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Marta Echaves, investigadora cultural de la ketamina: “Ahora las drogas se administran como fármacos y los fármacos se esnifan como drogas”

La ensayista publica ‘Químicas piedades’, donde recorre la historia del anestésico desde su origen militar hasta su uso como antidepresivo

Marta Echaves, investigadora cultural, fotografiada en el barrio de Gràcia. El 16 de abril publica 'Químicas piedades', un ensayo sobre la ketamina en la editorial Cielo Santo.Carles Ribas

“A lo mejor nuestros nietos ya no sabrán que existió la ketamina y solo hablarán de Spravato”. La investigadora cultural Marta Echaves (Arganzuela, Madrid, 35 años) tuvo un “mal augurio” cuando Estados Unidos aprobó en 2019 comercializar Spravato, un medicamento antidepresivo de esketamina —un derivado de la ketamina— en forma de spray nasal. Distribuido por la unidad farmacéutica de Johnson & Johnson’s, el spray que recuerda en su envase a un simpático cohete en miniatura cuesta entre 500 y 700 euros. La patente expirada de la ketamina como medicamento genérico apenas supera los 50 céntimos. “Con esa estrategia confirmé que cualquier estado de alteración de conciencia siempre acabará siendo un espacio de cooptación para la industria clínica”, cuenta esta licenciada en Filosofía graduada en el Programa de Estudios Independientes (PEI) del Macba el último año que lo dirigió Paul B. Preciado (“figura crucial en mi pensamiento”, señala).

Antes del Spravato, esta organizadora de actividades para la editorial Caja Negra ya llevaba años investigando las complejas relaciones entre el consumo de sustancias, la política farmaceútica y el disciplinamiento de los cuerpos. Tras la muerte de su tío de Sida, su primer proyecto largo fue La contrarrevolución de los caballos, un archivo emocional sobre la juventud de los 80 y 90 marcada por la heroína y el VIH. En 2017 publicaría Confiad en la piedad química en la investigación grupal Working Dead. Escenarios del postrabajo, dondé analizó el policonsumo de sustancias como estrategia de supervivencia y adaptación en los nuevos régimenes laborales. “Desde entonces, sentí que la farmacologización y la adicción tenía cada vez más presencia en el debate social”, cuenta en un bar del barrio de Gràcia, donde nos reunimos por la publicación de Químicas piedades, su próximo ensayo, ya en preventa en Cielo Santo y en librerías el 16 de abril. En el texto sigue el recorrido de la ketamina desde su origen militar hasta su uso como antidepresivo. En 2025, las ventas globales de Spravato alcanzaron los 350 millones de euros.

Pregunta. ¿Qué supone la comercialización de un derivado de la ketamina como antidepresivo?

Respuesta. La esketamina no solo genera un beneficio sobredimensionado, porque es como si el paracetamol se derivase para cobrarlo a 500 euros, sino que es útil para el negocio al aislar el consumo de una sustancia cuya ingesta implica normalmente un acompañamiento previo o posterior del paciente. La ketamina puede funcionar como antidepresivo, pero también genera problemas en la vejiga y genera adicción. Esa sustancia, por mucho que esté controlada en la toma de Spravato, luego puedes ir a la calle y comprarla.

P. En su ensayo también habla del desarrollo de la “ketamina wearable” vista en dispositivos médicos ergonómicos con estética Apple que se adhieren a la piel y que podrían suministrar ketamina líquida vía bluetooth en tratamientos contra el dolor.

R. El desarrollo de la medicina personalizada está generando unos espacios de desigualdad tremendos, especialmente en Estados Unidos. Ese va a ser otro de los grandes temas del futuro, ver cómo se está capitalizando el miedo a la muerte. Resulta curioso atender a cómo la industria médica ‘higieniza’ el consumo de ciertas drogas. Interesa que su versión más asalvajada sea vista como lo peor de lo peor, como ha pasado con el fentanilo y está pasando con la ketamina, mientras que los avances punteros transforman su consumo en un gesto chic.

