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En España, EE UU o Argentina, así reescribe el pasado la ultraderecha: “El nacionalismo necesita su historia”

El cuestionamiento de la cifra oficial de desaparecidos por parte del Gobierno de Milei, los libros que lavan la dictadura española y el rechazo de Meloni a definirse como “antifascista” alertan sobre los riesgos del revisionismo sin rigor

Benito Mussolini habla con Francisco Franco y Ramón Serrano Súñer en Villa Grimaldi, Ventimiglia, el 13 de febrero de 1941.Mondadori Portfolio (GETTY IMAGE

En vía Rasella, en pleno centro de Roma, hay un edificio acribillado. Las metralletas dejaron tantos agujeros que basta una visita por Google Maps para verlos. Por ahí transitaba la tarde del 23 de marzo de 1944, en la ciudad ocupada por Alemania, el batallón Bozen, cuando el grupo partisano Gap hizo estallar dos bombas. Murieron 33 soldados, mientras sus compañeros supervivientes disparaban hacia todos los lados. Todavía lo recuerdan los muros. E Italia entera: la venganza nazi trucidó al día siguiente en las Fosas Ardeatinas a 335 personas, 10 por cada alemán fallecido. Los dos episodios ocupan desde entonces los manuales de historia y la memoria. Pero, hace tres años, se reescribieron.

El presidente del Senado, Ignazio La Russa, afirmó en 2023 sobre vía Rasella: “Mataron a una banda musical de semijubilados”. Y la presidenta del Gobierno, Giorgia Meloni, con ocasión del homenaje anual a las víctimas de las Fosas Ardeatinas, lamentó los “335 inocentes masacrados solo por ser italianos”. De ahí que la Asociación nacional de partisanos y unos cuantos historiadores se sintieran obligados a matizar que la lista de fusilados incluía sobre todo a miembros de la resistencia, opositores políticos y judíos.

Días después, La Russa se disculpó y reconoció su error al “no decir que habían matado a soldados nazis”. La polémica, sin embargo, continuó. También porque pocas semanas antes el político se había negado a deshacerse del busto de Mussolini expuesto en su casa, regalo de su padre. Y cada cierto tiempo vuelve la controversia generada por otro rechazo: el de Meloni a definirse como “antifascista”. Tras pasar por tantas trincheras, la historia misma se vuelve campo de batalla. Argentina, EE UU y España también asisten al cuestionamiento del pasado más oscuro por parte de la extrema derecha. El franquismo, la esclavitud o los desaparecidos enfrentan, en vez de unir en contra. En 2024, el cabeza de lista para las elecciones europeas de Alternativa para Alemania, Maximiliam Krah, tuvo que dimitir tras el revuelo que generó su argumento sobre las SS: “No [todos sus miembros] eran criminales”.

Es un fenómeno en avance, y no solo en un país, sino a nivel internacional. La historia siempre ha sido una compañera de la política. Tal vez no existe como conjunto de reacciones en un laboratorio, pero sí están los documentos, y no se puede prescindir de ellos”, afirma Encarnación Lemus López, Premio Nacional de Historia de España 2023 por la obra Ellas. Las estudiantes de la Residencia de Señoritas. “Hay varias historias, no una oficial. Solo las dictaduras han intentado construirla. Que el pasado sea algo cuestionado y cuestionable viene de la antigüedad; el propio conocimiento histórico implica por naturaleza la revisión. Pero de forma rigurosa, basada en la capacidad de verificación. Los negacionismos y revisionismos instrumentales son otra cosa”, agrega Umberto Gentiloni Silveri, autor de Storia dell’Italia contemporánea. 1943-2023. Estudiosos como Julián Casanova, Paul Preston, Gutmaro Gómez Bravo, François Godicheau, Jorge Marco o Ángel Viñas han lanzado alarmas parecidas en los últimos tiempos.

