Luis Alegre: “Mis amigos no son ni pijos ni clasistas”
El comunicador, en cuya agenda personal figura desde la reina Letizia a estrellas del cine, el teatro, la televisión y la literatura, estrena ‘Mañana seré feliz’, un documental-conversación con Manuel Vicent que ha dirigido junto a David Trueba.


Luis Alegre se acaba de bajar en la madrileña estación de Atocha de un AVE que para él es casi un Metro por la frecuencia con que lo utiliza. Quedamos en la puerta de la cadena SER, donde colabora con el programa Hoy por hoy de Àngels Barceló con una sección llamada Amigos Alegres, y vamos caminando hasta el Teatro Español, donde, aprovechando el viaje, va a ver a su íntima Aitana Sánchez-Gijón representar el clásico Malquerida. La amistad por amor al arte, y viceversa, el amor por el arte de la amistad es una constante en la vida de este maño nacido en Lechago (Teruel) y residente en Zaragoza, desde donde gestiona su intensa actividad cultural y social. Contactos no le faltan. Desde la reina Letizia para arriba, o para abajo, según se mire, casi todo el quién es quién de la comunicación, el cine, la literatura y la televisión en España, es amigo de Alegre. Empecemos por el principio.
Empezó de niño leyendo vidas de santos y ahora escribe y filma sobre deidades de la cultura. ¿Lo suyo es devoción?
Pues de algún modo, sí. Son gente que ha sido decisiva en mi vida y mi educación sentimental desde niño y adolescente. Fernán Gómez, Billy Wilder, Rafael Azcona, Berlanga, Buñuel, ahora Manuel Vicent. Sobre todos ellos he escrito, o dirigido, y lo que hago es muestra de mi veneración y gratitud por ellos y el deseo de que la gente los conozca en profundidad y comparta mi pasión. Y todo eso empezó en Lechago, sí.
Y eso que se fue pronto del pueblo.
Sí, a los 11 años. Un primo de mi madre, que era cura, asesoró a mis padres para pedir una beca para la Universidad Laboral de Cheste, en Valencia. Entonces, las universidades laborales eran un intento del franquismo de formar élites a su servicio, y también una vía para que chicos y chicas de familias humildes, como la mía, que sacaran buenas notas pudieran estudiar. Pero la pasión de la que te hablaba ya la llevaba puesta. La había forjado con mi padre, que era un insólito campesino cinéfilo que se iba a dar de comer a los cerdos con Madame Bovary bajo el brazo. A los 12 años, yo ya era el director del cineclub de Cheste. Hay vídeos en Youtube donde se me ve hablando de Kubrick y Hitchcock
O sea, que era el repelente niño cinéfilo.
Bueno, desde que vi Del rosa al amarillo, de Manolo Summers, y me enamoré de Cristina Galván, el cine revolucionó mi cabeza para siempre. Experimenté de golpe lo que es el amor. Esa noche, a mis ocho años, me acosté en estado febril y barajando fugarme al día siguiente y venir a Madrid a buscarla. Le escribí una carta, de hecho. Como luego le escribí otra a Ingrid Bergman, poniendo en el sobre su nombre y Hollywood. El cine me provoca emociones sublimes que no me provocaba la realidad.
¿Por eso ha dedicado su vida profesional a retratar y a relacionarse con sus protagonistas ¿Ahí hay más suerte, trabajo o cabezonería?
Una mezcla de todo. No olvides que soy maño. Y si algo somos los maños es obstinados. Me dedico a la cultura porque me gusta, y el dedicarme a la cultura me ha llevado a conocer a mucha gente. Porque, sobre todo, a mí me apasiona la gente. Fue mi madre quien me transmitió de manera inolvidable el gusto por la gente, por quererla. Mi casa era muy humilde: dormíamos los hermanos en la misma cama, pero siempre estaba llena de gente. Digamos que he tenido la suerte de conocer a gente a la que veneraba. Poder decir que fui amigo de Fernán Gómez, o de Ana Belén, de la que también me enamoré perdidamente, o de Maribel Verdú, o de Penélope Cruz, es una fortuna increíble. Sí: he sido yo quien me he acercado a ellos porque los admiro, pero he tenido la inmensa suerte de que ellos me hayan aceptado como amigo.
¿Y eso cómo se consigue?
El factor clave es inspirar confianza, calidad y complicidad. En Cheste, donde llegué sin conocer a nadie, me eligieron el alumno más sociable a los 14 años. Me siento terriblemente afortunado. No soy millonario en dinero, pero lo soy en amigos.
