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Kim Gordon, o cómo ser una leyenda del rock y el azote de Trump a los 72 años

La fundadora de la legendaria banda neoyorquina Sonic Youth lanza ‘Play Me’, su tercer álbum en solitario. “Siempre he ejercido más de socióloga que de artista”, afirma

Kim Gordon, en una imagen de 2026 cedida por su discográfica.Moni Haworth (cedida)

Es prácticamente seguro que Kim Gordon (Nueva York, 72 años) nunca haya oído hablar del pedagogo Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, pero suscribiría por completo aquella voluntad, con los años, de ser “cada día más radical y con la camisa más limpia”. A una edad en la que muchos optarían por descansar y vivir de los réditos de su propia leyenda, la musa del rock alternativo neoyorquino y fundadora con Thuston Moore del grupo Sonic Youth ha lanzado su tercer disco en solitario.

Play Me contiene 12 canciones en las que el oyente identifica la huella de Gordon desde el primer acorde. No tienen ya ese sonido sucio y disonante de aquel ruidoso rock nihilista y destructor de los años ochenta y noventa, cuando la artista se convirtió en un icono musical al que todos querían acceder y muchas mujeres imitar. Desde que se asoció con Justin Raisen, el productor musical neoyorquino afincado en California y especializado en rap y música electrónica, sus temas han pasado a tener una cadencia y un ritmo industrial hipnótico, al que ayuda la voz, medio hablando medio cantando, de Gordon, que siempre susurra una vulnerabilidad de quien parece a punto de derrumbarse. Durante sus más de dos décadas junto a su entonces marido, Moore, y el también guitarrista Lee Ranaldo, el sonido del bajo de la artista se convirtió en sello del grupo. En el nuevo disco, esos sonidos anárquicos y dislocados suenan también como señal de identidad de Gordon.

Cuando el periodista de EL PAÍS se encuentra con ella, en la cafetería de un lujoso y moderno hotel del centro londinense, la imagen de elegancia clásica y de fragilidad que presenta la cantante chirría doblemente con el contenido de un disco que, escuchado una y otra vez, suena cada vez más provocador y más crítico. Aunque volvió a California, la tierra donde se crio y que forjó su carácter, después de la disolución de Sonic Youth y de la ruptura de su matrimonio, Gordon no ha cesado de crear. “Me considero una artista visual que hace música”, justifica.

Viste una chaqueta azul marino, de punto, con botones dorados y un escudo en el bolsillo lateral del pecho, casi con un estilo Ralph Lauren que parece sugerir que Gordon ha sentado la cabeza. Pide un té, y se somete con aparente desgana a la conversación. Siempre cultivó esa imagen de desidia y de aparente falta de interés, y de ser, sin pretenderlo, la más cool de la habitación, aunque se defiende de esas definiciones y atribuye su actitud a “una timidez y un retraimiento que me han acompañado siempre”.

De hecho, aunque con voz apagada y lenta, no rehúye ningún tema de conversación. Donald Trump, Elon Musk, las redes sociales, la Inteligencia Artificial, el consumismo y los renovados ataques contra la llamada cultura woke, que para ella, símbolo de un particular feminismo de las últimas décadas, supone una serie de conquistas que hay que defender con uñas y dientes.

En su anterior álbum, The Collective (2024), incluía un tema, Bye Bye, que interpretaba en el vídeo musical su hija, Coco Gordon Moore. Una joven lleva a cabo el acto de rebeldía de huir de casa, alojarse en un motel o cortarse el pelo. Pero es el ritmo sincopado con que la cantante recita una serie de objetos y tareas banales, cotidianos y también provocadores, como lista improvisada del equipaje urgente, lo que convierte la canción en hipnótica. “Pijamas, pasta de dientes, máscara, pintalabios, champú, hilo dental, llamar al veterinario, cigarrillos para Keller —el hermano de Gordon, con esquizofrenia paranoica, cuyos poemas publicó la cantante en 2023—… vaqueros, pijama, Bella Freud, YSL, vibrador… bye bye”, dice esa letra. Se convirtió en un fenómeno de la red social TikTok. La generación Z se reencontraba con Gordon y muchas chicas se grababan a sí mismas parafraseando la lista mientras rellenaban sus maletas.

En el nuevo disco, Gordon incluye ByeBye25! Es el mismo ritmo machacón, pero con la suciedad de fondo de una guitarra. Y esta vez, la cantante recita todas aquellas palabras, conceptos o cosas que irritan a las huestes autoritarias y fanáticas que han impulsado a Donald Trump a un segundo mandato en la Casa Blanca. “Vehículos eléctricos, terapia de conversión, gay, inmigrantes… diversidad, transgénero, hispanos, mujeres, injusticia, oportunidades, cambio climático, elle”.

No es posible arrancar de Gordon un discurso político agresivo y directo, pero sus respuestas, escuetas, denotan claramente su sensación de hartazgo con la deriva que está tomando su país. Su modo de combatirlo es con la provocación en voz baja pero machacona, como un martillo pilón; el desprecio hacia todo lo que hay de retroceso en las políticas de Trump.

“Hemos querido que el disco sonara realmente rápido, más centrado en los temas, con mayor seguridad. Quería trabajar con el foco puesto en los ritmos, y Justin [Raisen, el productor] ha comprendido muy bien mi voz y mis letras, que resaltan más en este disco”, explica Gordon, cada día más radical contra los tecnócratas multimillonarios como Elon Musk, de quien se burla en el álbum, y a la hora de denunciar las ansiedades generadas por el capitalismo estadounidense. “Siempre he ejercido más de socióloga que de artista”, admite, para explicar su obsesión por describir el paisaje actual. Herencia de su padre, el profesor de la Universidad de California que relató en un libro de los sesenta la sociología de los adolescentes de la época, sin saber que su hija se convertiría en el referente de los de varias generaciones sucesivas.

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