Los entrevistados coinciden en la importancia de que sean los expertos quienes lideren el discurso sobre el pasado. Y en la necesidad de que salgan de las academias para participar en el debate público. “Estoy convencida de que los vacíos de opinión que generamos porque no estamos los llenan comunicadores de otro talante, con argumentos tendenciosos y tópicos sencillos, en esencia falsos”, hace autocrítica Lemus López. De poco sirve un gran esfuerzo historiográfico, sostiene esta corriente, si nadie lo lee. Lo que conlleva otro reto: actualizar su comunicación a los tiempos y estilos de la era digital, sin perder veracidad. Casanova, por ejemplo, acaba de adaptar la historia de la Guerra Civil al cómic, en España partida en dos (Planeta).

En marzo de 2023, Gentiloni fio a un artículo en La Repubblica su reconstrucción de los hechos probados de vía Rasella y las Fosas Ardeatinas: entre otros, que el Bozen atacado por los partisanos era un batallón de policía agregado a las SS. “Estamos acostumbrados a trocear todo, elegir bajo demanda lo que nos gusta, como escoger un fragmento de historia para sostener lo que quiero decir en este momento. Sin embargo, hace falta contexto”, apunta el especialista.

Aunque, para otros, estos expertos ya hablan incluso demasiado. En 2017, el fallecido historiador Guillermo Gortázar coordinó el libro colectivo Bajo el Dios Augusto, para denunciar que “la derecha liberal conservadora ha dejado libre un relato del pasado que ha sido ocupado por historiadores socialistas, comunistas y nacionalistas”. Un movimiento que hoy refuerzan autores como Stanley Payne y Pío Moa, que ha vendido miles de copias con más de 40 libros sobre España donde asevera: “No hubo ni un solo demócrata en las cárceles de Franco”. Él mismo ha recomendado La represión de la posguerra, de Miguel Platón, que presume de acabar con “las falsedades” sobre las cifras de ejecuciones del franquismo. “Este es el peor Gobierno en 80 años”, ha declarado el líder de Vox, Santiago Abascal. Un olvido como el de las calles recién dedicadas en Italia a Giorgio Almirante: el político derechista colaboró con los nazis y vio como un tribunal avaló el derecho del diario L’Unità a llamarle “fusilador de partisanos”.

“La derecha usa la historia también a través de cierto victimismo por una presunta hegemonía cultural de la izquierda”, sostiene Steven Forti, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Y cita “embalses y pantanos”, el ejemplo tal vez más usado tanto en Italia como en España para subrayar los méritos de ambas dictaduras. “La manipulación del pasado está creciendo. Porque las extremas derechas tienen más fuerza y una estrategia de conquistar la hegemonía cultural. Y por el impacto de las nuevas tecnologías, con la viralizacion de noticias falsas y teorías conspirativas”, agrega el experto.

Como reacción ante este avance surgió otro libro colectivo reciente, Vox frente a la historia, un intento de desmontar bulos y mitos a base de rigor. “Lo que hace el historiador es revisar continuamente su trabajo. Ellos son más bien propagandistas. Lanzan afirmaciones sensacionalistas con fines comerciales y políticos. Hay gente a la que todavía le disgusta que se hable mal de Franco y ocurre porque la dictadura fue un lavado de cerebro de 40 años. Pero estos libros que blanquean el franquismo niegan una verdad irrefutable. Hay investigaciones muy serias sobre la represión en cada pueblo, ciudad y provincia”, contaba Preston a Babelia en 2024.

Reescribir la historia

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejó claro, tras su regreso a la Casa Blanca, su intención de reescribir la historia del país, a base de silenciar discursos que considera tergiversaciones woke, surgidas en los últimos años, al calor de movimientos como Black Lives Matter y el MeToo y contrarias al modo en el que el republicano entiende que debe contarse el pasado supuestamente glorioso de Estados Unidos. “El nacionalismo necesita su historia, que califique su propia identidad para ser más fuertes que los demás”, reflexiona Gentiloni.

