Como el rayo que no cesa: la constante defensa de la propiedad intelectual
La IA no debe poner en cuestión los principios rectores básicos del derecho de creación

Este domingo, 26 de abril, se celebra el Día Internacional de la Propiedad Intelectual. Estos derechos, que han tenido y tienen que navegar a contracorriente, han sido, son y serán una conquista histórica, que no deberá caer en la inercia del algoritmo, sino en el crecimiento continuo de las obras nacidas del ingenio humano. Los derechos intelectuales, tomando como referencia el verso de Miguel Hernández, son como “el rayo que ni cesa ni se agota”. Son derechos vivos, en constante evolución y que forman parte del yo colectivo, es decir, del nosotros, que conforman un patrimonio material e inmaterial de los derechos de la creación y que redundan en el progreso cultural y social, sin importar la autopista de producción, distribución, formato, medio o dispositivo.
Los derechos intelectuales son hoy la mayor red social, cultural, educativa, tecnológica, científica y del conocimiento a la que tiene acceso la ciudadanía. No es un derecho líquido, no es una propiedad líquida, es glocal y participativa.
La creación del creador de hoy es un derecho que será nuestro mañana, por su carácter de dominio público y por la función comunitaria y social de la propiedad intelectual.
Es un derecho de la convergencia entre el continente y el contenido, de los vasos comunicantes entre el talento, el duende y el deleite. Es un derecho al que en todos los siglos nada le ha sido ajeno: ni lo fue la imprenta, ni la rotativa, ni la radio, ni la televisión, ni la prensa, ni el software, ni el streaming, ni las plataformas, ni las redes sociales, ni el podcast; ni lo será la robótica, la inteligencia artificial, ni las futuras vanguardias tecnológicas y científicas. Tienen estos derechos una dimensión desde su origen y su evolución una arquitectura ligada a la energía social, a las humanidades y a la tecnología.
Por eso nos debemos preguntar por la necesaria creación de una nueva gobernanza de la propiedad intelectual en todas sus vertientes y manifestaciones. Sus pilares evolutivos deberán estar basados en la proporcionalidad, en la equidad, y en la justa remuneración, así como en una armonización internacional legislativa basada en la ética, en el crecimiento social y en la defensa de la creatividad como motor económico y yacimiento de nuevos empleos.
Impulsando el acceso al conocimiento, el fomento del talento en consonancia con una labor pedagógica desde los poderes públicos, basada en el respeto a la propiedad intelectual que no deberá confundir nunca valor, precio y aprecio.
Esto de los derechos de la creación no es un asunto vintage, sino del futuro próximo que ya es el hoy. Probablemente de la IA devengará una nueva geometría y construcción de los derechos, pero no se deberán poner en cuestión los principios rectores básicos ni los consensos que deberán configurar la nueva arquitectura. No se deberá olvidar que los negocios generados con la IA generativa, en el campo de los derechos intelectuales, proceden de la materia prima del trabajo y del esfuerzo de los agentes y de los sectores de las industrias culturales y creativas. Con la suma de estos pilares básicos merece la pena mirar al futuro, cuidar, mimar y ver crecer estos derechos y los otros… todos fundamentales.
La propiedad intelectual siempre es un derecho nuevo que bebe de la tradición para llegar a la evolución y, como decía Gustav Mahler, “tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”. La geografía y la geometría del derecho de la creación tiene unos confines: por el norte, seguir creando; por el este, tecnología; por el sur, talento en movimiento; y en el conjunto, un mapamundi con más derechos intelectuales en los que el creador quizá invoque lo que ya nos decía Miguel Hernández trasladado a la defensa continua presente y futura de los derechos intelectuales, “este rayo ni cesa ni se agota”.


























