¿Se puede seguir haciéndolos a los 64 años?
Por supuesto, fue una de las grandes lecciones que aprendí de Fernando Fernán Gómez. Alguien tan aparentemente arisco y misántropo, era todo lo contrario. Con 80 años, decía que nada le gustaba más que conocer gente nueva y joven. Le ensanchaban la vida y le hacían disfrutarla. Para él, era como una inyección de vitalidad, y a mí me pasa lo mismo. Siempre me he desenvuelto muy bien con todo tipo de generaciones. Cuando estoy con gente a la que quiero y admiro me olvido de los años que tiene. Mira Manuel Vicent, que tiene 90 años, al que conocí en la adolescencia porque lo leía mi padre. Me acuerdo de pegar sus columnas en la nevera de casa hasta que se volvían amarillas y ahora hemos hecho una película con él. Al final, en la vida, las cosas riman.
¿Cuánto vale su agenda?
Nada, porque no está en venta. Pero mis amigos son mi tesoro. Y luego, además, me paso la vida presentando a gente. Hay gente que no creerías que se ha conocido por mí, porque pensaba que podía haber un flechazo de amistad, o de lo que fuera, entre ellos.
¿Eso se llama ser alcahuete?
Bueno, alcahuete de humanidad, llámalo como quieras, pero me hace sentir muy bien.
¿Cuántos teléfonos de amigos, como el de la reina Letizia, tiene agendados con nombre en clave?
Bastantes. Imagínate que me roban y me desencriptan el móvil. Y sobre la Reina te diré que fue ella la que me escribió un correo, cuando era una periodista, en el año 97 o 98. Teníamos una amiga común que me decía: “tienes que conocer a una amiga mía que es más cinéfila que tú”. Pero, al final, fue Letizia quien me contactó. Estaba buscando para un reportaje a gente conocida que estuviera dejando de fumar. Y una de las personas que entrevistó fue a Manuel Vicent. ¿Ves cómo todo rima?
¿Se puede ser amigo íntimo de una reina?
Nos hicimos amigos mucho antes de que lo fuera, y alrededor de su profundo amor al cine. Para mí fue una sorpresa morrocotuda ver en la tele la noticia de su compromiso. Le escribí. Me contestó, y pensé: he perdido a una amiga. Ha sido ella la que se ha empeñado todos estos años, sobre todo al principio, porque luego todo ha fluido de manera natural, en mantener el contacto. Y eso es porque tiene un profundo sentido de la amistad y la lealtad. Así que sí, se puede si se quiere.
En sus documentales y en sus libros habla de sus amigos y siguen hablándole. ¿Cuál es la frontera entre la información, la indiscreción y la lisonja?
Una clarísima. No contar nada que sepas que no va a gustar que cuentes. Es una línea roja fácil de delimitar porque tú conoces a la persona, y sabes lo que les apetece que cuentes de lo que sabes en virtud de la amistad, y lo que no.
O sea, que no escribiría una biografía no autorizada
No, bajo ningún concepto. Me parece una falta de respeto y mi naturaleza no me dejaría.

Habla de sus padres como si vivieran, pero le faltan hace tiempo. ¿Le han marcado esas pérdidas?
Muchísimo. Las dos. Mi padre va a hacer 20 años. Mi madre, ocho. Y el caso de mi madre, que tuvo una enfermedad que me obligó a estar de forma constante con ella, y, en los últimos tres años de su vida me los pasé durmiendo a su lado, me devastó. Mis hermanos, que son maravillosos, me suplían las ausencias, pero esos tres años que me pasé cuidándola, sin apenas dormir, que ahora mismo no entiendo cómo pudimos soportar ni ella ni yo, han sido la obra maestra de mi vida. Nunca he hecho ni voy a hacer nada mejor que eso. Mi madre se llamaba Felicitas y decía algo que he buscado por si era de algún filósofo, pero no: era de ella: “la gente alegre vive más, los tristes se mueren de miedo y ahogándose”. Sigo soñando con ella todos los días, incluidas las siestas.
¿Ya sé que es su apellido, pero es usted tan alegre como antes desde su muerte?
