Fatih Akin, cineasta: “Pedro Sánchez tiene cojones. Ha ido contra Trump con acciones claras”
El cineasta turcoalemán habla del final del nazismo en ‘La isla de Amrum’, y reflexiona sobre el mundo actual: “Pedro Sánchez tiene cojones. Ha ido contra Trump con acciones claras y directas. Gente así me da esperanza. Mi país, no”


Fatih Akin es lo más parecido que tiene Alemania a Pepito Grillo. El cineasta, nacido en Hamburgo hace 52 años, de familia turca, lleva décadas susurrando al oído de su país las cosas que están mal, los traumas que no han logrado superar y las huellas del pasado que atenazan sus decisiones en el presente. Desde que lograra la fama con su cuarto largometraje, Contra la pared (2004), Akin no ha levantado el pie del acelerador. Ha cambiado de géneros (thriller, infantil, drama histórico) y de formato (documental, ficción); sin embargo, no ha perdido la rabia, su pulcra forma de rodar, ni su potencia. Y todavía, cuando se apagan las luces de las salas, el público oirá su cuchicheo: “Así hemos llegado hasta aquí; así somos”.
En el BCN Film Fest de Barcelona, Akin presenta La isla de Amrum (estreno comercial en España, 30 de abril): durante la primavera de 1945 en la isla alemana de Amrum, se ansía y se teme el final de la Segunda Guerra Mundial. Hasta allí se trasladan Nannig, de 12 años, y su madre, mientras su padre permanece en el continente. Ambos buscan alimentos desesperadamente en un mundo que se desmorona sin superar el pasado nazi. Poco parece que tenga que ver con Akin, pero ese Nanning fue en realidad Hark Bohm, veteranísimo guionista, actor y director, y amigo y colaborador de Fatih Akin: “Hace muchos años intentamos con mi compañía productora, Bombero [su esposa es mexicano-alemana], sacar adelante un guion suyo sobre un juez real de las SS, al que llamaban el ‘nazi bueno’. Todo el mundo huía del proyecto y le pregunté que por qué quería contar aquello. Me habló de su infancia y de su padre, detenido por los británicos en Amrum. ‘Eso es lo que tienes que escribir’. Lo hizo, como siempre, a mano, y entre que tardó, llegó el confinamiento y enfermó después, acabó pidiéndome que lo dirigiera yo. Lo rechacé. No era mi material habitual, no veía por dónde agarrarlo”.
Pero Bohm era su amigo. “En Cannes, en un desayuno por el estreno de Armageddon Time, de James Gray, me senté con dos cineastas franceses, y les dije: ‘Amigos, tengo este dilema. Mi viejo amigo me pidió hacer el filme, y no sé si debería rodarlo. No tengo una conexión personal con la historia’. Y ellos me respondieron: ’Acéptalo, porque vas a encontrar la conexión por el camino’. Y llevaban razón”, recuerda Akin.

La isla de Amrum encaja ahora perfectamente en la filmografía de Akin. La película se estrenó en el pasado festival de Cannes, y fue un éxito en Alemania en su estreno en septiembre, taquillazo que pudo disfrutar Bohm antes de fallecer en noviembre. “Si jugamos con el tópico de que cada película es un hijo para los directores, esta es mi hija adoptiva. Algo muy gracioso, porque en la vida real Bohm tuvo seis hijos adoptivos”, cuenta el turcoalemán.
El choque del niño con la ideología nazi imperante, su anonadamiento ante las decisiones de los adultos que le rodean, nace de la propia relación de Akin con su padre. “Mira, le quería. Era el mejor padre y fue un gran tipo. Estoy convencido, incluso, de que si no lo hubiera conocido como mi progenitor, sino de otra manera, también habríamos sido amigos. Pero estábamos en las antípodas políticas. Decidimos no hablar nunca de política. Mi padre apoyó a una opción política en Turquía, con un ideario por el que varios amigos míos están en la prisión. Así que, indirectamente, mi padre los metió en la cárcel al votar por esos tipos. Y esta contradicción tan dramática y triste caló mucho en mí. De esta forma entré yo a La isla de Amrum”.

Aunque durante la conversación está siempre presente la comparación de Ladrón de bicicletas, de De Sica, por lo claustrofóbico de la acción y los descubrimientos infantiles de la presión social y de unos padres con turbias complejidades, Akin corre a subrayar su referencia principal: Alemania, año cero, de Rossellini. “Ese tipo de cine me marcó en mi juventud y hoy asoma en todos mis trabajos. No podemos escondernos ante los traumas del pasado”.
Porque el cine de Akin habla de identidad, pertenencia y pérdida. “Mis protagonistas son siempre forasteros del sitio donde se desarrolla la acción. Retrato el choque entre diversas facciones, ideas”. Sus sentimientos personales están soldados a sus películas. Y desde ahí afronta su retrato de Alemania. “Es que tenemos un enorme trauma con el pasado. En la película, el tío del chaval le dice: ‘Cuando te miro, pienso en tus padres’. Ahí está el pecado compartido de los alemanes. De lo que significa esa frase se puede entender la relación actual de Alemania con Israel”, desgrana. “Alemania cae en los remordimientos, en esa zozobra de no poder ‘fallar a esa gente otra vez’. Y ese relato se lo cree mucha gente. Pero no es cierto. La verdad es que no se encara cómo borrar y superar esa culpa sin olvidarla. Yo me identifico siempre con las víctimas de cualquier guerra. Y no me vale apoyar a Israel, culpable en esta guerra, porque fueron anteriormente víctimas. Ahora es ahora. ¿Creemos o no en el derecho internacional y en la ONU? Pues los alemanes, al parecer, no, y se debe a que les aplasta el trauma de la Segunda Guerra Mundial. Por eso ha funcionado tan bien La isla de Amrum, porque nos habla del aquí y del ahora”.

Con todo, Akin se define como “pesimista con Alemania, aunque optimista con el resto del mundo”. ¿Porque es padre? “No solo por mis hijos. Pero ustedes tienen más razones. Su presidente, Pedro Sánchez, tiene cojones [usa la palabra en español]. Ha ido contra Trump con acciones claras y directas. Gente así me da esperanza. Es utópico pensar que Europa tiene que pensar de la misma manera. Va, es imposible. Ahora, ves a Sánchez, al alcalde de Nueva York, miras el resultado de las elecciones en Hungría, incluso las declaraciones de Meloni... Solo me provoca desesperanza Alemania [carcajada]“.
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