La industria médica ‘higieniza’ el consumo de drogas. Interesa que su versión más asalvajada sea vista como lo peor de lo peor, como pasó con el fentanilo, mientras que los avances punteros transforman su consumo en un gesto chic

P. Existe una curiosa ambivalencia con la ketamina: es un anestésico legal respetado y seguro, un antidepresivo bajo control médico y, a su vez, una droga ilegal en auge por su uso disociativo y recreativo. ¿A qué se debe este momento ketamínico?

R. A veces me pregunto, ¿por qué nos hemos encaprichado ahora con ella? ¿Cuánto durará este consumo de época? ¿Solo la tomamos para aliviarnos? La gente suele tener mejor visto el consumo de fármacos, pero su grado de dependencia ahora mismo es elevadísimo. Estamos en una era de policonsumos, donde las drogas se administran como fármacos y los fármacos se esnifan como drogas. Cuando escribía el libro le decía a mi madre que no era un libro sobre sustancias, sino una exploración de una cuestión social que nos atraviesa a todos.

P. Los últimos análisis de aguas residuales desprenden que baja el consumo de MDMA y sube el de ketamina.

R. No estamos en una época con ganas de abrazarse, de la euforia y amor que provocan otras drogas como el éxtasis, que además de dejarte una resaca química considerable, interfiere si tomas medicación. Si sube la ketamina es porque funciona bien con los cócteles farmacólogicos, no interviene en la medicacion que ingerimos. También es una sustancia poco exigente, sabes que el colocón durará 50 minutos y que después de ese tiempo lo podrás manejar sin mucho rastro. Se adapta a la gestión de los tiempos. Una sociedad asfixiada no puede permitirse ciertas resacas.

P. Mientras escribía el libro, la pensadora Mckenzie Wark le dijo: “Elon Musk nos ha jodido la ketamina”. También analiza por qué Sam Altman, creador de Chatgpt, forma parte de una nueva generación de desarolladores tecnológicos multimillonarios fascinados con la ingesta de psicodélicos.

R. Ese escenario de Silicon Valley, que es muy mesiánico y muy del síndrome del elegido, no ha tomado el lado progresista de “he visto el sentido de la vida” con la psicodelia, sino una salida más malvada y capitalizable. Tiene lógica que muchos de estos perfiles estén desarrollando formas casi religiosas para relacionarse con la IA como si fuese un oráculo. Tengo la sensación de que vivimos en un momento delirante en el que, quizá, solo las tecnologías que nos llevan a alucinar nos hagan entender nuestro propio delirio.

La historia ha probado que la psicodelia y el ‘new age’ no es solo progresista, también interfieren perfiles más fascistas y oscuros

P. Lo llama “renacimiento psicodélico”: cómo los grandes conglomerados tecnológicos, en alianza con las grandes farmaceúticas, ahora quieren hacerse con la narrativa de psicodélicos hasta ahora criminalizados.

R. La gente suele pensar que la cultura de la psicodelia y el new age siempre ha sido progresista, pero la historia ha probado que no solo fue así y que también interfirieron perfiles más fascistas y oscuros. Pienso en el vínculo entre anfetaminas y la Segunda Guerra Mundial, la relación de los opiáceos con los soldados en Vietnam, cómo la Guerra Fría influyó en la investigación de los antidepresivos o los nexos entre el yoga y el sionismo. Aquí entra incluso el fenómeno de las raves, que siempre se pone como ejemplo utópico cuando los sionistas, ahora mismo, están tomando psicodélicos en raves y transmitiéndolo en sus redes.

P. Escribe: “Todo es ‘yo’, todo es ‘Lorazepam’, todo es “mi niña interior”, todo es tengo que “priorizarme a mí misma”. Relaciona la crisis de la salud mental con el individualismo y el aumento de la farmacolización.

R. La crisis de salud mental, en parte, también es una crisis de espiritualidad. Utilizamos el aparataje de la psicología para lidiar con problemas existenciales, pero son problemas de vacío de sentido que tienen mucho que ver con qué pasa después de casi cincuenta años de secularismo marginalizado. Estamos empezando a ver las consecuencias de que no haya raigambres en nuestras relaciones que pasen por lo espiritual o lo religioso.

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