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Ignacio Isusi, actor: “Soy un pijo que se ha salido del carril”

Empresario en Bilbao antes que ‘coach’ para ricos y famosos en Miami, ha encontrado “su sitio” a los 54 años y triunfa parodiando el arquetipo de la gente bien de toda la vida en desternillantes soliloquios en redes. Pero una cosa es el actor y otra, el personaje. “El clasismo es una hijoputez”, remacha

Ignacio Isusi, en Madrid.Bernardo Pérez

Hace un par de semanas, brujuleando por X, me saltó uno de sus desternillantes monólogos interpretando a un pijo, pijo, vasco, vasco entre tierno y cascarrabias, luchando por la “integración de la gente normal”. Le escribí ipso facto por Instagram para proponerle una entrevista. Contestó al minuto: acababa de regresar desde Bilbao, donde nació y prosperó, a Miami, donde vive con su esposa y sus tres hijas asesorando a ricos y famosos a “gestionar el éxito”. Pero tenía previsto regresar al País Vasco para asistir al octogésimo cumpleaños de su padre, y no le importaba pasar antes por Madrid para vernos. “Será por pasta”, bromeaba a medias. Dicho y hecho. Así que aparece en la Redacción de EL PAÍS 10 minutos antes de lo acordado, cargado de regalos: unas gafas como las que él utiliza en sus monólogos y una camiseta con la leyenda “Soy una pija aspiracional” para la entrevistadora, la primera en la frente, y un libro precioso: Humano. Un volumen de sus poemas ilustrado con pinturas de su amigo José Bellido, que se autoeditó en 2013 con una idea muy concreta: dejarles a sus hijas algo bello como legado aunque no vendiera un ejemplar ni a los íntimos. Tiene un ojo verde y el otro pardo. Camaleónico sí parece.

Ha llegado 10 minutos pronto. ¿Es menos elegante llegar pronto o tarde?

Llegar tarde, siempre. Eso que se dice de los 10 minutos de cortesía son 10 minutos de descortesía con el tiempo de los demás. Normalmente, yo llego pronto y espero, pero es que estaba ansioso. He esperado mucho un momento como este en mi vida.

Su bum en redes es muy reciente, pero ¿cuánto hielo hay debajo de la punta de ese iceberg?

Toda una vida. Esto no es una casualidad. Podría no haber sucedido, pero es la consecuencia de una vida de trabajo en muchos contextos. Soy hiperactivo: he hecho mil cosas. Estudié Derecho en Deusto porque, aunque me horrorizaba, ni se me ocurrió que podía estudiar otra cosa. Era el camino natural en mi familia y mi entorno. Hasta que tuve una crisis personal muy seria, dejé mi empresa, me fui a Estados Unidos y, desde entonces, me dedico al mundo del coaching, ayudando a gestionar el éxito a gente muy rica y muy famosa. Me iba muy bien, pero me faltaba algo. En plena pandemia, una amiga, que sabía que me gustaba el teatro, me invitó a participar como actor en la obra La que se va a armar. Estrenamos en Miami y fue un exitazo. Llevaba buscando esa sensación toda mi vida. Otros encuentran su sitio de jóvenes. Yo lo he encontrado a los 50 años. Todo ha ido encajando en su momento, ahora, casi me quedo por el camino, también te digo.

¿Cómo vive un hombre que no halla su sitio?

Pues con un tormento íntimo. Estoy felizmente casado y tengo tres hijas maravillosas, pero he vivido en una íntima soledad, muy en contra de la imagen que muestro. La gente que me conoce cree que soy un tipo divertido y súper simpático, pero, íntimamente me he sentido, hasta hace poco, con un profundo sentimiento de imperfección: esa es la palabra.

O sea, que, debajo de ese humor pijo suyo, hay dolor.

La vida me ha dado hostias como a todo el mundo. Pero la enfermedad y muerte de mi madre me voló la cabeza. Era una mujer con una presencia y un genio fuera de lo común. Y, de repente, a los 62, le diagnosticaron un cáncer y le dieron cuatro meses de vida. Nunca había tenido un dolor tan fuerte. Lo dejé todo y me ofrecí a colaborar con la Asociación Española Contra el Cáncer, y esa experiencia me cambió la vida. Hacía guiones, me inventaba historias para aliviar el sufrimiento de los enfermos. Luego llegaba a casa y me echaba a llorar, pero mi madre me decía que era la alegría del hospital. Te vas a reír, pero yo hablo con mi madre muerta todos los días, la siento: es como si tuviera un dron encima y, cuando saco esos monólogos que hago ahora, le pregunto a ella, que era una señora de toda la vida, si son divertidos. El humor es innato. Y reírse de uno mismo es sanísimo.