Este mismo fin de semana, Trump ha instalado una estatua de Cristóbal Colón en la Casa Blanca, en el marco de su campaña por redefinir la historia del continente, alejado de las corrientes que reivindican el reconocimiento de los abusos de la colonización. En algo más de un año, el presidente ha ordenado la retirada de nombres de referentes de la lucha antirracista y por los derechos LGTBI+, ha eliminado relatos inconvenientes de monumentos y parques nacionales, ha instalado una galería presidencial en la Casa Blanca llena de mentiras y exageraciones sobre sus predecesores y dictado un decreto para emprender una “limpieza” de la “ideología inapropiada, divisiva o antiamericana” de los museos de la red de Smithsonian. Esto último ha alentado la creación de un grupo llamado Citizens Historians (Historiadores ciudadanos) que rastrea esos cambios, para que ninguna operación de blanqueo pase desapercibida. La ciudadanía acaba de apuntarse otro tanto: logró en los tribunales que los paneles que la Administración hizo retirar en enero de la Casa del Presidente en Filadelfia, centrados en la historia de varios esclavos que tuvo George Washington, fueran reinstalados el pasado 19 de febrero.

Todo indica que Trump aprovechará ahora el 250º aniversario de EE UU para imprimir en esas celebraciones los ideales del America First (Estados Unidos primero). Esto es: la historia saneada de un país cristiano y blanco, en el que recordar los traumas del racismo y la desigualdad y celebrar el espíritu diverso de una nación de inmigrantes es visto por sus gobernantes como un acto de suprema traición.

Argentina también afronta con polémicas una efeméride relevante: hoy martes, 24 de marzo, se cumple medio siglo del último golpe militar, justo cuando el actual Gobierno de ultraderecha ha comenzado a atacar el consenso social que imperó durante décadas contra la dictadura. Si bien siempre hubo una minoría que intentó justificar la represión ilegal ejercida entre 1976 y 1983 por la lucha armada de algunas organizaciones guerrilleras, esa narrativa se afianzó en el poder con Javier Milei a finales de 2023.

A través de vídeos institucionales y mensajes en las redes sociales, el Ejecutivo intenta imponer la idea de que en realidad se libró una guerra entre dos bandos: los militares y las organizaciones guerrilleras. Evita así hablar de terrorismo de Estado pese a los más de 1.200 condenados en la Justicia por delitos como secuestros, torturas, desapariciones forzosas y robo de bebés. La principal abanderada de ese discurso es la vicepresidenta, Victoria Villarruel, hija y nieta de militares, que visitó en la cárcel al dictador Jorge Videla y a otros condenados por crímenes de lesa humanidad. Villarruel niega la cifra de 30.000 desaparecidos que reivindican los organismos de derechos humanos, y su círculo acusa a estas entidades de haber hecho negocio con las indemnizaciones concedidas a familiares de víctimas de la dictadura.

Victoria Eugenia Villarruel

En las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, el año pasado, el Gobierno incluso banalizó el Nunca Más, título del informe de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas que se usó como evidencia en el juicio a las Juntas de 1975 y se convirtió en un símbolo nacional contra la dictadura. Milei copió la grafía para llenar la provincia de carteles en los que se leía “Kirchnerismo Nunca Más” como parte de una campaña que levantó numerosas críticas.

En Alemania también se quiso decir “nunca más”: cualquier forma de reivindicación del nazismo o relativización del Holocausto está perseguida por ley y socialmente castigada. Pero no significa que la extrema derecha, más fuerte que nunca desde 1945, no promueva su visión particular, que distorsiona el significado del nazismo, rebaja su lugar en la historia y lamenta que los alemanes deban seguir cargando con sus crímenes.

