hacia adentro, en sus edificios, y hacia afuera, entre las hoces del Júcar y el Huécar que la modelan: el Museo de Arte Abstracto Español; infinidad de caminos para hacer senderismo y bici (iluminados de noche); los picos medievales de la catedral y los conventos; las Casas Colgadas, por supuesto; el parador, un convento del siglo XVI que se alza en la cresta del desfiladero del Huécar y reabierto tras siete meses de reforma; los campos donde pastan las ovejas (y las cabras) que dan fama a la región… Todo lo que se ve desde el aire, interiores y exteriores, se puede pasear con toda la calma del mundo. Es quizá el mayor don de una ciudad que parece encaramada a unos zancos de piedra sobre el agua.
Dentro del parador
Medio minuto después, tras 450 metros de vuelo, la tirolina aterriza en la hoz opuesta. Al lanzado se le entrega una foto en la que es normal salir despeinado y con cara de loco feliz. El parador, de estilo plateresco y abierto en 1993, está a la vuelta de la esquina y coge con muchas ganas. ¿Qué novedades ha traído la reciente reforma? La rehabilitación del aljibe aledaño, una nueva iluminación en el atrio y la adición de obras de Fernando Zóbel y Gustavo Torner a la decoración interior, entre otras cosas. Lo explica Juan Serrapio, pontevedrés ya sin acento tras 12 años en Cuenca (53.000 habitantes): “Estamos en la milla de oro de Cuenca. Este el segundo edificio más importante tras la catedral y por eso queremos mejorarlo siempre. Tenemos toda la naturaleza y el patrimonio delante”. Un escenario de escandalosa belleza al que los propios vecinos recurren (aquí se celebran bodas, bautizos, cumpleaños...), pero también visitantes que, si no se quedan a dormir, aprovechan para admirar su claustro —con la colección de 42 cuadros de Julián Casado como principal reclamo—, tomar un café y hacer unas fotos. “La mayor parte del personal es de aquí y eso ayuda”, remarca Serrapio.
Actividades para todos en un entorno natural
Visitas culturales, turismo sostenible, dinamización del lugar…
Cómo sacarle el máximo partido a la zona en la que se ubica el parador de Cuenca
El parador es un punto confiable de partida. Desde aquí se puede ir en busca de buitres y osos pardos a El Hosquillo, a 50 kilómetros, una reserva natural protegida. Comprobar en el mosaico de Noheda (a media hora en coche) cómo decoraban sus villas los nuevos ricos del periodo tardorromano. Ir de museo en museo, hasta 10, por poco menos de 20 euros en entradas. Coger las botas y caminar una de las decenas de rutas de senderismo, para todos los niveles, que parten del convento. O comer, simplemente comer. Ya en el restaurante del parador, hay crujientes zarajos (aptos para aprensivos de las texturas); morteruelo (un paté de perdiz, liebre y otras carnes) y ajoarriero o ajo mortero (bacalao desmigado con huevo y patata). Y un queso que causa furor: una especie de brie de leche de cabra que nunca tiene la misma textura. Desvela por qué Rodolfo Rodríguez, el autor de la creación: “La leche de cabra cambia según cuándo la ordeñes. Tengo quesos de verano y de invierno. Y clientes que me piden una textura concreta”. Para cerrar el menú, helado de queso de la zona —“es muy goloso”, avisa Serrapio— y un breve resolí, el anisado y acafetado licor local.
Para llegar al casco viejo hay que cruzar la grapa, como llaman aquí al puente de hierro (que recuerda al estilo de la torre Eiffel) que sustituyó a finales del XIX al original de piedra. Juan García, guía con 20 años de experiencia y más de 300 países a sus espaldas, ofrece el contexto justo: Cuenca fue espléndida, de las ciudades más ricas entre los siglos XV y XVI, con el reinado de la oveja (más de un millón entonces; hoy, la mitad) y el comercio de lana como gran activo económico. También cuna rara y consistente de poetas y pintores. “La ciudad tiene muchos secretos”, señala. “Por eso no hay que hacer check con las Casas Colgadas e irse. Nosotros la ofrecemos entera”.
De casa en casa
Si algo tiene Cuenca son casas a raudales. Están las archifamosas colgadas, que no colgantes. Las torcidas, en los aledaños de la plaza Mayor, que vistas de frente son como teclas coloreadas de un piano. “Es por la madera de sabino”, está al quite el guía; la casa de José Luis Perales, un dios para el turista latinoamericano; los restos de la de Federico Muelas, poeta de la generación del 36, cronista célebre de la ciudad y hombre de carajillo al sol. “Hacer turismo aquí es como volver a los 90. Tenemos un patrimonio medieval enorme, sin desvirtuar y muy accesible. Y lo mejor, para qué engañarnos, es que a veces no hay nadie”, afirma García.