O sea, que era usted la campanilla de su casa.

Totalmente: la alegría de la casa, del cole, de mis amigos. Y lo sigo siendo: en las bodas me ponen siempre en la mesa más coñazo para que levante el ambiente. Siempre he sido el gracioso: el mayor de cinco hermanos, siempre inventando cosas, siempre hablando solo. Eso, realmente, es lo que hago ahora, pero con público, por fin lo tengo.

¿Fue usted un niño tan bien como Leo, su personaje?

Sí, en Bilbao se dice mucho eso de “somos clase media: gente de toda la vida”. Mi padre es notario, pero no siempre lo fue. Era un comercial de IBM que se puso a estudiar las oposiciones y las sacó en año y medio: un superdotado de libro. Pero, como dice él: nosotros no descendemos de nadie, hemos ascendido nosotros. Pero, a la vez, mis padres son tremendamente austeros: nunca tuve la percepción de que fuéramos ricos. En casa no se hablaba de dinero porque era vulgar. Y yo, de crío, pedía permiso hasta para coger una coca-cola de la nevera.

¿Cómo concibió a su personaje, Leo?

Pues también ha sido un camino tortuoso. Todo nace de mi desesperación del año pasado cuando, después del exitazo de la obra que te he comentado, y de un corto que monté, Ni lobos ni corderos, que fue otro exitazo, lo seleccionaron en 50 países y donde hago de dos personajes a la vez, pensé: he llegado. Pero no. Llamé a todas las agencias de España y nadie me llamaba. Entonces, como vi que nadie iba a venir a buscarme, y yo soy muy tenaz, precisamente por ser hijo de quien soy, me inventé unos personajes: un funcionario, un tío de barrio, un ejecutivo, tipo Cámera Café, hasta que tuve 60 o 70 monólogos y, en noviembre pasado, empecé a colgarlos en redes. Pero no los veía ni el tato. Entre mis amigos había un silencio total, como que les daba vergüenza lo que hacía. Mi mujer estaba hasta el moño de mí. Hasta que un día...

...Sorpréndame.

Pues lo que me pasaba era lo que me dijo un amigo ecuatoriano: que me quedaba en las dos primeras capas de la cebolla: en mi familia y mis amigos, y él me dijo: “Tienes que hacer algo que llegue a la tercera capa: el interés general”. Así que, un día, esquiando con mi padre en Estados Unidos, porque ricos, ricos no somos, pero tengo amigos con mansiones, aviones y barcos, cogí el teléfono y me grabé del tirón. Me salió Leo, Mafalda, todos los personajes. Lo colgué y lo petó, y hasta hoy. Creo que fue por la autenticidad. Pero debajo de toda esa improvisación estaba todo ese camino del que hemos hablado, y por el que tenía que transitar.

¿Pero, entonces, es usted pijo o no?

Soy un pijo en caída libre.

Pero si vive en Cayo Vizcaíno y asesora a gente riquísima a gestionar el éxito.

¿Y qué? La gente cree que pijo es cualquiera que, socioeconómicamente, esté por encima de ella. Y, no. Hay muchos grados de pijos, y muy sutiles. Tú puedes ser gente bien de toda la vida y no tener un duro. Entonces, yo soy un pijo en caída porque soy un díscolo, me he salido del carril. Como dice un amigo de Miami: en esta vida hay que ser o perro o pastor, pero nunca oveja. Ese pertenecer a una tribu te condiciona mucho, y yo me he salido del rebaño. Y, a veces, nadie quiere que te salgas, porque entonces les señalas a ellos.

¿No cree que sus vídeos hacen gracia porque sabe de qué y quiénes habla?

Bueno, seguramente me pierdo mucho. Igual me invitan a Buckingham Palace y hago el ridículo. Todo el mundo es pijo para alguien. Lo decía mi madre cuando estaba en el hospital: siempre hay alguien que está peor que tú. No es un consuelo, pero es una realidad. Entonces, sí, conozco códigos y arquetipos porque los he visto. Pero, cuando se habla de desigualdad en España, comparándola con Estados Unidos, me hace gracia. En España hay una clase media súper grande. Hasta en los barrios más desfavorecidos hay una carnicería y una pescadería. En Estados Unidos, la desigualdad es salvaje. No he visto en España el grado de miseria de allí. Ni el de ricos, ricos. Bueno, está Amancio Ortega, pero en Miami, por ejemplo, hay mucha gente riquísima: con avión, barco, tropecientas casas, helicópteros.