Alternativa por Alemania (AfD), segundo grupo parlamentario desde las elecciones de 2025, critica la llamada cultura de la memoria y se queja de la autoflagelación. “Hitler y los nacionalsocialistas son una cagada de pájaro en los mil años de historia gloriosa alemana”, dijo en 2018 el dirigente Alexander Gauland. La actual copresidenta, Alice Weidel, sostiene que Hitler era “comunista” o “izquierdista”. Y cuando, en 2024, le preguntaron en una rueda de prensa a Giorgia Meloni si se definía como “antifascista”, contestó: “Lo que debía decir sobre el fascismo lo he dicho 100 veces y no creo que tenga que decirlo de nuevo, así podréis seguir diciendo que soy una peligrosa fascista”.

“No son exabruptos, sino provocaciones bien pensadas para romper tabúes y consenso sobre valores como la democracia y el antifascismo. Son comentarios graves porque infundados, y también por quién lo dice”, lamenta Forti. Un monólogo del escritor Antonio Scurati pretendía en 2024 denunciar todo ello en la Rai, la televisión pública italiana: su emisión, sin embargo, fue cancelada, entre acusaciones de censura. El autor ha vendido cientos de miles de ejemplares de M, su relato de la vida de Mussolini en cinco novelas basadas en documentos. Donde, por supuesto, también aparecen las leyes raciales aprobadas por el Duce en 1938, una medida fascista de la que sí se ha distanciado Meloni. En 2022, las calificó como “el punto más bajo de la historia italiana, una vergüenza”.

“En los últimos 20 o 30 años se ha consolidado un juicio fuerte sobre el fascismo entre los estudiosos. Frente a ello, existe una dificultad en la valoración más general, por parte de la sociedad, y estas controversias lo muestran: el antifascismo de la Constitución italiana no se concibió ‘en contra de’, sino como pegamento que incluye a todos”, asevera Gentiloni. “Si la discusión es correcta, el análisis busca la veracidad y es guiado por la ética, el discurso debería ser bastante homogéneo. No creo que pueda haber un resultado de izquierdas o de derechas”, agrega Lemus López. Pero más del 21% de la población española considera que los años de la dictadura franquista fueron “buenos” o “muy buenos”, según un barómetro del CIS del pasado octubre. Y un 26% de los varones de 18 a 26 años declaró en una encuesta realizada por el instituto 40dB para EL PAÍS y la Cadena SER que prefería “en algunas circunstancias” el autoritarismo a la democracia.

“Es demoledor que avancen estos tópicos desastrosos. Que ‘España era un gran país’. Pero si la gente moría de hambre y se claudicaba frente a EE UU cediendo soberanía”, rebate Lemus López. Hace poco Esperanza Aguirre sostuvo que el franquismo fue, durante la mayoría del tiempo, “un régimen autoritario muy preocupado por el orden público, que permitió la aparición de la clase media con múltiples oportunidades de progresar”. La experta aclara: “En los años sesenta es innegable el crecimiento, pero tiene dos circunstancias: con 25 años de retrasos respecto al resto del continente. Y partiendo de un PIB muy bajo, por lo que el crecimiento es más fácil. ¿La clase media se crea en España durante la dictadura? Sí, pero en Europa es un porcentaje más amplio y se ha fortalecido antes con avance democrático”.

Tanto Lemus López como Gentiloni apuntan a la misma explicación: asocian el blanqueo de los regímenes pasados a la traición del presente. Es decir, jóvenes que crecen con la promesa de que vivirían mejor que sus padres, aunque descubren que no va a suceder. La historiadora española añade: “Esta revisión tiene que ver con recriminar que durante esa etapa hubo progreso y la democracia no lo ha traído. Hubo progreso y actualmente, tras el neoliberalismo, hay incertidumbre, la recriminación a los boomers. Ese mito falso va unido a que la dictadura construyó un estado de bienestar”. La vieja idea, en definitiva, de que todo tiempo pasado fue mejor. Para desmentirlo, bastaría con mirar la historia.

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