Pues me esfuerzo, pero no soy el mismo. Sufrí dos golpes muy duros. La muerte de mi madre y la de una mujer muy importante para mí, a los 44 años, y fue devastador. Le vi las orejas al lobo de la depresión, pero no caí en ella, creo, precisamente por mi instinto de alegría, y el pensar que la alegría es una venganza contra la crueldad de la vida. Quiero pensar que soy alegre, me esfuerzo por serlo, pero aquellos dos golpes trastornaron mi vida.
En ‘Mañana seré feliz’, le preguntan a Manuel Vicent sobre la muerte de su hijo, el periodista Mauricio Vicent: ¿cómo fue ese momento detrás de la cámara?
Muy conmovedor. David y yo teníamos dudas incluso sobre sacarle el tema, porque aún está muy caliente, pero se lo planteamos y no tuvo problema. Dice que cada tarde se pone música triste para llorar a gusto, como homenaje a su hijo, y eso es perfecto y precioso, porque, a la vez que reconoce que nunca lo va a superar, tiene también esa capacidad de detectar el lado luminoso de la vida. Su hijo tuvo la vida que quiso, joder, dice. Y, dentro del dolor profundo que siente, le aflora el gen de la alegría.
Como a usted, entonces.
En mi casa, fue ese sol de la infancia de Lechago. Mi padre cuidando cerdos. Mi madre, fregando de rodillas. ¿Cómo voy a ser de derechas viniendo de ahí?
O sea, que la Laboral no le hizo conservador.
En absoluto, he mantenido siempre mi conciencia de clase muy clara. Si hay algo que me revienta es el clasismo.
Bueno, y se lo digo por provocar: hay quien considera pijos de izquierdas a algunos de sus amigos, o, incluso, a usted mismo.
Supongo que se refieren a gente de izquierdas que se ha convertido en multimillonaria. ¿Qué problema hay, si no han robado a nadie? Si han labrado su fortuna con su talento, su trabajo y siendo gente decente. Entre mis amistades no hay gente pija ni clasista. Al mismo tiempo, como representan lo contrario que yo, me fascina la gente pija, pero como una especie de entomólogo. He ido a fiestas pijas que me han invitado y me parecen de otro planeta, pero reconozco un punto de fascinación. Tengo pocos prejuicios, mis padres me enseñaron a ser antifanático y antisectario. Tengo amigos conservadores, pero mis amigos no son pijos ni clasistas.
Puesta a provocar: ¿Pedro Almodóvar o Santiago Segura?
No me hagas esto. Esa guerra es una muestra más de la tristísima polarización que vive la sociedad española, que tampoco es nueva, esas dos Españas, esa enfermedad crónica desde Joselito o Belmonte que nos deberíamos curar. Pero te contesto: Santiago Segura es como mi hermano, somos amigos desde hace 35 años. Y Almodóvar es una de las personalidades más ilustres que ha dado el cine español y disfruta de todo mi respeto y devoción. Para mí no hay disyuntiva: los dos.
Su amiga, la actriz Aitana Sánchez Gijón esquivó el otro día a los medios que le preguntaban por su relación con el actor Maxi Iglesias con un “¿Quiénes sois? Tengo una función que hacer”? ¿Qué le pareció?
Bueno, es que Aitana es, aparte de una actriz descomunal, una de las personas que mejor ha esquivado el protagonismo más allá de su trabajo. No le interesa más que su trabajo y su vida, y su vida solo se la cuenta a quien ella quiere, naturalmente. Me parece una salida espontánea que la retrata maravillosamente.
Como cuando usted le gritó “¡Viva la madre que te parió!” a su amiga Penélope Cruz en Hollywood cuando le dieron el Oscar.
Bueno, yo soy más bruto, y lo mío es más de comedia de Berlanga.
UN MAÑO CON MAÑA
"Yo creo que es porque somos obstinados y no nos rendimos nunca". Esa es la razón por la que Luis Alegre (Lechago, Teruel, 62 años) cree que hay tanto aragonés como él mismo en la escena cultural española. Su caso es especialmente ilustrativo de esa terquedad creativa porque, desde que el cine le "revolucionara la cabeza" de muy niño, y decidiera dedicar su vida a estudiarlo, además de ser profesor, periodista, escritor, cineasta y urdidor de eventos y festivales culturales, ha logrado tratar, conocer y establecer relaciones de auténtica amistad con sus protagonistas. Su documental, La silla de Fernando, dirigido junto a David Trueba, una larga conversación sobre Fernando Fernán Gómez, es un clásico del género. Ahora, Alegre y Trueba repiten formato y colaboración con Mañana seré feliz, con el escritor Manuel Vicent como protagonista.
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