Blanca, José y Mari Carmen recomiendan
“En el pueblo de Uña, a unos 30 kilómetros de Cuenca, hay una ruta circular alrededor de una laguna que es muy chula. En la zona de Tragacete, en la sierra, hay otro camino que puede hacer todo el mundo. Y se ven buitres, ciervos, la berrea en otoño... ¡Ah!, y los callejones de las Majadas, parecidos a la Ciudad Encantada, pero de libre acceso y en plena naturaleza.”
Blanca Rodríguez
Recepcionista 5 años en Paradores
“Además de las ruinas de Noheda, una cosa que no esperas que esté en Cuenca, recomiendo montar en globo y ver la ciudad desde el cielo. Vas de un sitio a otro según el viento y se pasa justo por encima del casco viejo. Es espectacular. Y sencillo: se reserva, te recogen y te llevan al lugar del vuelo.”
José Rodríguez
Jefe de cocina 6 meses en Paradores
“Cuenca es una ciudad de museos. Está el Art Natura, un museo paleontológico con dinosaurios que es perfecto para niños. También el de Ciencias y, por supuesto, el de Arte Abstracto... Y luego tomar algo o pasear por la parte vieja es un gran plan. Hay muchos barecitos tranquilos, con ambiente y buena música. Y el casco viejo, iluminado de noche, está muy bonito y caminable.”
Mari Carmen Olmeda
Camarera de comedor y bar 8 años en Paradores
La casa de las casas, el monumento más visitado por los 200.000 turistas al año que recibe Cuenca —Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1996 por su adaptación al entorno rocoso— sigue siendo la catedral. La fachada, neogótica y de los años 20, recuerda a un decorado de estudio de cine. Por dentro está fresquita y es magna, pero su tal grandiosidad no petrifica al visitante. Es el empeño de Miguel Ángel Albares, director del enclave: que todo el mundo esté cómodo aquí. “Tenemos joyas aún desconocidas”, dice. Una es el arco de Jamete, un frontispicio renacentista del siglo XVI, amenazado por la humedad y el mal de la piedra, que desde 2021 está protegido. “Dicen que a Esteban Jamete, el artista, había que dejarlo beber para que se inspirase. Mira el resultado: las filigranas, las cabecillas angelicales, las tallas eccehómicas…”, se maravilla.
El ratio museos-población de Cuenca es de los mayores de Europa, al menos en su parte vieja. Lo asombroso es que se pueden visitar cinco de ellos por unos 10 euros. Entre ellos, está el de Ciencias (con un simulador sísmico y una nave espacial, idóneo para niños) o el Paleontológico, donde ver huesos de dinosaurios. Sobresale el de Arte Abstracto, que distingue a Cuenca y por sí solo vale una visita. “Dicen que entre Fernando Zóbel y Gustavo Torner [los artistas y amigos que lo impulsaron] todo sucedió en 15 minutos. Conectaron”, narra Celina Quintas, su coordinadora.
La visita está planteada como un ascenso. “Las salas interiores te van preparando para el estallido de luz de las exteriores”, detalla Quintas. Es uno de los tantos detalles en los que reparó Zóbel, el pintor y coleccionista filipino que proyectó el edificio: la interacción con las estaciones, la vecindad simbólica con la serranía, la geometría del espacio… Ahora, en invierno, la atmósfera tiene un punto existencial: “Se tiende más a cavilar”, ríe Quintas. Y señala unas ventanas enmarcadas que dan a la hoz: “Esa pequeña intervención las convierte en obras per se“. Conviven con piezas de Chillida, Tàpies, Iturralde… Nombres a los que conviene ponerles contexto, aconseja la coordinadora. “Es un arte que se puede disfrutar directamente, por supuesto, pero que con historia gana resonancias. Es una barbaridad que esto sucediese en 1966”, prosigue.
La simbiosis del museo con la ciudad está probada. Quien lo visita sale fascinado con Cuenca. Y al revés. “Nos retroalimentamos”, constata el director del parador Juan Serrapio. Lo mejor, retoma Quintas, es que la visita es íntima, en el sentido menos cursi del término: “Es una experiencia muy cercana. Somos pequeños y grandes a la vez”. Lo mismo pasa en toda la ciudad. Dentro y fuera, se puede estar sin ser un pez más en el cardumen.