¿Y cómo les enseña a “gestionar el éxito”, según su tarjeta de coach?

Es que para mí el éxito no es tener dinero, sino tener lo justo y necesario para poder ser feliz. Yo, por ejemplo, no era feliz porque había dentro de mí un vacío muy grande por no haber encontrado mi naturaleza, teniéndola delante. Entonces, sí: yo trabajo con gente aparentemente exitosa con muchísimo dinero, pero una vida fracasada como personas. Por eso me contratan. Y me pagan cojonudamente. Porque hay mucha tristeza y mucho miedo a tratarla en terapia, y la diferencia con el coaching es una línea muy fina. Hablo de problemas graves: alcoholismo, drogas, hijos perdidos, fracasos matrimoniales, unas soledades horribles.

Pero las penas con dinero son menos, ¿no?

No sé qué decirte. Seguramente, sí. Pero eso puede ser un atrampa. Los ricos compran, compran, compran. Pero los ricos lloran un huevo. La gente bien de la que hablábamos, con valores bien asentados, suele ser austera en todo.

¿Qué es el clasismo?

Para mí, el clasismo es una hijoputez, un maltrato de un humano a otro humano. El clasismo es asqueroso. Por eso creo que la gente bien educada no es clasista. Bueno, igual sí que hay una condescendencia innata, pero creo que es algo que han mamado, han nacido con eso, no son culpables, no hay una maldad implícita. Pero también hay algo de cierto en lo de “no sirvas a quien sirvió”: he visto también mucho clasismo del que está abajo hacia el de arriba en forma de resentimiento de clase.

Como actor, ¿no teme que no le tomen en serio por su reciente y fulgurante éxito como cómico?

Es un temor que tengo, sí, mucho. No quiero quedarme con el personaje, por muy exitoso que sea, porque yo soy actor. Como todo esto me pilla tarde, con mi vida hecha, pues quiero hacer las cosas bien, que para eso soy empresario y tengo una visión estratégica. Yo tengo una misión: ganar un Oscar.

Ya, ya.

La gente se descojona cuando lo digo, pero es verdad. Sé que lo voy a ganar, porque lo veo en mi cabeza. Estoy como un niño con un juguete que sabe usar y que ha estado mucho tiempo esperando a poder jugar. Además, está mal que yo lo diga, pero soy de Bilbao, y soy un crack.

Bueno, de momento Arturo Pérez-Reverte o Santiago Segura han alabado sus vídeos en redes. ¿Cómo se quedó al verlo?

Te confieso que me hizo muchísima ilusión. Soy fan de las personas intelectualmente avezadas de todo pelaje. No me importa si son de izquierdas o de derechas, yo esos apasionamientos los dejo para el fútbol. Me ha halagado, la verdad. Porque, en mi contexto social de pijo en caída libre, de gente bien de toda la vida, creo que soy visto como una rara avis. Entonces, de repente, la bendición de Pérez-Reverte, o de Santiago Segura, o del filósofo Javier Gomá, es como que me ha quitado ese sambenito. Ahora, también les digo que llevo mucho tiempo en eso, entonces, ¿antes no y ahora sí, cabrones?

LEO Y SUS AMIGOS

Leo, Leonardo, es el personaje principal con el que Ignacio Isusi (Bilbao, 54 años) ha creado una saga de arquetipos sociales de la buena sociedad a la vez en lucha contra la ordinariez y a favor de la integración social a través de una desternillante Plataforma por la Integración de la Gente Normal. El empujón de nombres notables del mundo de la cultura, como el escritor Arturo Pérez-Reverte y el cineasta Santiago Segura, ha sido determinante para el despegue de esa serie que lleva unos meses creciendo seguidor a seguidor en YouTube, X e Instagram. Detrás de todo ello, el talento interpretativo y creativo de Isusi, un abogado y empresario vasco que dice haber encontrado su sitio en el teatro y la actuación pasados los 50 años. En junio, estrena en el teatro Muñoz Seca de Madrid la obra Las cenizas de mamá. Cuenta los días.

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