La vida novelesca del héroe militar Gustavo Durán aflora en una treintena de canciones inéditas
El guitarrista Samuel Diz y el tenor Jonatan Alvarado recuperan en ‘El mal de l’amor’ una parte de las 121 melodías que el compositor escribió durante su etapa diplomática en América

Si la vida de Gustavo Durán se adaptara al cine, correría el riesgo de no resultar creíble. Durante los años veinte del siglo pasado, el compositor visitó con frecuencia la madrileña Residencia de Estudiantes como discípulo de Tragó y Turina. Allí se hizo íntimo de Lorca, Alberti, Buñuel y Dalí. Estrenó con éxito el ballet El fandango de candil para La Argentina y, a su regreso de París, donde estudió con Paul Dukas y fue amante del pintor Néstor Martín-Fernández de la Torre, participó en mítines y firmó manifiestos en apoyo a la República.
Su trayectoria militar durante la guerra, hasta ostentar el grado de teniente coronel, inspiró al intelectual en armas de L’espoir de Malraux y Hemingway recogió algunas de sus hazañas en Por quién doblan las campanas. En su precipitada huida al exilio desde el puerto de Gandía, dio por perdidas algunas de sus canciones, que habían interpretado Vera Janacópulos y Conchita Supervía. Pasó un breve periodo en la campiña inglesa de Dartington Hall y, en 1940, fue recibido por Roosevelt en Nueva York, donde inició una nueva vida.
“En Estados Unidos abandonó su carrera profesional como músico, pero no dejó nunca de componer”, confirma su hija, la etnomusicóloga Lucy Durán. “Los fines de semana que no estaba de viaje congregaba en torno al piano a familiares y amigos, muchos de ellos exiliados, y tocaba durante horas”. Primero Bach o Chopin, que leía a primera vista con sorprendente agilidad, y después sus propios cuadernos manuscritos, en los que recopilaba arreglos y canciones inspiradas en melodías y formas populares de España y América Latina.
“Mi padre fue un hombre brillante y extrovertido, pero le costaba mucho hablar del inmenso dolor que arrastraba”, prosigue. “Sus canciones responden a una necesidad íntima de expresar todo eso que llevaba dentro”. Durán trabajó para el Departamento de Estado en La Habana y participó en misiones diplomáticas de Naciones Unidas en Chile, el Congo y Grecia. “En su música encontramos un cruce asombroso de tradiciones antiguas y folclores que van del romance español y el huayno andino a la canción sefardí y la toada brasileña”.
Desde principios de los años cuarenta y hasta poco antes de su muerte en 1969, cuando ejercía de alto funcionario en Atenas, Durán coleccionó y arregló 121 melodías, en su mayoría para voz y piano, que se conservan en tres cuadernos del Centro de Documentación de la Residencia de Estudiantes. De allí las rescató el investigador y guitarrista clásico Samuel Diz, que ha arreglado y grabado junto al tenor argentino Jonatan Alvarado una treintena de estas piezas, hasta ahora inéditas, en el libro-disco El mal del l’amor (Poliédrica).

“Mi transcripción para guitarra respeta la concepción original de unas partituras de impecable factura, fruto del trabajo académico, las redes intelectuales y la extensa biblioteca de Durán”, explica Diz, que ha realizado el catálogo musical razonado del compositor con la Residencia de Estudiantes. “El cancionero funciona como el diario personal de un músico que, liberado de presiones económicas y rivalidades artísticas, da rienda suelta en la intimidad doméstica a una memoria sonora que abarca un repertorio amplísimo”.
En el cancionero se funden las influencias de Falla y Ravel, el romance medieval y renacentista, el folclore ibérico y latinoamericano y la experiencia oral del exilio a través de la poesía. “Durán buscaba un denominador común de la herencia española en América y lo encontró en el romance, a través de su parentesco con el corrido mexicano y la plena puertorriqueña”, añade el músico y especialista en la Edad de Plata. “Se podría decir que lo que Alejo Carpentier formula desde la literatura, Gustavo lo materializa en el pentagrama”.

Los pasos perdidos del compositor y diplomático, señalado durante el macartismo como infiltrado soviético y sometido a la permanente vigilancia del FBI, conducen al corazón mismo del cancionero. “El mal de amor que da título al disco tiene que ver con el rechazo de un país al que no pudo volver”, lamenta Lucy. “Pero la verdadera dimensión de ese sentimiento no se agota en la experiencia traumática del exilio, sino que nos revela también una vida afectiva que tuvo que mantener oculta y que, sin duda, llegó a atormentarlo”.
En febrero, Jonatan Alvarado y Samuel Diz interpretaron en el Espacio de las Artes de Tenerife (TEA) varias obras del cancionero durante el concierto de clausura de la exposición monográfica dedicada al pintor Néstor Martín-Fernández de la Torre, su compañero sentimental durante una década. “La bisexualidad estaba prohibida en aquella época y el régimen franquista no dudó en instrumentalizar ese aspecto de su vida en una durísima campaña de difamación”, recuerda su hija. “Aquello lo sumió en la más profunda tristeza”.
El disco se grabó el año pasado en el mismo salón medieval de Dartington Hall donde se celebró, a finales de 1939, el banquete de boda de Gustavo Durán y Bonté Crompton, matrimonio del que nacerían tres hijas. “En mi familia siempre decimos que los Durán no existiríamos sin Dartington”, afirma Lucy, que gestiona la biblioteca personal de su padre en Londres y ha participado como productora de El mal de l’amor, proyecto en el que su hermana, la poeta Jane Durán, se ha encargado de la traducción inglesa de las canciones.
“La guitarra que utilizo en el disco fue construida por Simon Ambridge, un lutier de Dartington, a partir de un modelo español de Antonio de Torres”, cuenta Diz, quien hace ocho años empleó la guitarra histórica de Lorca en la Huerta de San Vicente para Memoria de la melancolía. “Allí, en la casa del poeta en Granada, Jonatan se sumó al proyecto”. Juntos han emprendido un viaje que arranca en un pueblo al sur de Inglaterra, lugar de acogida de Durán tras la guerra, y recorre a través de su música el largo itinerario del exilio.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































