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Oscar Tito, humorista: “Soy gay y cristiano; los cristianos somos muy criticones porque pensamos que todos van a ir al infierno”

El comediante e ‘influencer’ peruano está inmerso en una gira española con un espectáculo caústico e irreverente

El humorista Oscar Tito en la redacción de EL PAÍS el 23 de marzo.Inés Arcones

Oscar Tito (Lima, 1993) es humorista, influencer y muy divertido: “En junio cumplo 33 años, la edad de Cristo. Así que, si muero, moriré como leyenda y crucificado”. Tito es un reconocido comediante queer peruano ―una excepción en un mundillo muy heteronormativo―, que se abre paso a través de bromas ácidas, rápidas, insolentes y chisposas. “Piensa que soy un gay en el closet hasta los 29 años y cristiano. Los cristianos somos muy criticones porque para nosotros todos van a ir al infierno. Entonces, te puedo decir: ‘Oye, oye, ese pelito creo que no está acorde con lo que dice la Iglesia; esa ropita creo que es poco corta, no se te ve el bulto’. Además, mi familia también es muy rajona, muy imprudente al hablar. Ahí construyo un alter ego que tiene la capacidad de decir lo que quiera y que la gente no se ofenda por ello, sino que se ría”.

Con su estilo personal, no solo tiene mucho éxito, sino que trasciende el Perú, e incluso el continente americano: ahora mismo está inmerso en una pequeña gira por España, la segunda en menos de un año, que, con su espectáculo Un flipante show con Oscar Tito, lo ha llevado a Mallorca, Barcelona, Sevilla, Madrid (donde actúa este fin de semana, en el Black Jack Club) o Bilbao (9 de abril en el Teatro Campos Elíseos). “Mi comedia es atemporal y universal. Mi humor es bien de drag queen”, describe.

Antes de comediante, Tito se dedicaba a la ingeniería química: “Soy mejor comediante que ingeniero. Como ingeniero sí era mediocre. Por eso me despidieron dos veces”. Habla varios idiomas, estudia chino, tiene formación en improvisación, clown, baile, twerking… y cuida al detalle todos sus trabajos. “No soy cualquier hijo de vecino. Bueno, sí soy cualquiera, pero me he preparado. Me gusta estudiar para que el público esté satisfecho con lo que hago”, remarca para añadir que aplica toda esa formación a sus espectáculos y vídeos.

La fama es relativamente nueva para Tito, pues le llegó hace un par de años. Había cerrado una actuación en la ciudad peruana de Arequipa. Allí, le ofrecieron hospedaje gratuito a cambio de promocionar el establecimiento en sus redes. Su creatividad y su lengua cáustica hicieron que esa promo se volviera viral. Al poco, el local se llenó. “Los influencers siempre venden que todo es bonito, que todo les encanta y emociona. La realidad no es así. Creo que hay que ser honesto, ya decidirá el público lo que quiere consumir o no”, afirma.

Tras esa exitosa experiencia, le llamaron de una clínica de estética, de una perfumería, de una pollería… Después, llegaron las colaboraciones con marcas. Todos esos trabajos reventaron en audiencia. “Los locales y las marcas se arriesgan conmigo: saben que no voy a hacer la típica promoción y que no van a tener el control total del mensaje. Sin embargo, al ver que funcionan, les acaba interesando correr ese riesgo”, reflexiona.

“El humor me ha ayudado mucho: la primera vez que verbalicé que era gay fue en un taller de stand up comedy", cuenta, “gracias a la comedia, mi familia también ha podido entenderme y aceptarme. La comedia me ha servido mucho para poder ser como soy: una mala persona”. Toda esa exposición y visibilidad le ha generado aplausos y muestras de cariño: “Mucha gente me escribe para agradecerme o para decirme que cuando están deprimidos, miran mis videos y se alegran. Es muy bonito que tu trabajo tenga la potencialidad de ayudar a las personas”.

Sin embargo, también le han llevado a recibir “mucho hate [odio]”. “Creo que subyace una mezcla de envidia y lgtbifobia”, apunta, “a veces, me dicen que soy el ‘estereotipo de gay’, ofensivo, explícito… Todo lo que estoy haciendo ahorita es lo que el Oscar que vivía en el closet siempre quiso ser: mi versión drag, pero con menos maquillaje. Intento no enfocarme en lo negativo, sino en lo que suma, lo que nos hace crecer. Hay que prestar más atención a la gente que te trata bien que los que tratan mal.”.

No es la primera vez que acude a España para trabajar; estuvo el pasado noviembre y recaló en Valencia. Ahora, ha vuelto a la ciudad mediterránea, pero por placer, para las fallas. Tenía su propio ninot. “Hice una promoción para un maestro fallero y me construyó uno. Lo curiosos es que me dijeron que si quería que lo indultaran para que me lo llevara a casa. Les dije que no: la clave es que se queme, que se purifique. Fue bonito verlo arder. Ahora me siento otra persona; al ser purificado, creo que soy virgen otra vez”.

Tras sus experiencias profesionales, observa diferencias entre el público de sus espectáculos: “En Perú, en Latinoamérica en general, el 90% de mi público es heterosexual. Acá, en España, la mayoría es LGTBI+. Creo que aquí se valora más el arte queer. El mundo de la comedia peruano está dominado por heteros, tanto en la creación, donde mayoritariamente son hombres, como en las audiencias. Se podría decir que soy el único comediante gay que hace este estilo de humor allí y al que le va muy bien. En mis espectáculos me encanta molestar a los hombres heteros y un poco también a las mujeres biológicas. Hay que saberlo hacer. El tema es que si yo voy a sazonar [atacar] al público, también debo reírme de mí mismo. Eso genera complicidad, un círculo de confianza”.

En algunos de sus sketchs y promociones también empuja, golpea o ridiculiza ―siempre en clave humorística― a las personas que aparecen con él en los mismos. Sus seguidores y colaboradores disfrutan con esos ataques. “La gente se presta”, remarca, “cuando voy a un local para promocionarlo, muchas veces me dicen: ‘¿Me vas a pegar? Golpéame, tócame, empújame…’. Y felices están. Creo que es parte de su fetiche”.

―Yo pensaba que iba a ocurrir durante esta entrevista.

―¿Quieres que te pegue?

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